26-10-2025, 12:03 AM
Tras la conversación con las alegres trillizas, el Comandante Revolucionario de los Ejércitos del Oeste se acercó a las enormes puertas del castillo, dispuesto a cumplir su palabra y recibir a aquellos valerosos luchadores por la libertad. El corto trayecto hasta la puerta supuso toda una odisea para el líder revolucionario. Y no era para menos, ya que al ver su objetivo cumplido y al librarse por fin de la tensión acumulada por toda aquella situación, el increible cansancio físico y mental que había acumulado golpearon al antiguo pescador. Aquello representaba realmente bien su estancia en el reino de Mogaro. Todo el sufrimiento que habían padecido su escuadrón y él, con el único fin de marcar el camino a los habitantes del reino, y abrirles las puertas hacia la libertad.
El espadachín empujó, pero las enormes puertas se negaron a moverse. A pesar de los esfuerzos del hombre las puertas no se movían un milímetro. Todo esfuerzo de Kageyama parecía inútil, hasta que escuchó a su lado una voz amiga. A su diestra, a no más de un par de metros, se encontraba su camarada y amigo. Aquel mariscal revolucionario, quien portaba la D en su nombre, dejó caer al suelo al inconsciente monarca, así como el arma de la que se acababa de adueñar, y se dispuso a ayudar a su líder. No fue si no cuando ambos hombres unieron fuerzas que las puertas comenzaron a moverse. A medida que estas se abrían, la luz del sol entraba en el hall principal. El propio hall contaba con unos enormes ventanales, pero la luz que entraba por la puerta reflejaba en el suelo y las paredes, llenando toda la estancia de luz, haciendo que pareciera un lugar completamente diferente.
Y completamente diferente era también el exterior, pues la puerta principal daba a unos hermosos jardines. Un camino empedrado, delimitado a ambos lados por hermosas flores y plantas. El olor de aquellas exóticas plantas era tal, que enmascaraba el aroma a humo que prevalecía en el resto de la ciudad, aquel aroma que tardaría todavía unos días en desaparecer.
Los dos revolucionarios no tardaron en escuchar primero un murmullo y más adelante las alegres voces de los ciudadanos y forajidos que cantaban una canción que ya habían escuchado anteriormente. Si bien habían escuchado la letra con anterioridad, la situación y la canción eran completamente diferentes esta vez. Si antes la letra evocaba coraje y espíritu de lucha, ahora mostraba felicidad, paz y sobre todo libertad
Liderando a aquel grupo de medio centenar de personas, se encontraban seis caras conocidas. Al lado izquierdo se encontraban dos de las trillizas, las cuales de alguna misteriosa forma tenían no sólo un moratón exactamente idéntico en el cuello si no también sus vestiduras rasgadas y manchadas exactamente igual, haciendo que fueran completamente indistingibles la una de la otra. A su lado, en el centro del grupo, se encontraba Robin. El hombre caminaba con dificultad, agarrándose el costado derecho con su mano derecha, presionando lo que parecía una herida que había recibido. A su izquierda, caminando al mismo lento ritmo que el hombre y con la cabeza apoyada en su hombro, se encontraba la tercera hermana. Ésta, además de un reconocible corte en la mejilla derecha, tenía un cabestrillo en el brazo izquierdo, así como un enorme corte en su pierna izquierda. A su izquierda - la derecha desde la perspectiva del dúo revolucionario - estaba un magullado Will Scarlet, el cual seguía exactamente igual a como le habían visto con anterioridad, y para cerrar la fila se encontraba Stutely, quien de alguna forma había logrado salir completamente ileso.
- Creo que no hay forma de que podamos hacer algo en esta vida para agradeceros lo suficiente lo que habéis hecho - el líder de los forajidos se cuadró con dificultad y se dispuso a agacharse para agradecer a los artífices de aquella revolución - No te fuerces tanto Robin - le dijo Lei, preocupada, cogiéndole suavemente de la mano, aunque su estado también era lamentable - Ten cuidado, que no te hemos podido coser bien la herida de antes - las otras dos hermanas trataron también de ayudar a su amado compañero así como a su hermana - Tú tampoco hagas muchos esfuerzos Lei. Y recuerda que te hemos dejado venir cogida de Robin porque te has llevado ese corte para salvarle - le señaló el corte de la pierna su hermana.
- Realmente no podríamos haber hecho esto sin vuestra ayuda - las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas del hombre, mientras los otros agradecían también a los revolucionarios - ¿Dónde está el rey? ¡Vamos a llevarle a la plaza para darle entre todos su merecido! - gritó uno de los hombres de más atrás - ¡Sí, y a Jamonada también! Vamos a meterle su lanza por el culo delante de todos - gritó otro. A estos gritos les siguieron varios más, mientras un grupo formado por media docena de personas trataba de abrise paso para tomarse la justicia por su mano con el tirano y el capitán de la guardia. Aquellos gritos fueron cortados en seco por el más mayor de los líderes - ¡Quietos ahí mismo! - les dijo, sacando su hacha - ¿Pero vosotros os habéis oído? - preguntó, realmente preocupado - Sé que habéis sufrido lo indecible, vosotros y vuestras familias, a manos del rey y de sus hombres. Pero os aseguro que esto - levantó su arma, antes de tirarla al suelo - Esto no os servirá de nada. Podéis llevaros al rey, a Jamonada, a su mujer, o a quien queráis, pero os aseguro que da igual lo que les hagáis, eso sólo os causará más dolor - explicó, parando unos segundos para tomar aire - Sí, sentiréis satisfacción en el momento, pero ¿qué creéis que os pasará cuando os paréis a pensar en lo que acabáis de hacer y en los monstruos que os habéis convertido? - aquellos hombres se quedaron en silencio, reflexionando acerca de las palabras de aquel anciano - Tranquilos, que estos dos tendrán su merecido castigo. Tendrán una ejecución pública, o si no pasarán lo que les queda de vida en las mazmorras - explicó, logrando calmar a los hombres - Pero será algo que decidamos entre todos.
Una vez las cosas se calmaron, Will Scarlett propuso mover tanto al monarca como a Nottingham a un sitio más apartado, para evitar de esa forma que alguien cometiera alguna tontería.
- Os lo prometí, Maese Kageyama - sonrió Dima, mientras trataba la herida del hombro del revolucionario, a la vez que Rian hacía lo propio con la herida del mink panda - Hemos ganado, así que no tenéis que preocuparos porque os vamos a curar ji ji ji - se rió - Si le molesta o duele algo, Maese Panda, dígalo sin problemas - Stutely y Scarlett fueron los encargados de atar y transportar tanto al Rey Juan como a su mano derecha, a los cuales llevaron dentro de la sala del trono, donde se decidiría también su destino - Es pequeño como una patata - dijo Dima, refiriéndose al monarca, cuando el anciano le levantó del suelo - Sí, pero no todo - respondió su hermana Rian, señalando a su enorme y picuda nariz.
Varios de los forajidos comenzaron a descolgar entonces los numerosos retratos del tirano, dispuestos a deshacerse de toda esa egolatría que ya no tenía cabida en aquel lugar - No los rompáis. Es posible que se puedan reutilizar, o quizá se puedan vender para conseguir dinero con el que pagar cosas que hagan falta a la gente - propuso Robin, quien caminaba junto a Lei hacia el salón del trono.
Mientras algunos de los ciudadanos se dedicaron a desarmar y atar a la guardia real, otros se reunían alrededor de la fuente que se encontraba en el centro del hall. Aquella fuente que representaba, a diferencia de los numerosos cuadros que adornaban las paredes, al anterior rey Ricardo, el León. Un hombre de aquel grupo de personas sacó un pequeño instrumento que llevaba consigo. Comenzó a tocar y cantar, haciendo que los demás se unieran a él.
El dúo revolucionario, junto a los líderes de los forajidos y algunos ciudadanos más, entraron a la sala del trono, donde habían decidido reunirse para decidir acerca del futuro del reino - Deja la puerta abierta - dijo Robin al hombre que se disponía a cerrar - Todo el mundo es libre de escuchar, ver y opinar. Nosotros no somos nadie para impedírselo - aquellas palabras hicieron que alguno de los presentes saliera para avisar a algunos de sus compañeros, haciendo que un par más de personas entrara a la sala
- Va a ser realmente duro todo esto - habló el pelirrojo, mirando al trono vacío - Que hubiera un rey facilitaba las cosas, hay que admitirlo, pero ahora tenemos que encontrar lo que más beneficie a la gente de Mogaro - expuso - Seguramente habría que elegir a un gobernante, pero para ello habría que dejar al pueblo decidir - miró a su amigo Robin - Y me da que a quien elijan no va a querer - se rió, provocando que muchos de los presentes se rieran también, pues estaban completamente de acuerdo con aquello - Bueno, igual podemos dejar eso para más adelante, y decidir primero qué hacer con estos dos - se llevó la mano a la cabeza, pensativo - Va a haber mucha gente que quiera verlos en la horca. No les culpo, y si la mayoría estáis de acuerdo, yo también lo estoy - expuso - Pero, creo que es muy importante que si se da el caso, sea exclusivamente un castigo por los crímenes cometidos y no una especie de celebración o burla o algo por el estilo, o si no es posible que haya partidarios que empiecen a confabular. Y habría que mantener a los niños al margen. - dio su opinión respecto a ese tema, mirando a la gente - O también pueden pasar el resto de su vida encerrados o incluso irse al exilio - miró al líder revolucionario - Sé que no sois habitantes de Mogaro, y que posiblemente penséis que no pintáis nada en una decisión así, pero, dada vuestra inestimable ayuda y la entrega que habéis demostrado para con nuestro pueblo, creo que lo mínimo que podemos hacer es teneros en cuenta y aceptar vuestro consejo en un tema tan trascendental
El espadachín empujó, pero las enormes puertas se negaron a moverse. A pesar de los esfuerzos del hombre las puertas no se movían un milímetro. Todo esfuerzo de Kageyama parecía inútil, hasta que escuchó a su lado una voz amiga. A su diestra, a no más de un par de metros, se encontraba su camarada y amigo. Aquel mariscal revolucionario, quien portaba la D en su nombre, dejó caer al suelo al inconsciente monarca, así como el arma de la que se acababa de adueñar, y se dispuso a ayudar a su líder. No fue si no cuando ambos hombres unieron fuerzas que las puertas comenzaron a moverse. A medida que estas se abrían, la luz del sol entraba en el hall principal. El propio hall contaba con unos enormes ventanales, pero la luz que entraba por la puerta reflejaba en el suelo y las paredes, llenando toda la estancia de luz, haciendo que pareciera un lugar completamente diferente.
Y completamente diferente era también el exterior, pues la puerta principal daba a unos hermosos jardines. Un camino empedrado, delimitado a ambos lados por hermosas flores y plantas. El olor de aquellas exóticas plantas era tal, que enmascaraba el aroma a humo que prevalecía en el resto de la ciudad, aquel aroma que tardaría todavía unos días en desaparecer.
Los dos revolucionarios no tardaron en escuchar primero un murmullo y más adelante las alegres voces de los ciudadanos y forajidos que cantaban una canción que ya habían escuchado anteriormente. Si bien habían escuchado la letra con anterioridad, la situación y la canción eran completamente diferentes esta vez. Si antes la letra evocaba coraje y espíritu de lucha, ahora mostraba felicidad, paz y sobre todo libertad
Liderando a aquel grupo de medio centenar de personas, se encontraban seis caras conocidas. Al lado izquierdo se encontraban dos de las trillizas, las cuales de alguna misteriosa forma tenían no sólo un moratón exactamente idéntico en el cuello si no también sus vestiduras rasgadas y manchadas exactamente igual, haciendo que fueran completamente indistingibles la una de la otra. A su lado, en el centro del grupo, se encontraba Robin. El hombre caminaba con dificultad, agarrándose el costado derecho con su mano derecha, presionando lo que parecía una herida que había recibido. A su izquierda, caminando al mismo lento ritmo que el hombre y con la cabeza apoyada en su hombro, se encontraba la tercera hermana. Ésta, además de un reconocible corte en la mejilla derecha, tenía un cabestrillo en el brazo izquierdo, así como un enorme corte en su pierna izquierda. A su izquierda - la derecha desde la perspectiva del dúo revolucionario - estaba un magullado Will Scarlet, el cual seguía exactamente igual a como le habían visto con anterioridad, y para cerrar la fila se encontraba Stutely, quien de alguna forma había logrado salir completamente ileso.
- Creo que no hay forma de que podamos hacer algo en esta vida para agradeceros lo suficiente lo que habéis hecho - el líder de los forajidos se cuadró con dificultad y se dispuso a agacharse para agradecer a los artífices de aquella revolución - No te fuerces tanto Robin - le dijo Lei, preocupada, cogiéndole suavemente de la mano, aunque su estado también era lamentable - Ten cuidado, que no te hemos podido coser bien la herida de antes - las otras dos hermanas trataron también de ayudar a su amado compañero así como a su hermana - Tú tampoco hagas muchos esfuerzos Lei. Y recuerda que te hemos dejado venir cogida de Robin porque te has llevado ese corte para salvarle - le señaló el corte de la pierna su hermana.
- Realmente no podríamos haber hecho esto sin vuestra ayuda - las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas del hombre, mientras los otros agradecían también a los revolucionarios - ¿Dónde está el rey? ¡Vamos a llevarle a la plaza para darle entre todos su merecido! - gritó uno de los hombres de más atrás - ¡Sí, y a Jamonada también! Vamos a meterle su lanza por el culo delante de todos - gritó otro. A estos gritos les siguieron varios más, mientras un grupo formado por media docena de personas trataba de abrise paso para tomarse la justicia por su mano con el tirano y el capitán de la guardia. Aquellos gritos fueron cortados en seco por el más mayor de los líderes - ¡Quietos ahí mismo! - les dijo, sacando su hacha - ¿Pero vosotros os habéis oído? - preguntó, realmente preocupado - Sé que habéis sufrido lo indecible, vosotros y vuestras familias, a manos del rey y de sus hombres. Pero os aseguro que esto - levantó su arma, antes de tirarla al suelo - Esto no os servirá de nada. Podéis llevaros al rey, a Jamonada, a su mujer, o a quien queráis, pero os aseguro que da igual lo que les hagáis, eso sólo os causará más dolor - explicó, parando unos segundos para tomar aire - Sí, sentiréis satisfacción en el momento, pero ¿qué creéis que os pasará cuando os paréis a pensar en lo que acabáis de hacer y en los monstruos que os habéis convertido? - aquellos hombres se quedaron en silencio, reflexionando acerca de las palabras de aquel anciano - Tranquilos, que estos dos tendrán su merecido castigo. Tendrán una ejecución pública, o si no pasarán lo que les queda de vida en las mazmorras - explicó, logrando calmar a los hombres - Pero será algo que decidamos entre todos.
Una vez las cosas se calmaron, Will Scarlett propuso mover tanto al monarca como a Nottingham a un sitio más apartado, para evitar de esa forma que alguien cometiera alguna tontería.
- Os lo prometí, Maese Kageyama - sonrió Dima, mientras trataba la herida del hombro del revolucionario, a la vez que Rian hacía lo propio con la herida del mink panda - Hemos ganado, así que no tenéis que preocuparos porque os vamos a curar ji ji ji - se rió - Si le molesta o duele algo, Maese Panda, dígalo sin problemas - Stutely y Scarlett fueron los encargados de atar y transportar tanto al Rey Juan como a su mano derecha, a los cuales llevaron dentro de la sala del trono, donde se decidiría también su destino - Es pequeño como una patata - dijo Dima, refiriéndose al monarca, cuando el anciano le levantó del suelo - Sí, pero no todo - respondió su hermana Rian, señalando a su enorme y picuda nariz.
Varios de los forajidos comenzaron a descolgar entonces los numerosos retratos del tirano, dispuestos a deshacerse de toda esa egolatría que ya no tenía cabida en aquel lugar - No los rompáis. Es posible que se puedan reutilizar, o quizá se puedan vender para conseguir dinero con el que pagar cosas que hagan falta a la gente - propuso Robin, quien caminaba junto a Lei hacia el salón del trono.
Mientras algunos de los ciudadanos se dedicaron a desarmar y atar a la guardia real, otros se reunían alrededor de la fuente que se encontraba en el centro del hall. Aquella fuente que representaba, a diferencia de los numerosos cuadros que adornaban las paredes, al anterior rey Ricardo, el León. Un hombre de aquel grupo de personas sacó un pequeño instrumento que llevaba consigo. Comenzó a tocar y cantar, haciendo que los demás se unieran a él.
El dúo revolucionario, junto a los líderes de los forajidos y algunos ciudadanos más, entraron a la sala del trono, donde habían decidido reunirse para decidir acerca del futuro del reino - Deja la puerta abierta - dijo Robin al hombre que se disponía a cerrar - Todo el mundo es libre de escuchar, ver y opinar. Nosotros no somos nadie para impedírselo - aquellas palabras hicieron que alguno de los presentes saliera para avisar a algunos de sus compañeros, haciendo que un par más de personas entrara a la sala
- Va a ser realmente duro todo esto - habló el pelirrojo, mirando al trono vacío - Que hubiera un rey facilitaba las cosas, hay que admitirlo, pero ahora tenemos que encontrar lo que más beneficie a la gente de Mogaro - expuso - Seguramente habría que elegir a un gobernante, pero para ello habría que dejar al pueblo decidir - miró a su amigo Robin - Y me da que a quien elijan no va a querer - se rió, provocando que muchos de los presentes se rieran también, pues estaban completamente de acuerdo con aquello - Bueno, igual podemos dejar eso para más adelante, y decidir primero qué hacer con estos dos - se llevó la mano a la cabeza, pensativo - Va a haber mucha gente que quiera verlos en la horca. No les culpo, y si la mayoría estáis de acuerdo, yo también lo estoy - expuso - Pero, creo que es muy importante que si se da el caso, sea exclusivamente un castigo por los crímenes cometidos y no una especie de celebración o burla o algo por el estilo, o si no es posible que haya partidarios que empiecen a confabular. Y habría que mantener a los niños al margen. - dio su opinión respecto a ese tema, mirando a la gente - O también pueden pasar el resto de su vida encerrados o incluso irse al exilio - miró al líder revolucionario - Sé que no sois habitantes de Mogaro, y que posiblemente penséis que no pintáis nada en una decisión así, pero, dada vuestra inestimable ayuda y la entrega que habéis demostrado para con nuestro pueblo, creo que lo mínimo que podemos hacer es teneros en cuenta y aceptar vuestro consejo en un tema tan trascendental
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