24-10-2025, 11:22 PM
[personajeinvalido=2283]
Moja hojea el periódico con calma, deteniéndose apenas unos segundos en el artículo sobre la División 84. El titular no le causa ni orgullo ni nerviosismo, pero sí le sirve de recordatorio: su nombre, y el de sus compañeros- ya circula entre las aguas del South Blue, pasa la página y se detiene en otra sección: los nuevos carteles de búsqueda. Sus ojos felinos recorren las imágenes de los piratas más recientes, repasando nombres, cifras y descripciones. Algunos son simples rufianes de poca monta; otros, viejos conocidos que reaparecen con recompensas mayores. Memoriza rasgos, tripulaciones, rangos y ubicaciones probables. Nunca está de más estar preparado. El Grand Line no perdona la ignorancia.
Dobla el periódico con precisión, lo deja a un lado y se incorpora cuando el Royal Quiver comienza a balancearse con mayor fuerza. El cielo, que hasta hace poco lucía claro, se ha ido cerrando en cuestión de minutos. Un viento húmedo sopla desde el este, arrastrando nubes oscuras y pesadas. En la distancia, un trueno retumba sobre el horizonte, preludio de la tormenta que los espera. Moja levanta la vista. Entre la lluvia fina que empieza a caer, logra distinguir la formación colosal de roca que se eleva sobre el mar: dos montañas gemelas, como guardianes de piedra, abriendo el paso hacia el Grand Line. A medida que se acercan, la corriente se vuelve más fuerte, empujando al barco con una energía viva y peligrosa.
Los relámpagos iluminan el cielo a intervalos irregulares, bañando el Royal Quiver en destellos blancos. Pero para Moja, la oscuridad no representa obstáculo alguno, su visión felina le permite distinguir cada cuerda, cada vela, cada gesto de sus compañeros incluso en medio de la tormenta. El viento arrecia. La madera del casco cruje, las olas golpean los costados, y la lluvia empieza a caer con furia. Stroud, da las órdenes pertinentes. Moja responde al instante. Corre hacia el mástil, libera los cabos y empieza a reducir el trapo de las velas, trabajando con precisión a pesar del agua que le azota el rostro. Luego se mueve hacia proa y recoge el foque, asegurando cada cuerda y enrollando la vela con fuerza para que no se suelte. Sus movimientos son firmes, automáticos, disciplinados.
El barco asciende por la corriente ascendente entre los Cabos Gemelos, como si el mar mismo lo elevara hacia el cielo. Moja se sujeta con una mano a la barandilla mientras ajusta una cuerda con la otra, mirando hacia adelante. El horizonte se ilumina con un nuevo relámpago, revelando por un instante el camino que los aguarda: la entrada al Grand Line. El rugido del mar se vuelve ensordecedor cuando el Royal Quiver corona la corriente ascendente entre los Cabos Gemelos. La lluvia cae a torrentes, golpeando la cubierta con la fuerza de una batería de tambores. El viento cambia de dirección sin previo aviso, y la espuma salada corta el aire como cuchillas. Desde la popa, el contramaestre Stroud se aferra al timón y ordena replegar las velas.
Moja no duda. Trepa hacia el mástil, trabaja con velocidad y precisión bajo la lluvia que azota como agujas, plegando las velas y asegurando cada cabo. La tormenta arrecia, los relámpagos iluminan brevemente la cubierta, y en cada destello el barco parece más pequeño frente a la inmensidad del mar. Apenas ha terminado cuando un golpe descomunal sacude el costado del navío. Un rugido ensordecedor, madera que se parte y un tirón violento lo arrancan del suelo. Moja sale disparado por la borda, tragado por la oscuridad.
Cuando recobra la conciencia, el silencio es casi absoluto. El rugido del océano ha desaparecido. Lo sustituye un eco apagado que resuena en un entorno cerrado. Su cuerpo duele: siente los músculos tensos, la ropa húmeda pegada a la piel y algunas heridas leves en los brazos. Abre los ojos. No hay luz natural, pero su visión felina se adapta rápidamente. Lo que ve no es un camarote ni la orilla del mar… sino una enorme cueva de piedra, de unos cincuenta metros de ancho por otros tantos de largo. Las paredes son rugosas y se elevan varios metros antes de perderse en una bóveda oscura. No hay rastro de salida: ni túneles, ni grietas, ni corrientes de aire. Solo roca sólida por todos lados.
El suelo es irregular, de roca sólida. Moja se incorpora lentamente, respirando hondo. Su cabeza todavía zumba, pero sus sentidos se mantienen alertas. A unos metros distingue otras siluetas. Cinco personas más,. entre ellas, reconoce la figura del contramaestre Stroud. Este se encontraba a su lado, esperando que Moja recuperase el sentido.
-Contramaestre… ¿está bien?-
El eco de su propia voz se pierde en la inmensidad del lugar. No hay respuesta inmediata, Moja entrecierra los ojos, observando a los demás caídos. Reconoce a alguno de ellos, pues sus caras y descripciones aparecían en los “Wabted” que había leído antes entrar a los Cabos Gemelos. Nadie parece gravemente herido, pero el entorno es inquietante. Una cueva sin salida, en mitad de ninguna parte. No hay mar, no hay viento, no hay camino de regreso. Y sin embargo… siguen vivos.
Moja hojea el periódico con calma, deteniéndose apenas unos segundos en el artículo sobre la División 84. El titular no le causa ni orgullo ni nerviosismo, pero sí le sirve de recordatorio: su nombre, y el de sus compañeros- ya circula entre las aguas del South Blue, pasa la página y se detiene en otra sección: los nuevos carteles de búsqueda. Sus ojos felinos recorren las imágenes de los piratas más recientes, repasando nombres, cifras y descripciones. Algunos son simples rufianes de poca monta; otros, viejos conocidos que reaparecen con recompensas mayores. Memoriza rasgos, tripulaciones, rangos y ubicaciones probables. Nunca está de más estar preparado. El Grand Line no perdona la ignorancia.
Dobla el periódico con precisión, lo deja a un lado y se incorpora cuando el Royal Quiver comienza a balancearse con mayor fuerza. El cielo, que hasta hace poco lucía claro, se ha ido cerrando en cuestión de minutos. Un viento húmedo sopla desde el este, arrastrando nubes oscuras y pesadas. En la distancia, un trueno retumba sobre el horizonte, preludio de la tormenta que los espera. Moja levanta la vista. Entre la lluvia fina que empieza a caer, logra distinguir la formación colosal de roca que se eleva sobre el mar: dos montañas gemelas, como guardianes de piedra, abriendo el paso hacia el Grand Line. A medida que se acercan, la corriente se vuelve más fuerte, empujando al barco con una energía viva y peligrosa.
Los relámpagos iluminan el cielo a intervalos irregulares, bañando el Royal Quiver en destellos blancos. Pero para Moja, la oscuridad no representa obstáculo alguno, su visión felina le permite distinguir cada cuerda, cada vela, cada gesto de sus compañeros incluso en medio de la tormenta. El viento arrecia. La madera del casco cruje, las olas golpean los costados, y la lluvia empieza a caer con furia. Stroud, da las órdenes pertinentes. Moja responde al instante. Corre hacia el mástil, libera los cabos y empieza a reducir el trapo de las velas, trabajando con precisión a pesar del agua que le azota el rostro. Luego se mueve hacia proa y recoge el foque, asegurando cada cuerda y enrollando la vela con fuerza para que no se suelte. Sus movimientos son firmes, automáticos, disciplinados.
El barco asciende por la corriente ascendente entre los Cabos Gemelos, como si el mar mismo lo elevara hacia el cielo. Moja se sujeta con una mano a la barandilla mientras ajusta una cuerda con la otra, mirando hacia adelante. El horizonte se ilumina con un nuevo relámpago, revelando por un instante el camino que los aguarda: la entrada al Grand Line. El rugido del mar se vuelve ensordecedor cuando el Royal Quiver corona la corriente ascendente entre los Cabos Gemelos. La lluvia cae a torrentes, golpeando la cubierta con la fuerza de una batería de tambores. El viento cambia de dirección sin previo aviso, y la espuma salada corta el aire como cuchillas. Desde la popa, el contramaestre Stroud se aferra al timón y ordena replegar las velas.
Moja no duda. Trepa hacia el mástil, trabaja con velocidad y precisión bajo la lluvia que azota como agujas, plegando las velas y asegurando cada cabo. La tormenta arrecia, los relámpagos iluminan brevemente la cubierta, y en cada destello el barco parece más pequeño frente a la inmensidad del mar. Apenas ha terminado cuando un golpe descomunal sacude el costado del navío. Un rugido ensordecedor, madera que se parte y un tirón violento lo arrancan del suelo. Moja sale disparado por la borda, tragado por la oscuridad.
Cuando recobra la conciencia, el silencio es casi absoluto. El rugido del océano ha desaparecido. Lo sustituye un eco apagado que resuena en un entorno cerrado. Su cuerpo duele: siente los músculos tensos, la ropa húmeda pegada a la piel y algunas heridas leves en los brazos. Abre los ojos. No hay luz natural, pero su visión felina se adapta rápidamente. Lo que ve no es un camarote ni la orilla del mar… sino una enorme cueva de piedra, de unos cincuenta metros de ancho por otros tantos de largo. Las paredes son rugosas y se elevan varios metros antes de perderse en una bóveda oscura. No hay rastro de salida: ni túneles, ni grietas, ni corrientes de aire. Solo roca sólida por todos lados.
El suelo es irregular, de roca sólida. Moja se incorpora lentamente, respirando hondo. Su cabeza todavía zumba, pero sus sentidos se mantienen alertas. A unos metros distingue otras siluetas. Cinco personas más,. entre ellas, reconoce la figura del contramaestre Stroud. Este se encontraba a su lado, esperando que Moja recuperase el sentido.
-Contramaestre… ¿está bien?-
El eco de su propia voz se pierde en la inmensidad del lugar. No hay respuesta inmediata, Moja entrecierra los ojos, observando a los demás caídos. Reconoce a alguno de ellos, pues sus caras y descripciones aparecían en los “Wabted” que había leído antes entrar a los Cabos Gemelos. Nadie parece gravemente herido, pero el entorno es inquietante. Una cueva sin salida, en mitad de ninguna parte. No hay mar, no hay viento, no hay camino de regreso. Y sin embargo… siguen vivos.
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*Pienso* -Hablo- Narro
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