25-10-2025, 12:30 PM
[personajeinvalido=2283]
Continuaba rebuscando entre los armarios y arcones que había en una de las habitaciones del Crimson Stage, una que parecía estar dedicada a ser el backstage del escenario, donde los artistas se prepararían para el espectáculo. Irónico que yo estuviese cogiendo algunas prendas para pasar desapercibido. Encontré un antifaz, con encajes, negro, a juego con el abrigo de pelo que ya me había agenciado. Al menos me alegré de que no llevase plumas, pues lo último que deseo en esta vida es parecer un pájaro. Malditos pájaros...
Me apresuré a subir a la cubierta con mi nueva indumentaria, pues el barco ya daba señales de estar en movimiento. Quería ver cómo nos despedíamos de aquella ciudad que había supuesto una cárcel para mi. Desconocía nuestro rumbo, pero si algo tenía claro es que nunca más me dejaría atrapar, nunca acabaría en otra jaula.
El aire fresco me dio en la cara como si de una caricia se tratase, una que tomó de mi el nerviosismo provocado por mi recompensa, como la mano de una madre que quita de su hijo la hojarasca enredada en su cabello tras una caída. Todos los barcos habían comenzado su ruta, como una manada de ñus que cruzan la sabana en busca de nuevas tierras, sin saber los peligros que les esperan al cruzar el río. Miré hacia el puerto, sujeté el ala de mi sombrero y agaché la cabeza.
—Espero no volver a vernos.
El trayecto fue apacible, pese a las nubes que cubrían el cielo como un tupido manto, amenazantes de tormenta. La comitiva continuó avanzando y nuestro barco, comandado alegremente por Rosse, se encontraba en una posición cómoda para nosotros. En el medio, ni demasiado cerca de los barcos que encabezaban la expedición, ni demasiado cerca del barco de marines que la cerraba. Parecía que podríamos pasar desapercibidos, por mucho que aquello le pesase a la capitana. La oscuridad hacía difícil ver que sucedía más allá de nuestros barcos y tal vez sea por eso que la situación me impactó aún más.
Sentí que el corazón se me paraba, al ver el primero de los barcos alzarse en el aire, como si la fuerza que nos ataba a la tierra no tuviese más poder sobre él. Ascendía frente al resto, y como si nos marcase el camino, el resto de barcos comenzaron a ascender también. El barco ante nosotros se alzó, y fue en ese momento cuando lo pude ver. Una extraña corriente de agua, como si se tratase del descenso de un río bravo, solo que en esta ocasión, vulneraba todas las leyes de la lógica, pues subía la montaña en una carrera a contracorriente. De haber sido pirata, este río hubiese sido un buen Cabaret, pensé.
El agua saltaba sobre la cubierta del barco tras impactar contra el casco que ascendía con un ritmo endiablado. El camino era peligroso, pero la pericia de Rosse nos mantenía a salvo en nuestra escalada. El primer barco llegó a la cúspide y, como si hubiéramos hecho enfadar a los dioses con aquella expedición prohibida, un relámpago iluminó el cielo. Mi cuerpo se tensó, mi respiración, aún más acelerada de lo que estuvo momentos antes de partir. En mi mente, solo un recuerdo; la noche en que me separé de mis padres, la tormenta que me arrancó de sus brazos.
Los siguientes instantes pasaron demasiado deprisa, aunque sus secuelas serán cosas que no podré olvidar tan rápido. Uno a uno, los barcos comenzaron a coronar la montaña, lanzándose a un descenso vertiginoso, como si de una carrera de trineos se tratase. Unos trineos que habían sustituido su pista de nieve por una de agua embravecida y rocas afiladas. Una carrera que había cambiado la precisión de los comisarios por la furia de los dioses, que no tardaron en lanzar una de sus reprimendas sobre el primero de los barcos.
Un impacto. Caos. Fuego. Gritos. Una andanada de cajas voló hacia el resto de navíos, como las flechas de un ejército defensor que caen sobre los que osan invadir sus tierras, perforando todo a su paso. Contenedores que alcanzaron nuestro barco y que causaron graves daños, a juzgar por los gritos de Rosse que resonaban como ecos en la distancia para mis oídos. El aire se resistía a llegar a mis pulmones, las piernas no respondían. Y, quizá sea ese el motivo, por el cuál no pude mantenerme en pie cuando el barco comenzó a dar sacudidas sin control, y tras un fuerte latigazo, sentí como mi cuerpo se elevaba por los aires. Luego un fuerte golpe, y tras eso, la oscuridad. Mi amada oscuridad.
Me dolía la cabeza y no podía ver nada, pese a tener los ojos abiertos. Poco a poco se fueron acostumbrando a la oscuridad, para poder percibir que las únicas dos fuentes de luz que se podían apreciar eran el cielo que comenzaba a despejarse y una suerte de antorcha que se encontraba a unos metros de mi, una antorcha que dibujaba la silueta de un hombre entre aquella oscuridad. Me incorporé con lentitud, deseando que la luz emitida por aquel fuego no delatase mi posición. El golpe me mantenía aturdido y notaba que mi cuerpo no respondía de la manera que me tenía acostumbrado. Me deslicé en dirección opuesta a aquella antorcha hasta que mi mano dio de lleno con una pared, un muro de roca lisa. Intenté clavar mis garras en ella, o hacer uso de algún saliente para escalar, pero todo intento era en vano y solo conseguía rasgar las yemas de mis dedos.
Apoyé mi espalda en el muro, para intentar evaluar la situación, y sentir que al menos una parte de mi estaba protegida. No quería llamar la atención de las sombras que deambulaban por aquella oscuridad, así que permanecí en silencio, incluso cuando una de ellas pidió algo de información para poder encontrarse con sus compañeros. Me estremecí al escuchar una voz que le contestaba, una proveniente de una silueta que hasta ese momento había pasado desapercibida para mi. Una silueta que se acercó hacía el muro en el que estaba apoyado y comenzó a revisarlo. Tras unos instantes de quietud, la sombra comenzó a bambolearse, como si bailase una melodía que solo ella podía escuchar, se despegó de la pared y luego heló mi sangre, pues su presencia me hacía entender que me estaba mirando fijamente. Entonces, habló. Sus extrañas preguntas y afirmaciones me hicieron dudar si debía contestar, pero ya era evidente que mi presencia allí no estaba pasando desapercibida.
—¿Fotosíntesis? Disculpe, no somos plantas. No necesitamos hacer la fotosíntesis —dije extrañado—. Lo que necesitamos es una manera de salir de aquí.
No vi hostilidad en sus palabras, por lo que di por hecho que se trataría de alguno de los pasajeros que habían embarcado en alguno de los barcos accidentados. Sus siguientes palabras acerca de lo extraño de aquellas paredes llamaron mi atención, sobre todo, la parte en que hablaba de un espejo. Alcé mi mirada, entorné mis ojos. Sin embargo, no conseguía ver aquello de lo que nos estaba hablando.
Hice caso omiso de sus siguientes palabras, pues estaba llamando a alguien o pidiendo auxilio y más tarde se acercó a otra de las siluetas que se encontraban en nuestra desafortunada prisión. por sus palabras, parecía que se conocían, pues lo había llamado hermano. Me alejé unos 7 metros, mi mano apoyada en la pared, con la intención de encontrar una salida. Alguna pista que me llevase a mis compañeros. Algo que me devolviese la libertad.
Continuaba rebuscando entre los armarios y arcones que había en una de las habitaciones del Crimson Stage, una que parecía estar dedicada a ser el backstage del escenario, donde los artistas se prepararían para el espectáculo. Irónico que yo estuviese cogiendo algunas prendas para pasar desapercibido. Encontré un antifaz, con encajes, negro, a juego con el abrigo de pelo que ya me había agenciado. Al menos me alegré de que no llevase plumas, pues lo último que deseo en esta vida es parecer un pájaro. Malditos pájaros...
Me apresuré a subir a la cubierta con mi nueva indumentaria, pues el barco ya daba señales de estar en movimiento. Quería ver cómo nos despedíamos de aquella ciudad que había supuesto una cárcel para mi. Desconocía nuestro rumbo, pero si algo tenía claro es que nunca más me dejaría atrapar, nunca acabaría en otra jaula.
Outfit Varo
El aire fresco me dio en la cara como si de una caricia se tratase, una que tomó de mi el nerviosismo provocado por mi recompensa, como la mano de una madre que quita de su hijo la hojarasca enredada en su cabello tras una caída. Todos los barcos habían comenzado su ruta, como una manada de ñus que cruzan la sabana en busca de nuevas tierras, sin saber los peligros que les esperan al cruzar el río. Miré hacia el puerto, sujeté el ala de mi sombrero y agaché la cabeza.
—Espero no volver a vernos.
El trayecto fue apacible, pese a las nubes que cubrían el cielo como un tupido manto, amenazantes de tormenta. La comitiva continuó avanzando y nuestro barco, comandado alegremente por Rosse, se encontraba en una posición cómoda para nosotros. En el medio, ni demasiado cerca de los barcos que encabezaban la expedición, ni demasiado cerca del barco de marines que la cerraba. Parecía que podríamos pasar desapercibidos, por mucho que aquello le pesase a la capitana. La oscuridad hacía difícil ver que sucedía más allá de nuestros barcos y tal vez sea por eso que la situación me impactó aún más.
Sentí que el corazón se me paraba, al ver el primero de los barcos alzarse en el aire, como si la fuerza que nos ataba a la tierra no tuviese más poder sobre él. Ascendía frente al resto, y como si nos marcase el camino, el resto de barcos comenzaron a ascender también. El barco ante nosotros se alzó, y fue en ese momento cuando lo pude ver. Una extraña corriente de agua, como si se tratase del descenso de un río bravo, solo que en esta ocasión, vulneraba todas las leyes de la lógica, pues subía la montaña en una carrera a contracorriente. De haber sido pirata, este río hubiese sido un buen Cabaret, pensé.
El agua saltaba sobre la cubierta del barco tras impactar contra el casco que ascendía con un ritmo endiablado. El camino era peligroso, pero la pericia de Rosse nos mantenía a salvo en nuestra escalada. El primer barco llegó a la cúspide y, como si hubiéramos hecho enfadar a los dioses con aquella expedición prohibida, un relámpago iluminó el cielo. Mi cuerpo se tensó, mi respiración, aún más acelerada de lo que estuvo momentos antes de partir. En mi mente, solo un recuerdo; la noche en que me separé de mis padres, la tormenta que me arrancó de sus brazos.
Los siguientes instantes pasaron demasiado deprisa, aunque sus secuelas serán cosas que no podré olvidar tan rápido. Uno a uno, los barcos comenzaron a coronar la montaña, lanzándose a un descenso vertiginoso, como si de una carrera de trineos se tratase. Unos trineos que habían sustituido su pista de nieve por una de agua embravecida y rocas afiladas. Una carrera que había cambiado la precisión de los comisarios por la furia de los dioses, que no tardaron en lanzar una de sus reprimendas sobre el primero de los barcos.
Un impacto. Caos. Fuego. Gritos. Una andanada de cajas voló hacia el resto de navíos, como las flechas de un ejército defensor que caen sobre los que osan invadir sus tierras, perforando todo a su paso. Contenedores que alcanzaron nuestro barco y que causaron graves daños, a juzgar por los gritos de Rosse que resonaban como ecos en la distancia para mis oídos. El aire se resistía a llegar a mis pulmones, las piernas no respondían. Y, quizá sea ese el motivo, por el cuál no pude mantenerme en pie cuando el barco comenzó a dar sacudidas sin control, y tras un fuerte latigazo, sentí como mi cuerpo se elevaba por los aires. Luego un fuerte golpe, y tras eso, la oscuridad. Mi amada oscuridad.
Me dolía la cabeza y no podía ver nada, pese a tener los ojos abiertos. Poco a poco se fueron acostumbrando a la oscuridad, para poder percibir que las únicas dos fuentes de luz que se podían apreciar eran el cielo que comenzaba a despejarse y una suerte de antorcha que se encontraba a unos metros de mi, una antorcha que dibujaba la silueta de un hombre entre aquella oscuridad. Me incorporé con lentitud, deseando que la luz emitida por aquel fuego no delatase mi posición. El golpe me mantenía aturdido y notaba que mi cuerpo no respondía de la manera que me tenía acostumbrado. Me deslicé en dirección opuesta a aquella antorcha hasta que mi mano dio de lleno con una pared, un muro de roca lisa. Intenté clavar mis garras en ella, o hacer uso de algún saliente para escalar, pero todo intento era en vano y solo conseguía rasgar las yemas de mis dedos.
Apoyé mi espalda en el muro, para intentar evaluar la situación, y sentir que al menos una parte de mi estaba protegida. No quería llamar la atención de las sombras que deambulaban por aquella oscuridad, así que permanecí en silencio, incluso cuando una de ellas pidió algo de información para poder encontrarse con sus compañeros. Me estremecí al escuchar una voz que le contestaba, una proveniente de una silueta que hasta ese momento había pasado desapercibida para mi. Una silueta que se acercó hacía el muro en el que estaba apoyado y comenzó a revisarlo. Tras unos instantes de quietud, la sombra comenzó a bambolearse, como si bailase una melodía que solo ella podía escuchar, se despegó de la pared y luego heló mi sangre, pues su presencia me hacía entender que me estaba mirando fijamente. Entonces, habló. Sus extrañas preguntas y afirmaciones me hicieron dudar si debía contestar, pero ya era evidente que mi presencia allí no estaba pasando desapercibida.
—¿Fotosíntesis? Disculpe, no somos plantas. No necesitamos hacer la fotosíntesis —dije extrañado—. Lo que necesitamos es una manera de salir de aquí.
No vi hostilidad en sus palabras, por lo que di por hecho que se trataría de alguno de los pasajeros que habían embarcado en alguno de los barcos accidentados. Sus siguientes palabras acerca de lo extraño de aquellas paredes llamaron mi atención, sobre todo, la parte en que hablaba de un espejo. Alcé mi mirada, entorné mis ojos. Sin embargo, no conseguía ver aquello de lo que nos estaba hablando.
Hice caso omiso de sus siguientes palabras, pues estaba llamando a alguien o pidiendo auxilio y más tarde se acercó a otra de las siluetas que se encontraban en nuestra desafortunada prisión. por sus palabras, parecía que se conocían, pues lo había llamado hermano. Me alejé unos 7 metros, mi mano apoyada en la pared, con la intención de encontrar una salida. Alguna pista que me llevase a mis compañeros. Algo que me devolviese la libertad.
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