24-10-2025, 11:26 AM
(Última modificación: 24-10-2025, 07:37 PM por Stroud Nanashi.)
[personajeinvalido=2283]
La travesía continuó sin demasiados inconvenientes hasta los imponentes Cabos Gemelos. A duras penas iluminada por los momentáneos relámpagos que asolaban la zona, la Red Line acabó alzándose ante ellos de entre las aguas como un enorme muro, que, en la oscuridad de la noche, perdía su color característico, con una multitud de nubes que se arremolinaban en torno a su cima. A Stroud, sin embargo, no le cupo duda alguna en cuanto empezó a asomar en el horizonte, y, sacando el catalejo, contempló la escena, como si fuese un monumento. Calculó la distancia visualmente, y murmuró la corrección mental del rumbo, dando un leve golpe con el nudillo en el bronce del catalejo. Inspiró hondo, el aire cargado de sal. "Tripulación, a sus puestos," ordenó, su voz tan monótona, y tan firme, como de costumbre, "revisad jarcias y velas." De forma casi instintiva, se ciñó adecuadamente la gorra a la cabeza, y el abrigo a los hombros. Ser recibido por la Red Line era como ser recibido por un alto mando; la situación requería respeto y formalidad. No era cualquier cosa.
El ascenso no tardó en comenzar, y nada podría haber preparado al navegante para lo que estaba a punto de ocurrir. "Velas a medio izar, que el viento no luche con el agua," razonó, haciendo un ademán con la cabeza hacia Bertram, Kibai y Moja, "foque recogido, mantened la proa firme." Stroud Redgrave, por una vez, estaba nervioso. Sus manos se aferraban al timón en un intento por mantenerse firmes y no temblar. Su mente no paraba de hacer cálculos, estimando la velocidad de flujo y murmurando algunos números. Cada pocos segundos, examinaba su brújula, que parecía estar volviéndose loca, aunque eso era algo que había previsto. De cuando en cuando, intentaba ver cómo maniobraban los demás navíos, procurando coordinarse con los mismos y aprender de su navegación. A medida que la inclinación crecía, el agua parecía rugir, como desafiándolos, o dándoles la bienvenida. Era complicado de interpretar. Stroud colocó un pie sobre la base del timón, anclando el otro, manteniendo el control del Royal Quiver. Lo lograrían. Las gotas empezaban a salpicarles el rostro como pequeñas agujas, mientras el barco temblaba y avanzaba con fuerza. La presión del agua aumentaba, y el joven Redgrave sintió cómo todo el barco vibraba como un músculo en tensión.
Incluso si no era consciente, en la mente de Stroud, el Grand Line se revelaba como una auténtica bestia, y su instinto natural era no arrodillarse. El barco se sacudía, les llovía agua por doquier. "¡Viento al sur, corriente al norte! ¡Ajustad foque en un cuarto!," ordenó quirúrgicamente, "¡Asegurad cabos!". Su abrigo, ceñido a sus hombros, se posicionaba ya casi completamente en vertical, en paralelo a la cubierta, mientras él a duras penas lograba mantener el control del timón, del que casi colgaba. Bajo el uniforme, sus músculos se encontraban en máxima tensión, como si intentase domar al Grand Line en sí mismo. En algunas ocasiones, dio la impresión de que estuvo a punto de perder el control, entre las corrientes cambiantes y ante la incensante presión del agua. Como quien cabalgaba una bestia, Stroud no cedió ni un milímetro, manteniendo la integridad del navío. Sin embargo, al cabo de escasos minutos, el barco cambió repentinamente de posición, coronando la cima prácticamente intacto. Fue como, si después de todo aquello, hubiese llegado finalmente la calma. Stroud, sin embargo, sabía que aquello no había hecho más que empezar, que no debía dejarse engañar. "Velas plegadas, corriente descendente inminente," ordenó, anclándose nuevamente al timón. No había tiempo para el alivio o para chorradas. "Ajustad el peso de babor, cambiamos de corriente en tres, dos..."
Nada hubiese podido anticipar el caos que estaba a punto de desatarse. Todo fue rápido, cuestión de solo unos agónicos segundos. El barco empezó a descender, prácticamente en caída libre. El viento se volvió casi insoportable, como estar dentro de un tornado. Stroud dio algunas órdenes de emergencia, intentando a toda costa mantener el control del navío, pero fue en vano. La monotonía de su voz apenas era audible en aquel cataclismo. Un relámpago iluminó la escena. Todo ocurrió demasiado rápido, todo se volvió borroso. Los tensos músculos de Stroud intentaron aferrarse al timón de la nave a toda costa, pero no fue suficiente, y el Marine salió despedido, sus manos rasguñadas y dejando pequeñas manchas de sangre sobre las astillas del timón. Mientras se precitpitaba al vacío, el último pensamiento de Stroud consistió en preguntarse si el Royal Quiver aguantaría la caída, el viento ensordecedor rugiendo en sus oídos.
Cuando Stroud volvió en sí, todo le dolía. ¿Estaba vivo? ¿Realmente era posible? Todo le daba vueltas, todo estaba borroso. Pese a ello, su reacción instintiva fue ponerse en pie. A duras penas y con pesadez, apoyando las manos sobre sus rodillas y sin idea de qué había a su alrededor, reprimiendo el instinto de vomitar, pero lo logró. Poco a poco, todo recobraba claridad, mientras miraba a su alrededor. ¿Paredes de roca? Aquel era el último sitio en el que hubiera esperado dar a parar. Se percató de que, de alguna forma, se había logrado aferrar a su abrigo, que conservaba con orgullo; empapado, pero intacto. No se podía decir lo mismo de él: se frotó bajo la nariz con la mano, descubriendo un borrón de sangre. Sus brazos y piernas estaban llenos de magulladuras, amoratados. Si no se había roto todas las costillas, aquello había sido un milagro.
No sin cierta dificultad, caminó por el lugar, intentando vislumbrar el escenario. A su alrededor habían caído otras cinco personas, ¿de dónde habían salido? ¿Les había pasado a todos lo mismo? Una de ellas, ataviada en el uniforme de la Marina, llamó su atención, con su blanco pulcro destacando en la penumbra de aquel ambiente. ¡Era Moja! Se agachó junto a él, comprobando el pulso en su yugular con dos dedos, y sacudió sus hombros. Se dio cuenta entonces, prestando atención al suelo bajo sus pies, de que el veteado de la roca parecía seguir patrones extraños, demasiado regulares. Recorrió la superficie con la mano, palpando la roca con las yemas de los dedos, notando lo que parecían ser extrañas ondas de percusión. Jamás había visto ninguna formación lítica así, por mucho que estuviesen en el Grand Line, y no cabía duda de que aquel lugar era completamente artificial. Alguien era el responsable de que estuviesen allí, de una forma u otra. Recuperándose del shock, su mente empezaba a razonar con la fluidez habitual. Tomó aire, aún volviendo en sí, mientras esperaba a que Moja recobrase el sentido, y se ciñó los guantes tachonados que colgaban de su maltrecho cinturón. Al igual que su visión, sus instintos iban volviendo, y su naturaleza metódica y previsora reclamaba su lugar a medida que observaba a su alrededor y se preparaba para lo que pudiese venir. Estaba claro que aquel lugar ocultaba algo.
La travesía continuó sin demasiados inconvenientes hasta los imponentes Cabos Gemelos. A duras penas iluminada por los momentáneos relámpagos que asolaban la zona, la Red Line acabó alzándose ante ellos de entre las aguas como un enorme muro, que, en la oscuridad de la noche, perdía su color característico, con una multitud de nubes que se arremolinaban en torno a su cima. A Stroud, sin embargo, no le cupo duda alguna en cuanto empezó a asomar en el horizonte, y, sacando el catalejo, contempló la escena, como si fuese un monumento. Calculó la distancia visualmente, y murmuró la corrección mental del rumbo, dando un leve golpe con el nudillo en el bronce del catalejo. Inspiró hondo, el aire cargado de sal. "Tripulación, a sus puestos," ordenó, su voz tan monótona, y tan firme, como de costumbre, "revisad jarcias y velas." De forma casi instintiva, se ciñó adecuadamente la gorra a la cabeza, y el abrigo a los hombros. Ser recibido por la Red Line era como ser recibido por un alto mando; la situación requería respeto y formalidad. No era cualquier cosa.
Música
El ascenso no tardó en comenzar, y nada podría haber preparado al navegante para lo que estaba a punto de ocurrir. "Velas a medio izar, que el viento no luche con el agua," razonó, haciendo un ademán con la cabeza hacia Bertram, Kibai y Moja, "foque recogido, mantened la proa firme." Stroud Redgrave, por una vez, estaba nervioso. Sus manos se aferraban al timón en un intento por mantenerse firmes y no temblar. Su mente no paraba de hacer cálculos, estimando la velocidad de flujo y murmurando algunos números. Cada pocos segundos, examinaba su brújula, que parecía estar volviéndose loca, aunque eso era algo que había previsto. De cuando en cuando, intentaba ver cómo maniobraban los demás navíos, procurando coordinarse con los mismos y aprender de su navegación. A medida que la inclinación crecía, el agua parecía rugir, como desafiándolos, o dándoles la bienvenida. Era complicado de interpretar. Stroud colocó un pie sobre la base del timón, anclando el otro, manteniendo el control del Royal Quiver. Lo lograrían. Las gotas empezaban a salpicarles el rostro como pequeñas agujas, mientras el barco temblaba y avanzaba con fuerza. La presión del agua aumentaba, y el joven Redgrave sintió cómo todo el barco vibraba como un músculo en tensión.
Incluso si no era consciente, en la mente de Stroud, el Grand Line se revelaba como una auténtica bestia, y su instinto natural era no arrodillarse. El barco se sacudía, les llovía agua por doquier. "¡Viento al sur, corriente al norte! ¡Ajustad foque en un cuarto!," ordenó quirúrgicamente, "¡Asegurad cabos!". Su abrigo, ceñido a sus hombros, se posicionaba ya casi completamente en vertical, en paralelo a la cubierta, mientras él a duras penas lograba mantener el control del timón, del que casi colgaba. Bajo el uniforme, sus músculos se encontraban en máxima tensión, como si intentase domar al Grand Line en sí mismo. En algunas ocasiones, dio la impresión de que estuvo a punto de perder el control, entre las corrientes cambiantes y ante la incensante presión del agua. Como quien cabalgaba una bestia, Stroud no cedió ni un milímetro, manteniendo la integridad del navío. Sin embargo, al cabo de escasos minutos, el barco cambió repentinamente de posición, coronando la cima prácticamente intacto. Fue como, si después de todo aquello, hubiese llegado finalmente la calma. Stroud, sin embargo, sabía que aquello no había hecho más que empezar, que no debía dejarse engañar. "Velas plegadas, corriente descendente inminente," ordenó, anclándose nuevamente al timón. No había tiempo para el alivio o para chorradas. "Ajustad el peso de babor, cambiamos de corriente en tres, dos..."
Imagen
Nada hubiese podido anticipar el caos que estaba a punto de desatarse. Todo fue rápido, cuestión de solo unos agónicos segundos. El barco empezó a descender, prácticamente en caída libre. El viento se volvió casi insoportable, como estar dentro de un tornado. Stroud dio algunas órdenes de emergencia, intentando a toda costa mantener el control del navío, pero fue en vano. La monotonía de su voz apenas era audible en aquel cataclismo. Un relámpago iluminó la escena. Todo ocurrió demasiado rápido, todo se volvió borroso. Los tensos músculos de Stroud intentaron aferrarse al timón de la nave a toda costa, pero no fue suficiente, y el Marine salió despedido, sus manos rasguñadas y dejando pequeñas manchas de sangre sobre las astillas del timón. Mientras se precitpitaba al vacío, el último pensamiento de Stroud consistió en preguntarse si el Royal Quiver aguantaría la caída, el viento ensordecedor rugiendo en sus oídos.
Más música
Cuando Stroud volvió en sí, todo le dolía. ¿Estaba vivo? ¿Realmente era posible? Todo le daba vueltas, todo estaba borroso. Pese a ello, su reacción instintiva fue ponerse en pie. A duras penas y con pesadez, apoyando las manos sobre sus rodillas y sin idea de qué había a su alrededor, reprimiendo el instinto de vomitar, pero lo logró. Poco a poco, todo recobraba claridad, mientras miraba a su alrededor. ¿Paredes de roca? Aquel era el último sitio en el que hubiera esperado dar a parar. Se percató de que, de alguna forma, se había logrado aferrar a su abrigo, que conservaba con orgullo; empapado, pero intacto. No se podía decir lo mismo de él: se frotó bajo la nariz con la mano, descubriendo un borrón de sangre. Sus brazos y piernas estaban llenos de magulladuras, amoratados. Si no se había roto todas las costillas, aquello había sido un milagro.
Imagen
No sin cierta dificultad, caminó por el lugar, intentando vislumbrar el escenario. A su alrededor habían caído otras cinco personas, ¿de dónde habían salido? ¿Les había pasado a todos lo mismo? Una de ellas, ataviada en el uniforme de la Marina, llamó su atención, con su blanco pulcro destacando en la penumbra de aquel ambiente. ¡Era Moja! Se agachó junto a él, comprobando el pulso en su yugular con dos dedos, y sacudió sus hombros. Se dio cuenta entonces, prestando atención al suelo bajo sus pies, de que el veteado de la roca parecía seguir patrones extraños, demasiado regulares. Recorrió la superficie con la mano, palpando la roca con las yemas de los dedos, notando lo que parecían ser extrañas ondas de percusión. Jamás había visto ninguna formación lítica así, por mucho que estuviesen en el Grand Line, y no cabía duda de que aquel lugar era completamente artificial. Alguien era el responsable de que estuviesen allí, de una forma u otra. Recuperándose del shock, su mente empezaba a razonar con la fluidez habitual. Tomó aire, aún volviendo en sí, mientras esperaba a que Moja recobrase el sentido, y se ciñó los guantes tachonados que colgaban de su maltrecho cinturón. Al igual que su visión, sus instintos iban volviendo, y su naturaleza metódica y previsora reclamaba su lugar a medida que observaba a su alrededor y se preparaba para lo que pudiese venir. Estaba claro que aquel lugar ocultaba algo.
Off

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