27-10-2025, 08:37 PM
(Última modificación: 27-10-2025, 08:46 PM por Mercedes Benz.)
Justo cuando pensé en darle su merecido a Owen, una buena torta en la cara por lo que me había hecho sentí el impacto, pero no en mí, fue en él. Fue un golpe seco en el estómago, rápido, preciso, tan veloz que por un segundo me quedé congelada, miré mi mano y ya no estaba sujetando la cabeza del pelirrojo, en su lugar, Owen dobló el cuerpo como si una cuerda invisible le hubiera tirado de las tripas.
La confusión me agarró antes de la rabia. No entendía cómo alguien había aparecido y dejado esa marca sin que yo lo notara. Cuando volví la vista, la silueta que ejecutó el ataque ya se había deslizado, fue tan fugaz que la sensación fue como si un relámpago hubiese pasado rozando mi hombro. No hubo tiempo de más, el agresor pasó por mi lado en un instante, yendo a por otro blanco sin detenerse ni mirarme.
¿Se atrevió a ignorarme? ¿A mí? Y encima después de su estúpido espectáculo… nada bonito, nada elegante, absolutamente fuera de clase. Definitivamente necesitaba un par de lecciones del cabaret si pensaba seguir con esa actitud tan ridícula. Para colmo, comenzó a dar una charla absurda, un discurso que ni me molesté en escuchar; ¿cómo hacerlo después de que tuvo la osadía de ignorarme y encima golpear a mi cuñado con semejante fuerza? Lo dejó casi doblado en el suelo, y eso, eso sí que no se lo perdonaba. Sentí cómo una vena se me marcaba en el cuello, un calor intenso subiéndome por el rostro, la furia palpitando en cada rincón de mi cuerpo. —¡¡OE, OE, OE!! ¿¡CÓMO TE ATREVES A GOLPEAR A MI CUÑADO DELANTE DE MÍ!?— rugí con la voz retumbando en el aire, lista para lanzarme encima del idiota que había osado provocarme.
—Uoni, Choni, Mony, LO QUE SEA!! SI NO DEJAS DE VER MIS PECHOS CON ESE DESCARO VOY A PARTIRTE LA CARA DE UNA PATADA. — Escupí al piso brevemente en señal de mi claro desagrado. —Tsk! Degenerado. — No me quedó tiempo para pulir la frase porque vi al otro tipo acercarse con intención de golpear al rarito, y mi sangre no admite pruebas de cobardía ni miradas faltas de respeto. Salí disparada como un proyectil, ocho metros clavados en mis botas, el viento arrancándome la vestimenta y el pelo como una cortina, hasta plantarme a poca distancia, me agaché en un gesto fluido, manos hundidas en el suelo, cuerpo tenso como resorte, y en un movimiento que mezcla baile y amenaza comencé a girar.
La primera vuelta fue un anuncio, la segunda una promesa, mis piernas se abrieron y se cerraron en círculos consecutivos con una velocidad feroz, cortando el aire y trazando arcos como látigos. Cada pierna era precisa y letal, no para matar, sino para dejar claro que aquí no se falta al respeto sin pagar el precio, el sonido de mis pantalones golpeando el suelo marcaba el compás mientras los que creían intimidar a los nuestros se quedaban sin aliento.
Me incorporé de un salto que terminó en un split perfecto porque si me caigo, al menos que sea con estilo y antes de que el aire terminara de acomodar mis pantalones ya había empujado con todas las ganas para impulsarme hacia atrás, diez metros de voltereta controlada, aterrizando con la espada de mi cuerpo lista y la respiración en compás de tambor. No podía, ni quería, permitir que ese energúmeno volviera a abalanzarse sobre Owen, había sentido la fuerza de su puño y sabía que no era cosa de jugar. Mis músculos aún recordaban el golpe de la caja en la cara y el zumbido en la cabeza, pero la rabia y el instinto me daban alas o al menos buenas piernas.
Al aterrizar, clavé las manos en el suelo y miré al tipo con la misma expresión que se pone la cocina cuando algo se ha quemado, fría y definitiva. Mi cuerpo estaba caliente, los latidos en el cuello como tambores de carnaval, y la furia una cosa bonita que se siente cuando tienes que proteger a los tuyos.
La confusión me agarró antes de la rabia. No entendía cómo alguien había aparecido y dejado esa marca sin que yo lo notara. Cuando volví la vista, la silueta que ejecutó el ataque ya se había deslizado, fue tan fugaz que la sensación fue como si un relámpago hubiese pasado rozando mi hombro. No hubo tiempo de más, el agresor pasó por mi lado en un instante, yendo a por otro blanco sin detenerse ni mirarme.
¿Se atrevió a ignorarme? ¿A mí? Y encima después de su estúpido espectáculo… nada bonito, nada elegante, absolutamente fuera de clase. Definitivamente necesitaba un par de lecciones del cabaret si pensaba seguir con esa actitud tan ridícula. Para colmo, comenzó a dar una charla absurda, un discurso que ni me molesté en escuchar; ¿cómo hacerlo después de que tuvo la osadía de ignorarme y encima golpear a mi cuñado con semejante fuerza? Lo dejó casi doblado en el suelo, y eso, eso sí que no se lo perdonaba. Sentí cómo una vena se me marcaba en el cuello, un calor intenso subiéndome por el rostro, la furia palpitando en cada rincón de mi cuerpo. —¡¡OE, OE, OE!! ¿¡CÓMO TE ATREVES A GOLPEAR A MI CUÑADO DELANTE DE MÍ!?— rugí con la voz retumbando en el aire, lista para lanzarme encima del idiota que había osado provocarme.
—Uoni, Choni, Mony, LO QUE SEA!! SI NO DEJAS DE VER MIS PECHOS CON ESE DESCARO VOY A PARTIRTE LA CARA DE UNA PATADA. — Escupí al piso brevemente en señal de mi claro desagrado. —Tsk! Degenerado. — No me quedó tiempo para pulir la frase porque vi al otro tipo acercarse con intención de golpear al rarito, y mi sangre no admite pruebas de cobardía ni miradas faltas de respeto. Salí disparada como un proyectil, ocho metros clavados en mis botas, el viento arrancándome la vestimenta y el pelo como una cortina, hasta plantarme a poca distancia, me agaché en un gesto fluido, manos hundidas en el suelo, cuerpo tenso como resorte, y en un movimiento que mezcla baile y amenaza comencé a girar.
La primera vuelta fue un anuncio, la segunda una promesa, mis piernas se abrieron y se cerraron en círculos consecutivos con una velocidad feroz, cortando el aire y trazando arcos como látigos. Cada pierna era precisa y letal, no para matar, sino para dejar claro que aquí no se falta al respeto sin pagar el precio, el sonido de mis pantalones golpeando el suelo marcaba el compás mientras los que creían intimidar a los nuestros se quedaban sin aliento.
Me incorporé de un salto que terminó en un split perfecto porque si me caigo, al menos que sea con estilo y antes de que el aire terminara de acomodar mis pantalones ya había empujado con todas las ganas para impulsarme hacia atrás, diez metros de voltereta controlada, aterrizando con la espada de mi cuerpo lista y la respiración en compás de tambor. No podía, ni quería, permitir que ese energúmeno volviera a abalanzarse sobre Owen, había sentido la fuerza de su puño y sabía que no era cosa de jugar. Mis músculos aún recordaban el golpe de la caja en la cara y el zumbido en la cabeza, pero la rabia y el instinto me daban alas o al menos buenas piernas.
Al aterrizar, clavé las manos en el suelo y miré al tipo con la misma expresión que se pone la cocina cuando algo se ha quemado, fría y definitiva. Mi cuerpo estaba caliente, los latidos en el cuello como tambores de carnaval, y la furia una cosa bonita que se siente cuando tienes que proteger a los tuyos.
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