26-10-2025, 01:15 AM
(Última modificación: 26-10-2025, 02:43 AM por Ravenna Grimm.)
[Baquella, Isla Baterilla | Mediodía]
El sol caía con una intensidad dócil sobre los tejados anaranjados de Baquella, tiñendo el aire con un resplandor dorado que parecía casi etéreo entre las callejuelas viejas del lugar. El murmullo del mar se mezclaba con el bullicio de la pequeña zona comercial, donde los pescadores ofrecían su mercancía fresca y el olor a sal se impregnaba en cada rincón. Entre los toldos y las risas, Ravenna se movía con una naturalidad que contrastaba con su origen foráneo, su enorme figura destacaba incluso entre los pescadores y trabajadores mas robustos del lugar. No era raro que las miradas se volvieran hacia ella, aunque lo hacían más por curiosidad que por temor, para su suerte había nacido con ciertos encantos que le permitían actuar de manera relajada con la mayoría de personas.
La lunarian llevaba algunos días en la isla, y ya había aprendido a disfrutar del ritmo apacible del pueblo costero, e incluso ya tenía algunos conocidos. El sol del mediodía le resultaba agradable, casi familiar, y la brisa marina suavizaba el calor abrasador del mediodía. Caminaba sin prisa, observando los puestos de frutas, especias y pescado que llenaban la plaza junto al muelle. Su destino era claro, un pequeño puesto de madera donde un hombre robusto y sonriente limpiaba un enorme atún con manos curtidas por el trabajo.
—¿Buscas algo especial, forastera? Alguien de tu porte seguro necesita proteína extra bahahahaha— preguntó el pescador mientras reía de manera brusca al verla acercarse, sin dejar de afilar su cuchillo sobre la piedra.
Ravenna sonrió apenas, ladeando la cabeza mientras recorría con la mirada los diferentes cortes dispuestos sobre hielo.—Algo fresco para cocinar a las brasas, si es posible que posea mucha grasa— respondió con una voz tranquila, de tono elevado, pero amable —Tal vez un par de filetes de ese colorido atún que está cortando ahora mismo...—
El hombre soltó una carcajada breve. —Hoy estás de suerte. No todos los días se atrapan piezas así de buenas— dijo mientras envolvía dos filetes con destreza —Pero por ser nueva en el pueblo y dar algo de vida a este aburrido lugar, te llevarás un poco más. Digamos...un regalo de bienvenida.—
Ella arqueó una ceja, divertida. —¿Así tratan a todos los visitantes? Siento que podría quedarme toda la vida aquí-jmm— Respondió con una sonrisa juguetona mientras acomodaba su gorro.
—Solo a los que tienen un par de alas mas grandes que la puerta de mi casa— replicó él continuando con su risa rasposa, entregándole el paquete con una sonrisa franca.
Ravenna lo tomó con una leve inclinación de cabeza, su expresión iluminada por un brillo casi imperceptible. Había aprendido a no rechazar los pequeños gestos de bondad, en su experiencia, eran más escasos que el oro.
Mientras se alejaba, el murmullo de las olas rompía suavemente contra el muelle, y el gran faro de Baquella se alzaba a lo lejos, vigilando el horizonte con su blanco resplandor. Aquel lugar, aunque simple, tenía algo que le resultaba reconfortante. Quizás era el calor humano, o tal vez el modo en que la vida parecía fluir sin pretensiones.
Por primera vez en semanas, Ravenna se permitió pensar que, al menos por un tiempo, podía quedarse allí.
El sol caía con una intensidad dócil sobre los tejados anaranjados de Baquella, tiñendo el aire con un resplandor dorado que parecía casi etéreo entre las callejuelas viejas del lugar. El murmullo del mar se mezclaba con el bullicio de la pequeña zona comercial, donde los pescadores ofrecían su mercancía fresca y el olor a sal se impregnaba en cada rincón. Entre los toldos y las risas, Ravenna se movía con una naturalidad que contrastaba con su origen foráneo, su enorme figura destacaba incluso entre los pescadores y trabajadores mas robustos del lugar. No era raro que las miradas se volvieran hacia ella, aunque lo hacían más por curiosidad que por temor, para su suerte había nacido con ciertos encantos que le permitían actuar de manera relajada con la mayoría de personas.
La lunarian llevaba algunos días en la isla, y ya había aprendido a disfrutar del ritmo apacible del pueblo costero, e incluso ya tenía algunos conocidos. El sol del mediodía le resultaba agradable, casi familiar, y la brisa marina suavizaba el calor abrasador del mediodía. Caminaba sin prisa, observando los puestos de frutas, especias y pescado que llenaban la plaza junto al muelle. Su destino era claro, un pequeño puesto de madera donde un hombre robusto y sonriente limpiaba un enorme atún con manos curtidas por el trabajo.
—¿Buscas algo especial, forastera? Alguien de tu porte seguro necesita proteína extra bahahahaha— preguntó el pescador mientras reía de manera brusca al verla acercarse, sin dejar de afilar su cuchillo sobre la piedra.
Ravenna sonrió apenas, ladeando la cabeza mientras recorría con la mirada los diferentes cortes dispuestos sobre hielo.—Algo fresco para cocinar a las brasas, si es posible que posea mucha grasa— respondió con una voz tranquila, de tono elevado, pero amable —Tal vez un par de filetes de ese colorido atún que está cortando ahora mismo...—
El hombre soltó una carcajada breve. —Hoy estás de suerte. No todos los días se atrapan piezas así de buenas— dijo mientras envolvía dos filetes con destreza —Pero por ser nueva en el pueblo y dar algo de vida a este aburrido lugar, te llevarás un poco más. Digamos...un regalo de bienvenida.—
Ella arqueó una ceja, divertida. —¿Así tratan a todos los visitantes? Siento que podría quedarme toda la vida aquí-jmm— Respondió con una sonrisa juguetona mientras acomodaba su gorro.
—Solo a los que tienen un par de alas mas grandes que la puerta de mi casa— replicó él continuando con su risa rasposa, entregándole el paquete con una sonrisa franca.
Ravenna lo tomó con una leve inclinación de cabeza, su expresión iluminada por un brillo casi imperceptible. Había aprendido a no rechazar los pequeños gestos de bondad, en su experiencia, eran más escasos que el oro.
Mientras se alejaba, el murmullo de las olas rompía suavemente contra el muelle, y el gran faro de Baquella se alzaba a lo lejos, vigilando el horizonte con su blanco resplandor. Aquel lugar, aunque simple, tenía algo que le resultaba reconfortante. Quizás era el calor humano, o tal vez el modo en que la vida parecía fluir sin pretensiones.
Por primera vez en semanas, Ravenna se permitió pensar que, al menos por un tiempo, podía quedarse allí.
![[Imagen: fp9nFnJ2_o.gif]](https://images2.imgbox.com/be/c6/fp9nFnJ2_o.gif)
