[Pasado] Encuentros fortuitos [Heras]
#3
El aire vibraba con la luz intensa del mediodía, y la brisa del mar arrastraba consigo un aroma a sal y escamas frescas que impregnaba cada esquina del puerto. Ravenna avanzaba con su paso firme y elegante a través de los puestos de venta, observando con detenimiento el bullicio cotidiano del pequeño pueblo. Pensaba en si debería pedir a los granjeros locales algo de la cosecha que no les sirviera para acompañar lo poco que había comprado; últimamente, su subsistencia dependía en gran parte de la generosidad de las personas con las que lograba interactuar. Era casi un milagro que, con su aspecto, no la trataran de monstruo.

La sola aparición de ese pensamiento demostraba que comenzaba a sentirse cómoda en aquel lugar. Baterilla era un respiro en comparación con tantos otros territorios infestados de esclavistas, cazadores y piratas ansiosos por una recompensa fácil.

Finalmente se detuvo frente a otro puesto de comida, observando las delicadezas dulces que allí se exhibían. Eran coloridas, aromáticas...y demasiado caras para su bolsillo. Se limitó a mirar, sin prisa, disfrutando del contraste entre los tonos cálidos del mercado y el fresco roce de la brisa marina.

Su figura destacaba inevitablemente. Era una sombra elegante entre la marea de colores claros y pieles tostadas. Medía seis metros, pero no era solo la altura lo que la distinguía, sino la serenidad con la que se movía. El cabello blanco-plateado, suelto sobre sus hombros, se balanceaba suavemente con el viento, y las grandes alas negras que nacían de su espalda, plegadas en ese momento, parecían absorber la luz del sol que los demás buscaban reflejar.

A pesar de las miradas furtivas, del temor y la curiosidad mezcladas en los ojos de los lugareños, había algo en la vida de Baquella que la relajaba: su ritmo lento, su sencillez, la manera en que el mar y el viento parecían marcar el compás de cada día. Por primera vez en mucho tiempo, podía caminar sin mirar por encima del hombro, sin tener que recordar el fuego de las armas o las persecuciones que habían marcado su pasado.

Entonces, algo interrumpió el murmullo del mercado. Una voz masculina, alta y directa, rompió la calma. Ravenna giró el rostro con tranquilidad, el movimiento apenas perceptible en su porte imponente. La sombra que se proyectaba ante ella se movió, y levantó ligeramente la cabeza. No era un humano. Lo percibió antes de enfocarlo del todo: había algo en la tonalidad de su piel, en la vibración de su presencia, que le resultó extrañamente familiar.

Cuando sus miradas se encontraron, el contraste fue evidente. Era un hombre alado, más bajo que ella, de piel más oscura y porte firme. La familiaridad racial saltaba a la vista, aunque la diferencia de escala resultaba abrumadora.

¿Otro lunarian? pensó con un destello de asombro que hacía mucho no sentía. La curiosidad se le dibujó sutilmente en el rostro.

Sus ojos siguieron al joven cuando este se impulsó con un ágil aleteo hacia el techo de una casa, buscando mirarla desde una posición más cómoda. La escena le resultó tan natural como extraña: había pasado toda su vida siendo la única de su especie en kilómetros a la redonda, y de pronto, alguien con alas se le dirigía con una confianza casi desarmante.

El aire se agitó con el batir de sus alas, levantando un poco del polvo salino del suelo. Ravenna entrecerró los ojos, clavando la mirada en él, y por primera vez dejó ver una ligera sonrisa.

—Así que eres Heras...— dijo, pronunciando el nombre con precisión antes de hacer una leve pausa, como si lo probara en el aire —Mi nombre es Ravenna.— Acomodó su gorro con sutileza —Ravenna Grimm. Un placer.—

Su voz, grave y clara, no necesitaba adornos. Había una firmeza innata en su tono, una autoridad tranquila que no buscaba imponerse, pero que inevitablemente se hacía sentir. Algunos lo llamarían “presencia”, otros, arrogancia. A ella simplemente le gustaba mantener cierto aire de grandeza.

—¿Cómo lo hice?— repitió su pregunta, apenas moviendo una mano para sostener la cesta con un solo dedo —No lo sé, supongo que nací así. Lo mismo podría preguntarte a ti. No hay muchos con alas por aquí. De hecho— añadió, bajando la voz con un matiz más íntimo —Eres el primero de nuestra raza que veo en todos mis años de vida. Parece que no soy la única lidiando con esto...— dijo, señalando con un leve movimiento de cabeza las pequeñas llamas que danzaban en su espalda, reflejándose sobre la textura oscura de sus alas.

El sol se reflejaba en la curva metálica de su pendiente, y por un instante la luz delineó el contorno de su silueta, dándole un brillo iridiscente. Extendió apenas las alas, lo suficiente como para sentir la temperatura del aire cálido, y el movimiento bastó para provocar reacciones inmediatas entre los presentes. Algunos retrocedieron, otros se quedaron inmóviles, contemplando con asombro el espectáculo poco común de dos lunarianos en medio de un mercado de pescadores.

El comentario de Heras sobre el pescado la hizo soltar una leve risa, breve y algo seca. A pesar de tener frente a ella a otro de su especie, Ravenna mantenía su sencillez natural: no era de hacerse demasiadas preguntas. Aun así, cierta curiosidad genuina comenzaba a encenderse en su interior.

—Guririririri....Bueno...digamos que alcanza para un aperitivo— respondió con humor contenido, bajando la mirada hacia la compra en su mano —Suelo cazar, pescar o pedir a los lugareños algunos víveres extra para mantenerme en forma.— Sus labios se curvaron apenas en una sonrisa —No suelo comer tanto como aparento... o eso quiero creer.—

Tras ese comentario, se cruzó de brazos y cerró los ojos un instante, como si evaluara al joven a través del sonido del viento. Había algo en él que le resultaba familiar, pero no tanto como para confiar. Lo observó de nuevo, fijando sus ojos ámbar sobre los suyos.

—Dime, Heras...—dijo finalmente, con un tono más bajo y reflexivo —¿Hay otros como nosotros? ¿O también viajas solo?—

El aire volvió a moverse entre ambos, cargado de sal, calor y una curiosa sensación de reconocimiento. A su alrededor, la vida del puerto continuaba, el pregón de los pescadores, el tintinear de las monedas, el murmullo constante del mar. Pero en ese instante, todo parecía haberse ralentizado. Dos hijos del fuego, reencontrados bajo el sol de un mundo que rara vez los aceptaba, compartiendo un diálogo sencillo que, al menos para Ravenna, significaba mucho más que eso.

Ravenna lo observó un segundo más, con el rostro sereno, pero los ojos atentos, expectantes. Había en su voz la mezcla exacta de calma y fuerza que la definía, una presencia que imponía sin necesidad de levantarla. El calor del mediodía seguía golpeando con fuerza, pero a ella no parecía afectarle, el fuego que llevaba en la espalda era, después de todo, su naturaleza.

—Quizás no sea coincidencia— añadió, casi en un susurro, más para sí misma que para él —Que nos hayamos cruzado aquí, en esta isla alejada de todo—

La frase quedó suspendida en el aire, diluyéndose entre el sonido de las olas que rompían contra los muros del puerto y el canto lejano de las gaviotas.
[Imagen: fp9nFnJ2_o.gif]
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RE: [Pasado] Encuentros fortuitos [Heras] - por Ravenna Grimm - 29-10-2025, 02:00 AM

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