27-10-2025, 11:25 PM
(Última modificación: 27-10-2025, 11:35 PM por Bai Mudan.
Razón: Error en la calculadora de energía. Faltaba poner los datosl
)
Es por todos bien sabido que el infierno está lleno de buenas intenciones. Pero la verdadera pregunta es: ¿será Bai quien aumente la hueste ardiente del Averno?
Lección primera: Sobre la disposición de los medios.
Bai se encontraba junto a Han cuando una sombra hedionda apareció desde la más profunda oscuridad.
De hecho, se hallaba con el Den Den Mushi en la mano y los pulmones ardiendo por el grito de rabia e impotencia, cuando, igual que un miasma vivo, el ser se abalanzó primero sobre el pelirrojo Owen y luego contra su compañero al grito de: «¡Monkey Business!».
Y Bai, que jamás se tuvo por veloz ni por diestra en los reflejos, solo pudo presenciar la caída de su compañero al tiempo que su agresor se alejaba.
—¡Han! —su voz salió tan pronto como su rostro se transfiguró en sorpresa y su cuerpo, impredecible por lo que acababa de ver, le instaba a que corriera hacia su compañero.
Mas tan pronto como torció el torso, una voz habló en su cabeza: «Sé tan rápido como el trueno que golpea tus oídos».
Aquellas habían sido las sabias palabras de su maestro de armas cuando, en su juventud, la había instruido en el camino del filo. «Y trata de no continuar por mucho tiempo. El desgaste es tu enemigo, Bai».
—Lo siento, Han —murmuró para volver a mirar al ser que se reía de forma estridente—. Aguanta un poco más.
Pues, si aquel anciano tenía razón —y sospechaba que así era—, aquel ser ediondo se daría prisa en acabar con ellos antes de que pudieran contraatacar.
«Mira lo sutil. Usa al enemigo para que se destruya a sí mismo. Pero antes, conócete, aguarda… y conócelo a él».
Respiró hondo intentando calmar el temblor de sus manos, presas por la contención y la adrenalina. Debía analizarlo, conocerlo y, siendo consciente de sus propias deficiencias, encararlo.
Por suerte para ella, parecía una criatura de soberbia desbordante, que se reía del daño como un niño incapaz de discernir entre el bien y el mal.
Así que Bai esperó.
Dejó que el ser hablara, que su risa llenara el aire y su arrogancia construyera su propia trampa. Lo observó, lo midió, lo comprendió. Y comprendió, también, que el enemigo era tan fuerte como frágil: impulsivo, narcisista, esclavo de su propia vanidad.
Y en esa vanidad hallaría su senda.
Lección segunda: Sobre el terreno.
Entonces observó el terreno con perspicacia: liso, yerto, sin un ápice de polvo o irregularidad que pudiera usar. Nada con qué protegerse y demasiados metros que recorrer.
Sus alas se batieron inquietas e inseguras, presintiendo antes que la mente el desenlace:
si saltaba, no llegaría;
si corría, quedaría corta;
y si intentaba ambas cosas...
Lección tercera: Sobre la iniciación de las acciones.
Tres certezas ardían en su interior como brasas que el viento no puede apagar.
Primera: estaba en desventaja.
No debía buscar el enfrentamiento directo, sino la apertura del otro al tiempo que mantenía la guardia.
Segunda: entre los presentes solo conocía a Han —quien, además, ni siquiera la entendía—; los demás eran sombras sin rostro, posibles aliados o, en el peor de los casos, peligros disfrazados.
Tercera: para sobrevivir debía engañar. Fingir debilidad, torpeza, duda y desorganización. Convertir su aparente flaqueza en la máscara que encubre la intención.
Ahora que lo tenía claro, solo quedaba tomar parte de la acción.
Lección cuarta: La vía del sable largo.
Tiempo: el preciado tesoro que todos buscan con fervor.
Tiempo es lo que un par de personas le habían regalado.
Bai se mantuvo quieta por un instante, aprovechando que el hombre rubio parecía sacrificarse al lanzarse de golpe contra el enemigo en común, y con calma, con toda la calma que podía tener en ese momento, sacó el arma intentando no hacer ruido. Después, como el hombre que nunca ha blandido un arma, empuñó mal su reciente adquisición —una estrategia más para que no sospecharan de su condición—. Y dejó que el filo de su arma estuviera bajo para que, en caso de necesitarlo, pudiera hacer un juego de manos y ponerse en guardia baja.
Después, esperó un poco más, lo suficiente para que una segunda persona —la oni—, con sus piruetas fanfarronas, le permitiera calcular en qué momento debía salir corriendo.
Y entonces el mundo pareció detenerse.
Bai salió corriendo describiendo una parábola, ahora agarrando correctamente el arma con ambas manos y manteniendo la guardia baja. Aunque, a decir verdad, era una guardia sin guardia: un movimiento que no era fijo y que le permitiría, en cualquier momento, subir a una media.
Buscaba un solo compás, el momento en el que el otro aún piensa, y asestar un golpe con todas sus fuerzas.
Y así lo hizo.
Había calculado lo suficientemente bien como para que su recorrido, más corto, le diera tiempo a la otra para retroceder. Al fin y al cabo, ella, Bai Mudai, sabía que una vez se lanzara no iba a poder hacer nada más. Y, poco después de que la mujer saltara hacia atrás... saltó hacia adelante usando toda la fuerza de sus músculos, dispuesta a lanzar su Imbrocata Cíclea al plexo solar.
Después, aprovechando la inercia, trató de retroceder unos metros más allá mientras levantaba el arma para protegerse.
Lección primera: Sobre la disposición de los medios.
Bai se encontraba junto a Han cuando una sombra hedionda apareció desde la más profunda oscuridad.
De hecho, se hallaba con el Den Den Mushi en la mano y los pulmones ardiendo por el grito de rabia e impotencia, cuando, igual que un miasma vivo, el ser se abalanzó primero sobre el pelirrojo Owen y luego contra su compañero al grito de: «¡Monkey Business!».
Y Bai, que jamás se tuvo por veloz ni por diestra en los reflejos, solo pudo presenciar la caída de su compañero al tiempo que su agresor se alejaba.
—¡Han! —su voz salió tan pronto como su rostro se transfiguró en sorpresa y su cuerpo, impredecible por lo que acababa de ver, le instaba a que corriera hacia su compañero.
Mas tan pronto como torció el torso, una voz habló en su cabeza: «Sé tan rápido como el trueno que golpea tus oídos».
Aquellas habían sido las sabias palabras de su maestro de armas cuando, en su juventud, la había instruido en el camino del filo. «Y trata de no continuar por mucho tiempo. El desgaste es tu enemigo, Bai».
—Lo siento, Han —murmuró para volver a mirar al ser que se reía de forma estridente—. Aguanta un poco más.
Pues, si aquel anciano tenía razón —y sospechaba que así era—, aquel ser ediondo se daría prisa en acabar con ellos antes de que pudieran contraatacar.
«Mira lo sutil. Usa al enemigo para que se destruya a sí mismo. Pero antes, conócete, aguarda… y conócelo a él».
Respiró hondo intentando calmar el temblor de sus manos, presas por la contención y la adrenalina. Debía analizarlo, conocerlo y, siendo consciente de sus propias deficiencias, encararlo.
Por suerte para ella, parecía una criatura de soberbia desbordante, que se reía del daño como un niño incapaz de discernir entre el bien y el mal.
Así que Bai esperó.
Dejó que el ser hablara, que su risa llenara el aire y su arrogancia construyera su propia trampa. Lo observó, lo midió, lo comprendió. Y comprendió, también, que el enemigo era tan fuerte como frágil: impulsivo, narcisista, esclavo de su propia vanidad.
Y en esa vanidad hallaría su senda.
Lección segunda: Sobre el terreno.
Entonces observó el terreno con perspicacia: liso, yerto, sin un ápice de polvo o irregularidad que pudiera usar. Nada con qué protegerse y demasiados metros que recorrer.
Sus alas se batieron inquietas e inseguras, presintiendo antes que la mente el desenlace:
si saltaba, no llegaría;
si corría, quedaría corta;
y si intentaba ambas cosas...
Lección tercera: Sobre la iniciación de las acciones.
Tres certezas ardían en su interior como brasas que el viento no puede apagar.
Primera: estaba en desventaja.
No debía buscar el enfrentamiento directo, sino la apertura del otro al tiempo que mantenía la guardia.
Segunda: entre los presentes solo conocía a Han —quien, además, ni siquiera la entendía—; los demás eran sombras sin rostro, posibles aliados o, en el peor de los casos, peligros disfrazados.
Tercera: para sobrevivir debía engañar. Fingir debilidad, torpeza, duda y desorganización. Convertir su aparente flaqueza en la máscara que encubre la intención.
Ahora que lo tenía claro, solo quedaba tomar parte de la acción.
Lección cuarta: La vía del sable largo.
Tiempo: el preciado tesoro que todos buscan con fervor.
Tiempo es lo que un par de personas le habían regalado.
Bai se mantuvo quieta por un instante, aprovechando que el hombre rubio parecía sacrificarse al lanzarse de golpe contra el enemigo en común, y con calma, con toda la calma que podía tener en ese momento, sacó el arma intentando no hacer ruido. Después, como el hombre que nunca ha blandido un arma, empuñó mal su reciente adquisición —una estrategia más para que no sospecharan de su condición—. Y dejó que el filo de su arma estuviera bajo para que, en caso de necesitarlo, pudiera hacer un juego de manos y ponerse en guardia baja.
Después, esperó un poco más, lo suficiente para que una segunda persona —la oni—, con sus piruetas fanfarronas, le permitiera calcular en qué momento debía salir corriendo.
Y entonces el mundo pareció detenerse.
Bai salió corriendo describiendo una parábola, ahora agarrando correctamente el arma con ambas manos y manteniendo la guardia baja. Aunque, a decir verdad, era una guardia sin guardia: un movimiento que no era fijo y que le permitiría, en cualquier momento, subir a una media.
Buscaba un solo compás, el momento en el que el otro aún piensa, y asestar un golpe con todas sus fuerzas.
Y así lo hizo.
Había calculado lo suficientemente bien como para que su recorrido, más corto, le diera tiempo a la otra para retroceder. Al fin y al cabo, ella, Bai Mudai, sabía que una vez se lanzara no iba a poder hacer nada más. Y, poco después de que la mujer saltara hacia atrás... saltó hacia adelante usando toda la fuerza de sus músculos, dispuesta a lanzar su Imbrocata Cíclea al plexo solar.
Después, aprovechando la inercia, trató de retroceder unos metros más allá mientras levantaba el arma para protegerse.
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