12-08-2023, 03:58 AM
(Última modificación: 12-08-2023, 04:01 AM por Terence Blackmore.)
Todavía con cierta incomodidad, finalmente salí del barco y miré al reloj que presidía uno de los techos pertenecientes a uno de los edificios circundantes anexos al puerto. La hora se acercaba.
Tenía una cita con una persona misteriosa que había cometido varios errores, como hablar de su descripción física sin dar su identificación nominal, o ir con uniforme de la Marina a un concilio de esta tesitura. Muchos en mi negocio declinarían la invitación solamente por este último punto.
¿Falla de novato, o quizá un plan en mente? ¿Quizá alguien que lo arriesgaba todo?
Por suerte para él, es cierto que los miembros del Gobierno Mundial se encuentran entre los habituales clientes del negocio familiar, pero era sumamente extraño que un miembro de la Marina abiertamente buscara algo de nosotros, y siempre venía bien tener uno o dos contactos allí.
Crucé la zona portuaria mientras contemplaba a paso firme y ciertamente presto, como los barcos mercantiles se proveían de todo tipo de bienes, especialmente comida y mercancías de venta como tejidos varios, especialmente seda o maderas de lo más exótica sin contar por supuesto, con mobiliario hogareño, todo aparentemente lícito.
No era la persona más conocedora de una metrópolis como Loguetown, básicamente porque era una ciudad sumamente viva y como tal, evolucionaba a pasos agigantados variando sus calles, comercios y habitantes, pero decidí atajar por la zona más solitaria en virtud de ganar esos minutos que había perdido con aquel roce estúpido por parte de aquellos dos tritones infectos.
La calle que se abría ante mi era estrecha y apestaba a alcohol, orines y humo de tabaco, pero era la vía más directa y que ahorraba más tiempo, y es cierto que a cualquier persona le hubiera preocupado caminar por allí, pero eso que se veía era el rastro de la pobreza y no de la criminalidad, y para el ojo poco entrenado solían confundirse.
- “Hm… material futuro”- susurré hacia mis adentros con una sonrisa ladeada, mientras sacaba el sobre negro lacrado de nuevo desde el interior de mi chaleco sondeando su interior y finalmente abriendo su contenido, aunque ya lo conocía, pues trucar un falso lacrado era una de las primeras labores que uno debía aprender en el negocio.
Consistía en abrirlo con una navaja calentada ligeramente al fuego pasando en paralelo la hoja por el lacre, y cerrarlo creando tu propio lacre de nuevo, y dado que esta carta me había llegado a la Hacienda Blackmore, fue introducida en uno de nuestros sobres para garantizar mayor privacidad, pues el papel era tan opaco que evitaba cualquier tipo de espionaje que no incluyera abrir la endemoniada cerradura de cera.
Si alguien hubiera interceptado o hurtado el sobre, hubiera sido tan simple como negar mi vinculación con ello, dada la irrefutable prueba de no haber abierto el contenido.
El interior de la carta rezaba lo siguiente:
Poco más tardé en cruzar la callejuela de mal aspecto y signos de trifulca y suciedad, pensando acerca del tipo que me encontraría, ya que firmó en masculino.
¿Qué clase de negocio querría hacer un Marine? ¿Por qué había elegido un lugar como una zona comercial? ¿Acaso tenía miedo de que las cosas se torcieran y por ello había elegido un lugar con muchedumbre, o por el contrario era una trampa hacia mi persona?
Lo primero era una probabilidad, pero lo segundo era increíblemente difícil de atestiguar, pues había sido cauto con mis movimientos.
Si todo salía mal, siempre podía recurrir a mis nuevos aliados, y además tenía un entrenamiento básico de combate que quizá pudiera superar al de algunos marines rasos pues, al fin y al cabo, es necesario en mi negocio el saber defenderse.
Llegando ya a una enorme plaza circular de edificios amarilleados por el ritmo de la ciudad y una deficiente limpieza, probablemente debido al continuo vaivén de esta megalópolis, contemplé un pequeño local, en cuya terraza se encontraba un hombre con grandes lentes oscuras y un cabello pelirrojo y gesto inquieto y, por supuesto, vestido de marinerito.
Caminé, lentamente hacia él con porte elegante atravesando la plaza, tasando que clase de persona era mientras tomaba todo el tiempo del mundo para observar su reacción. Él probablemente me hubiera visto y no traté de ocultar en ningún momento mi presencia.
Con cautela y gran parsimonia, me senté en su mesa, en la silla que le enfrentaba, mientras hacía un gesto para indicar que me trajeran un té, señalando al cartel que lo anunciaba.
- “Demuéstrame quién eres y probablemente la fortuna te sonría” – comenté ocioso, al tiempo que abría las manos y realizaba un gesto de alzar los dedos con un ademán un poco altivo –“Enséñame algo que no sea la copia y marcharé” – finalicé.
Si no era quién pensaba que era, solo vería a una persona arrogante frente a él y no entendería el protocolo, pero si este era la persona que me había contactado, haría caso a mi exigencia.
En cualquiera de los dos casos, no tenía nada que perder, y tras medir la plaza durante mi caminata, me cercioré de la dificultad de elaborar una trampa aquí, pues era un espacio abierto lleno de gente y con numerosas callejuelas por las que escapar. Todo bajo control.
Tenía una cita con una persona misteriosa que había cometido varios errores, como hablar de su descripción física sin dar su identificación nominal, o ir con uniforme de la Marina a un concilio de esta tesitura. Muchos en mi negocio declinarían la invitación solamente por este último punto.
¿Falla de novato, o quizá un plan en mente? ¿Quizá alguien que lo arriesgaba todo?
Por suerte para él, es cierto que los miembros del Gobierno Mundial se encuentran entre los habituales clientes del negocio familiar, pero era sumamente extraño que un miembro de la Marina abiertamente buscara algo de nosotros, y siempre venía bien tener uno o dos contactos allí.
Crucé la zona portuaria mientras contemplaba a paso firme y ciertamente presto, como los barcos mercantiles se proveían de todo tipo de bienes, especialmente comida y mercancías de venta como tejidos varios, especialmente seda o maderas de lo más exótica sin contar por supuesto, con mobiliario hogareño, todo aparentemente lícito.
No era la persona más conocedora de una metrópolis como Loguetown, básicamente porque era una ciudad sumamente viva y como tal, evolucionaba a pasos agigantados variando sus calles, comercios y habitantes, pero decidí atajar por la zona más solitaria en virtud de ganar esos minutos que había perdido con aquel roce estúpido por parte de aquellos dos tritones infectos.
La calle que se abría ante mi era estrecha y apestaba a alcohol, orines y humo de tabaco, pero era la vía más directa y que ahorraba más tiempo, y es cierto que a cualquier persona le hubiera preocupado caminar por allí, pero eso que se veía era el rastro de la pobreza y no de la criminalidad, y para el ojo poco entrenado solían confundirse.
- “Hm… material futuro”- susurré hacia mis adentros con una sonrisa ladeada, mientras sacaba el sobre negro lacrado de nuevo desde el interior de mi chaleco sondeando su interior y finalmente abriendo su contenido, aunque ya lo conocía, pues trucar un falso lacrado era una de las primeras labores que uno debía aprender en el negocio.
Consistía en abrirlo con una navaja calentada ligeramente al fuego pasando en paralelo la hoja por el lacre, y cerrarlo creando tu propio lacre de nuevo, y dado que esta carta me había llegado a la Hacienda Blackmore, fue introducida en uno de nuestros sobres para garantizar mayor privacidad, pues el papel era tan opaco que evitaba cualquier tipo de espionaje que no incluyera abrir la endemoniada cerradura de cera.
Si alguien hubiera interceptado o hurtado el sobre, hubiera sido tan simple como negar mi vinculación con ello, dada la irrefutable prueba de no haber abierto el contenido.
El interior de la carta rezaba lo siguiente:
‘Buenas.
No sabes quién soy, pero yo sé quién eres. Yo te necesito y tú vas a querer ayudarme. Tengo un objetivo entre manos y eres el indicado para colaborar conmigo. Vas a sacar una gran tajada, te lo aseguro.
Nos vemos en Loguetown, en la zona comercial Oeste, a las 19 del día 1 de primavera. Iré con gafas de sol, uniforme de Marine y me reconocerás por mi pelo naranja.
Un saludo, tu futuro amigo. Firmado: B’
¿Qué clase de negocio querría hacer un Marine? ¿Por qué había elegido un lugar como una zona comercial? ¿Acaso tenía miedo de que las cosas se torcieran y por ello había elegido un lugar con muchedumbre, o por el contrario era una trampa hacia mi persona?
Lo primero era una probabilidad, pero lo segundo era increíblemente difícil de atestiguar, pues había sido cauto con mis movimientos.
Si todo salía mal, siempre podía recurrir a mis nuevos aliados, y además tenía un entrenamiento básico de combate que quizá pudiera superar al de algunos marines rasos pues, al fin y al cabo, es necesario en mi negocio el saber defenderse.
Llegando ya a una enorme plaza circular de edificios amarilleados por el ritmo de la ciudad y una deficiente limpieza, probablemente debido al continuo vaivén de esta megalópolis, contemplé un pequeño local, en cuya terraza se encontraba un hombre con grandes lentes oscuras y un cabello pelirrojo y gesto inquieto y, por supuesto, vestido de marinerito.
Caminé, lentamente hacia él con porte elegante atravesando la plaza, tasando que clase de persona era mientras tomaba todo el tiempo del mundo para observar su reacción. Él probablemente me hubiera visto y no traté de ocultar en ningún momento mi presencia.
Con cautela y gran parsimonia, me senté en su mesa, en la silla que le enfrentaba, mientras hacía un gesto para indicar que me trajeran un té, señalando al cartel que lo anunciaba.
- “Demuéstrame quién eres y probablemente la fortuna te sonría” – comenté ocioso, al tiempo que abría las manos y realizaba un gesto de alzar los dedos con un ademán un poco altivo –“Enséñame algo que no sea la copia y marcharé” – finalicé.
Si no era quién pensaba que era, solo vería a una persona arrogante frente a él y no entendería el protocolo, pero si este era la persona que me había contactado, haría caso a mi exigencia.
En cualquiera de los dos casos, no tenía nada que perder, y tras medir la plaza durante mi caminata, me cercioré de la dificultad de elaborar una trampa aquí, pues era un espacio abierto lleno de gente y con numerosas callejuelas por las que escapar. Todo bajo control.
