[T1 Autonarrada] ayudando a los locales
#1
[Ciudad Pushkin, Reino de Roshawn | Tarde gris]

Día 52 de Otoño, Año 16 - 4pm

El viento soplaba desde el norte con una fuerza que parecía querer borrar los contornos del mundo. En la vasta extensión blanca del Reino de Roshawn, incluso el sonido tenía un peso distinto: los crujidos de la nieve, el golpeteo de las ventiscas contra las persianas, el canto lejano de los trineos que pasaban dejando tras de sí un eco breve y fantasmal. Pushkin, la capital, se alzaba entre ese manto incesante de invierno con una dignidad áspera, como una ciudad que había aprendido a sobrevivir al frío a fuerza de costumbre. Las chimeneas exhalaban columnas delgadas de humo gris, y entre las calles estrechas y empedradas se movían figuras cubiertas con abrigos pesados y bufandas que apenas dejaban ver sus rostros.

En medio de aquella monotonía blanca, Ravenna destacaba como una Brasa de carbon en medio de la tundra. Su altura, una silueta imponente que superaba con holgura a cualquier habitante del lugar, atraía las miradas aún antes de que el batir ocasional de sus alas las fijara por completo. Las plumas oscuras, cubiertas a medias por el abrigo largo que llevaba sobre los hombros, apenas cubriendo su brassier expuesto, contrastaban con el entorno y con la piel oscura que la caracterizaba. Había aprendido a mantenerlas plegadas, casi inmóviles, para evitar llamar más atención de la necesaria, aunque de poco servía. Los lugareños, aún sin palabras, la observaban con la misma mezcla de recelo y fascinación que se reserva a los presagios.

Llevaba apenas unos días instalada en la ciudad, hospedada en una vieja posada que había resistido más inviernos de los que sus cimientos podían recordar. No se había molestado en personalizar la habitación, bastaba con tener un lugar donde el fuego no se apagara y las ventanas no crujieran con cada ráfaga. Esa mañana había despertado antes del amanecer, con el leve zumbido del viento colándose entre los muros y el aroma de leña húmeda llenando el aire. Durante horas permaneció sentada frente a la ventana, observando cómo la luz pálida del sol apenas conseguía teñir de gris los tejados nevados. Era un día como tantos otros, sin promesas ni sobresaltos, y aun así, algo en su interior le decía que debía salir.

No lo hacía por curiosidad. En lugares como Pushkin, la curiosidad era un lujo, la movía, más bien, el deseo de entender cómo sobrevivía la gente a la hostilidad constante del clima, cómo encontraban sentido en medio de tanto silencio congelado.

Tomó su abrigo, ajustó los guantes de cuero y salió.

Las calles estaban medio cubiertas de hielo, con montículos de nieve apilados contra las paredes y algunos charcos de agua helada donde los niños, con mejillas rojas y narices entumecidas, intentaban improvisar juegos. Cuando Ravenna pasó, se detuvieron en seco. No corrieron, pero tampoco la saludaron. Simplemente la siguieron con la mirada, con esa inocencia cautelosa que solo los pueblos aislados conservan ante lo desconocido.

En el mercado, las voces se mezclaban con el sonido del viento. Había puestos improvisados con mantas, tablas y antorchas encendidas para mantener el calor. La variedad era escasa: raíces, granos secos, carne salada, pescado congelado. Ravenna recorrió el lugar en silencio, el sonido de sus pasos amortiguado por la nieve. Al llegar frente a un puesto de verduras conservadas, la vendedora, una mujer menuda, con el rostro curtido y un gorro de lana que parecía más grande que su cabeza, la observó de reojo.

—¿Qué busca, señorita?— preguntó sin acercarse demasiado. Ravenna bajó un poco la cabeza para no parecer tan amenazante. —Algo simple. Verduras, pan, lo que se mantenga unos días.—

La mujer asintió, sus manos temblaban un poco al preparar una pequeña bolsa. —No muchos vienen de fuera en esta época. El frío mata más rápido a los forasteros que a los lobos.— Ravenna esbozó una sonrisa leve. Lo que para muchos sonaría como una amenaza o discriminación, para Ravenna sonaba como una sabia advertencia. —He sobrevivido a lugares peores. No tiene de que preocuparse—

La mujer no respondió, pero dejó el cambio sobre la mesa, evitando el contacto directo. Ravenna lo recogió con cuidado, sin molestarse. Estaba acostumbrada. En casi todas las islas del South Blue había sentido ese mismo tipo de temor disfrazado de prudencia: el miedo a lo que no se entiende, a lo que se ve demasiado grande, demasiado distinto, demasiado cerca del cielo.

Salió del mercado con la bolsa en una mano. La nieve comenzaba a caer de nuevo, fina, silenciosa. El viento se colaba entre los edificios con un silbido que se asemejaba a un lamento. A lo lejos, en una de las calles laterales, se escuchó un sonido distinto: un golpe metálico, un grito ahogado, luego silencio. Ravenna se detuvo, girando la cabeza con atención.

Podía ignorarlo. Nadie esperaría que una forastera, menos aún alguien como ella, se involucrara en los asuntos de un pueblo que apenas la toleraba. Pero algo en el tono del grito, en la fragilidad que contenía, la obligó a moverse.

Avanzó por la callejuela estrecha, siguiendo el ruido hasta que el terreno comenzó a inclinarse hacia una zona de almacenes y establos. Allí, junto a un trineo volcado, un hombre intentaba liberar a su caballo, cuyo arnés se había enredado con las sogas y el eje roto del vehículo. El animal respiraba con dificultad, presa del pánico, y el hombre, de edad avanzada, con la barba cubierta de escarcha, forcejeaba inútilmente.

—¡Vamos, maldita sea!— gruñó, tirando con ambas manos.

Ravenna se acercó despacio. A sabiendas de que cualquier movimiento bruzco no solo podría asustar aún más al caballo, sino que podría sobresaltar al anciano. —Déjeme ver.— Dijo con su tono de voz fuerte usual, no podía evitarlo.

El hombre se giró con sobresalto. Por un instante pareció dispuesto a empuñar algo, pero al verla entera , la sombra gigantesca que cubría el suelo y las alas plegadas tras su espalda, se quedó inmóvil, con el rostro tenso. —Yo...no necesito ayuda de una forastera—

—Lo sé, no pretendo ser una molestia para usted— respondió ella con calma, acercándose un paso más —Pero el si la aceptará— Dijo señalando al caballo desesperado.

El caballo relinchó, intentando zafarse. Ravenna soltó la bolsa de víveres y se agachó, evaluando el daño. El eje del trineo se había quebrado bajo el peso y una parte del arnés estaba trabada entre las maderas y la nieve congelada. Con un solo movimiento de su brazo, apartó los tablones rotos, como si fueran ramas secas.

El hombre la miró boquiabierto. —Por todos los cielos...—

—Sujete la cuerda— indicó ella.

Él obedeció sin decir nada. Ravenna tomó el arnés con ambas manos, y tiró con fuerza. El crujido del cuero resonó junto con el chasquido del hielo que cedía, y en un instante el caballo quedó libre, tropezando hacia atrás pero ileso. Ella lo sostuvo suavemente del cuello hasta que el animal se calmó. —Ya está— dijo la joven, apartándose.

El anciano miró el trineo destruido, luego a ella. —No sé cómo agradecerle señorita. Eso habría tardado horas...Por no decir que mi caballo podría haber muerto...—

Ravenna recogió su bolsa y se encogió de hombros. —No hace falta, es mi deber ayudar cuando alguien me permite vivir en sus tierras.—

El hombre vaciló. —Usted es… una de esas… de los cielos, ¿verdad?— Las historias sobre los lunarians eran variadas, algunas eran un sinsentido, otras ocultaban algo de verdad, sin embargo, la mayoría eran puras leyendas. Ella lo miró a los ojos. —Eso dicen, sin embargo no soy mas que una simple persona más viviendo su vida como usted—

Hubo un silencio prolongado. Solo el viento se atrevía a interrumpirlo. Finalmente, el anciano sonrió con cierta timidez.
—Bueno...los cielos también deben tener buen corazón, entonces.—

Ravenna no respondió. Solo inclinó la cabeza y dio media vuelta, dejando atrás el trineo destrozado y el caballo que empezaba a beber nieve del suelo. Mientras se alejaba, sintió que el anciano la observaba, pero no con miedo, sino con una suerte de respeto silencioso.

El camino de regreso al centro era cuesta arriba, y el viento se hacía más fuerte a medida que avanzaba. La ciudad parecía un laberinto de humo y hielo, pero Ravenna caminaba con paso firme, su sombra alargándose sobre la nieve azulada. En su mente resonaban las palabras del hombre, simples pero honestas. Era extraño cómo, incluso en los lugares más inhóspitos, la bondad podía manifestarse en forma de reconocimiento mutuo, breve pero suficiente.

Al llegar a una plaza, se detuvo junto a una fuente congelada. El agua, atrapada en el hielo, formaba figuras extrañas, casi escultóricas. Ravenna dejó la bolsa sobre el borde y observó su reflejo difuso en la superficie helada. A veces olvidaba cuán diferente se veía. En los mares del sur, la gente la había llamado “ángel caído”, “maldición del sol”, “la de las alas negras”. Aquí, en Pushkin, tal vez sería solo una sombra que pasaba.

Cerró los ojos y respiró hondo. El aire era puro, frío, cortante. Cada inhalación parecía limpiar una parte de la ansiedad que traía consigo desde otras islas. Tal vez ese era el encanto del invierno: te obligaba a concentrarte en lo esencial, en el calor que aún conservabas por dentro.

Cuando volvió a abrir los ojos, una niña la observaba desde el otro lado de la plaza. Tendría no más de ocho años, envuelta en un abrigo rojo que le quedaba grande. En sus manos sostenía una pequeña linterna apagada.

—¿Por qué tiene alas?— preguntó sin miedo, apenas elevando la voz. Ravenna se quedó quieta, sorprendida por la naturalidad de la pregunta. —Porque nací con ellas.—

—¿Y puede volar?— Respondió la niña, aún sin mostrar un ápice de miedo. —A veces— respondió con una leve sonrisa —pero no cuando hace tanto frío.—

La niña pareció satisfecha con la respuesta y asintió, antes de correr de vuelta hacia una mujer que la esperaba al final de la calle. Esta, al ver a Ravenna, se tensó por un momento, pero no dijo nada; solo tomó la mano de la niña y se marchó.

Ravenna permaneció allí un rato más, contemplando la escena, hasta que la luz del día empezó a desvanecerse detrás de las montañas. Pushkin se transformaba con el anochecer: las lámparas de aceite encendidas, el humo de las chimeneas dibujando espirales contra el cielo gris, las sombras largas estirándose sobre la nieve. Todo parecía más silencioso, más humano.

De regreso a la posada, pasó nuevamente por la calle del mercado. Algunos comerciantes ya cerraban sus puestos, y por primera vez, uno de ellos, un joven de rostro amable, la saludó con un gesto de la cabeza. No hubo palabras, pero el gesto fue suficiente. Quizás el anciano del trineo había contado lo ocurrido. Quizás solo era cuestión de tiempo para que la gente entendiera que no todos los monstruos del cielo venían a destruir.

El viento era cada vez más helado cuando finalmente divisó la fachada oscura de su hospedaje. Las ventanas destellaban con el reflejo anaranjado del fuego interior, y un cartel de madera, cubierto por escarcha, se balanceaba suavemente sobre la puerta. Empujó la entrada con cuidado, inclinándose para no golpear el marco con las alas.

El calor del hogar la envolvió de inmediato. El interior olía a pan recién horneado, a madera vieja y a leña húmeda. Detrás del mostrador, la dueña, una mujer corpulenta de rostro amable y trenzas canosas, levantó la vista. —Ha vuelto antes de que oscurezca. Buen signo— dijo, secándose las manos con un trapo.

Ravenna asintió, dejando la bolsa sobre una mesa cercana. —Las calles son difíciles de recorrer cuando la nieve empieza a endurecerse.-jmm— La mujer sonrió con un dejo de picardía. —Difíciles para nosotros, quizás. Para alguien de su tamaño, el hielo debe parecer una alfombra más.—

Ravenna soltó una risa breve, contenida. —No tanto como imagina.— La mujer se acercó con una jarra humeante. —Tome. Té de corteza dulce. Calienta rápido.—

Ravenna aceptó el cuenco con una inclinación leve de cabeza. El vapor le rozó el rostro, y por primera vez en el día, sintió el calor filtrarse hasta los huesos. Se sentó junto a la chimenea, donde las llamas danzaban proyectando sombras anchas sobre las paredes.

El crepitar del fuego era un sonido reconfortante. En su vida, pocas veces había tenido momentos de calma tan simples, tan desprovistos de propósito. Bebió un sorbo lento, y el dulzor del té se mezcló con el sabor tenue del humo.

—Dicen que ayudó a Olaf, el de los establos— comentó la posadera, sentándose frente a ella —No todos lo harían, menos alguien de fuera.— Ravenna no respondió de inmediato. Observó cómo una chispa se elevaba en el aire antes de morir. —No me gusta ver sufrir a nadie. Aunque no me vean como una forastera peligrosa.—

—Con el tiempo verán que eres una buena persona— dijo la mujer, encogiéndose de hombros —Aquí la gente tarda en confiar, pero nunca olvida un acto de bondad.—

Ravenna asintió en silencio. Miró hacia la ventana: la ventisca seguía cayendo, cubriendo el pueblo con una capa nueva de nieve brillante. El mundo parecía limpio, purificado por el frío. —No me importa que tarden— dijo finalmente —He vivido suficiente para saber que algunas cosas valen más si llegan despacio.—

La mujer la observó un instante, luego se levantó. —Descanse. Mañana el clima será peor, pero si el cielo se aclara, podrá ver el faro desde su ventana. A los locales les gusta pensar que trae suerte. Quizás a usted también.—

Ravenna sonrió apenas y asintió mientras acomodaba su gorro.

La mujer se retiró, dejando la estancia en silencio. Ravenna apoyó la espalda contra el sillón y cerró los ojos. Afuera, el viento seguía rugiendo, pero dentro, el calor y el sonido del fuego bastaban para mantenerlo a raya. Las alas se relajaron lentamente, extendiéndose lo justo para rozar la madera del suelo.

Por primera vez desde su llegada, se permitió sentir algo parecido a pertenecer, aunque fuera momentáneo. La ciudad aún no la aceptaba del todo, pero había empezado a mirarla sin miedo. Y eso, en un lugar donde la vida misma luchaba por no congelarse, ya era un comienzo.

El fuego chispeó una última vez, iluminando su rostro antes de que el cansancio la venciera. Ravenna se quedó dormida allí mismo, con el cuenco aún tibio entre las manos y el murmullo lejano del invierno arrullándola como una vieja canción sin letra.
[Imagen: fp9nFnJ2_o.gif]


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[T1 Autonarrada] ayudando a los locales - por Ravenna Grimm - 27-10-2025, 12:15 AM

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