[personajeinvalido=2283]
No hubo respuesta de Han, ni de Bai, ni de Dong al otro lado del Den Den Mushi. Esperaba que ellos no estuvieran en una situación parecida, y que estuvieran a salvo en el barco o en tierra firme como nosotros, aunque no encerrados en una caja de tierra.
Miré a mi alrededor luego de soltar a Kay. Había dos gigantes, y éramos seis en total encerrados allí. Aquello se volvía cada vez más lúgubre. En definitiva, no iba a pensar que mis compañeros habían muerto, sobre todo después de observar la desesperación en la que había caído el pelirrojo, golpeando las paredes colérico y afligido por sus colegas.
Aunque el corazón se me apretó, me concentré en que saliéramos de allí. Sin embargo, algo me tomó desprevenida: había algo en medio de la caja donde estábamos. Mis ojos apenas alcanzaban a distinguirlo; tenía la piel de color rosa. Me pregunté de qué especie sería, pero poco más, pues inmediatamente comenzó a hablar.
En cuanto pronunció las primeras palabras, sin dejar de observar al hombre —quien tenía un aura extraña—, volví a poner hierbas sobre el cuenco de mi pipa. Luego di la primera calada, sostuve el humo en mis pulmones unos segundos y, al expulsarlo, me relajé, tendiéndole la pipa a Kay.
Ninguno habló mientras el hombre del centro daba un discurso terriblemente largo, al que presté poca atención. Ni siquiera pensé en lo que estaba queriendo decirnos.
—Paciencia en la forja… Ya ves, Kay, hay mucha gente en el mundo —le comenté a mi compañera peliblanca, mientras los demás respondían al final de aquella cátedra.
Observé a Ramhorn Giyuu, quien se había presentado antes. Sus palabras eran provocativas; todos allí estaban tensos.
Luego vi cómo un hombre se deslizaba por las ropas del gigante que lo había cargado antes y caía, respondiéndole también, hablando sobre buscar matarnos y demás. Los observé a todos, curiosa, incluso a Kay, que parecía titubeante por alguna razón.
Golpeé el suelo con uno de mis pies.
—Creo que de nada servirá seguir golpeando las paredes, hermana —le dije a la albina.
—¡OYE, HERMANO! —grité desde donde estaba, asegurándome de que me escuchara fuerte y claro—. ¿Quieres un poco de relajante natural? —señalé la pipa levantando la mano mientras daba otra calada y la soltaba, componiendo una sonrisa—. Estamos buscando la forma de salir de aquí, ¿de casualidad sabes cómo? —pregunté mientras caminaba un poco hacia la derecha de Kay, al menos a unos cinco metros de ella, sin quitarle los ojos de encima a aquella cosa.
Esperaba que, fuera lo que fuera, aquello no se pusiera demasiado feo. Por lo pronto, intentaría no perder la compostura y mantener la cabeza fría.
No hubo respuesta de Han, ni de Bai, ni de Dong al otro lado del Den Den Mushi. Esperaba que ellos no estuvieran en una situación parecida, y que estuvieran a salvo en el barco o en tierra firme como nosotros, aunque no encerrados en una caja de tierra.
Miré a mi alrededor luego de soltar a Kay. Había dos gigantes, y éramos seis en total encerrados allí. Aquello se volvía cada vez más lúgubre. En definitiva, no iba a pensar que mis compañeros habían muerto, sobre todo después de observar la desesperación en la que había caído el pelirrojo, golpeando las paredes colérico y afligido por sus colegas.
Aunque el corazón se me apretó, me concentré en que saliéramos de allí. Sin embargo, algo me tomó desprevenida: había algo en medio de la caja donde estábamos. Mis ojos apenas alcanzaban a distinguirlo; tenía la piel de color rosa. Me pregunté de qué especie sería, pero poco más, pues inmediatamente comenzó a hablar.
En cuanto pronunció las primeras palabras, sin dejar de observar al hombre —quien tenía un aura extraña—, volví a poner hierbas sobre el cuenco de mi pipa. Luego di la primera calada, sostuve el humo en mis pulmones unos segundos y, al expulsarlo, me relajé, tendiéndole la pipa a Kay.
Ninguno habló mientras el hombre del centro daba un discurso terriblemente largo, al que presté poca atención. Ni siquiera pensé en lo que estaba queriendo decirnos.

—Paciencia en la forja… Ya ves, Kay, hay mucha gente en el mundo —le comenté a mi compañera peliblanca, mientras los demás respondían al final de aquella cátedra.
Observé a Ramhorn Giyuu, quien se había presentado antes. Sus palabras eran provocativas; todos allí estaban tensos.
Luego vi cómo un hombre se deslizaba por las ropas del gigante que lo había cargado antes y caía, respondiéndole también, hablando sobre buscar matarnos y demás. Los observé a todos, curiosa, incluso a Kay, que parecía titubeante por alguna razón.

Golpeé el suelo con uno de mis pies.
—Creo que de nada servirá seguir golpeando las paredes, hermana —le dije a la albina.
—¡OYE, HERMANO! —grité desde donde estaba, asegurándome de que me escuchara fuerte y claro—. ¿Quieres un poco de relajante natural? —señalé la pipa levantando la mano mientras daba otra calada y la soltaba, componiendo una sonrisa—. Estamos buscando la forma de salir de aquí, ¿de casualidad sabes cómo? —pregunté mientras caminaba un poco hacia la derecha de Kay, al menos a unos cinco metros de ella, sin quitarle los ojos de encima a aquella cosa.
Esperaba que, fuera lo que fuera, aquello no se pusiera demasiado feo. Por lo pronto, intentaría no perder la compostura y mantener la cabeza fría.
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