29-10-2025, 11:41 PM
Día 58 de Otoño del año 16
Ubicación: Reino de Samba, Distrito Ribereño.
El sol poniente sangra en tonos anaranjados y púrpuras sobre el Reino de Samba, tiñendo las aguas del kilométrico río que es la arteria vital y divisoria de esta tierra. Desde el agua, donde Krakatua nada en círculos perezosos, la dualidad de la isla es una herida abierta. Hacia el este, lejos del río, las siluetas de los adosados de piedra de los ricos se recortan contra el cielo, sus ventanas de azulejos brillando como joyas con las últimas luces. El aire que llega desde allí es dulce, perfumado por las plantas tropicales de jardines bien cuidados y el lejano tintineo del hielo en las copas.
Pero aquí, en el oeste, cercano a la orilla camina Tensui Marlin, el aire es denso y pegajoso. El olor dulzón y empalagoso de las refinerías de caña de azúcar cercanas se mezcla con el aroma terroso del barro del río y la nota agria de la pobreza. Las casas aquí no son de piedra, sino de tablones de madera irregulares y techos de palma, apiñadas unas contra otras como si buscaran consuelo en su miseria. Del Centro de Danza de Samba, un edificio de madera más grande que el resto, escapa una música rítmica y melancólica, una banda sonora de alegría forzada que lucha por ahogar el sonido de los estómagos vacíos. En la distancia, ondeando perezosamente sobre las torres de piedra del Palacio Real, se puede ver la bandera del Gobierno Mundial, una presencia silenciosa que lo envenena todo.
El gyojin de piel malva es una anomalía en este paisaje, una montaña de músculo y serenidad en medio del ajetreo desesperado del atardecer. Los niños descalzos dejan de jugar para observarlo con ojos muy abiertos, los comerciantes cierran sus puestos con miradas recelosas, los borrachos se apartan de su camino. Su presencia no inspira el miedo a un monstruo, sino el respeto silencioso reservado a las fuerzas de la naturaleza que es mejor no provocar. Sus pasos, calzados en pesadas botas de cuero, son lentos y deliberados sobre el embarrado camino, sus ojos analíticos detrás de las gafas negras registrando cada detalle, cada rostro cansado, cada tabla suelta.
Es entonces cuando una figura frágil pero decidida se interpone en su camino. Es una mujer humana, anciana, tan arrugada como una pasa pero con una espalda recta que se niega a doblegarse por completo. Se llama Mama Elara. Lleva un delantal remendado sobre un vestido descolorido, y sus nudillos están hinchados y enrojecidos por toda una vida de fregar suelos y lavar ropa ajena. Trabaja a tiempo parcial en el orfanato local, un edificio aún más destartalado que los que lo rodean. Su rostro es una máscara de agotamiento, pero sus ojos oscuros arden con la feroz llama de una desesperación que se niega a extinguirse.
Se detiene frente al imponente gyojin, teniendo que forzar el cuello para poder mirarlo a la cara. Su voz, cuando habla, es un susurro ronco pero sorprendentemente firme.
-Disculpe, señor... Sé que no es de por aquí. Su piel... es del color del mar profundo. Quizás... quizás usted sí escuche.-
Toma aire, reuniendo el coraje que le queda. Las lágrimas brillan en el borde de sus ojos, pero se niega a dejarlas caer.
-Se están llevando a nuestros niños. Del orfanato. Ha vuelto a pasar anoche. Se llevaron a la pequeña Lita... No hace ruido, no fuerza las cerraduras... Simplemente... desaparecen.
Su mano temblorosa se alza para señalar vagamente en dirección al distrito rico.
-Hemos ido a la Guardia Real. Una y otra vez. Nos dicen que son fugas. ¡Niños que huyen en busca de una vida mejor! ¡Lita apenas tiene seis años! ¡No huiría! Nadie nos cree... Nadie hace nada. Dicen que no tienen hombres, que están demasiado ocupados protegiendo las casas de piedra de los nobles.
En ese momento, como si hubieran sido invocados por sus palabras, dos miembros de la Guardia Real de Samba doblan la esquina. Su armadura de cuero pulido y sus cascos con plumas contrastan absurdamente con el entorno embarrado. Son jóvenes, arrogantes, y caminan con el pavoneo de quienes rara vez son desafiados. El que parece al mando, un sargento con una mandíbula cuadrada llamado Marco, se detiene al ver la escena. Su mirada pasa del gigante gyojin a la anciana con un desprecio apenas disimulado.
-¿Otra vez con lo mismo, Elara?- dice, su voz cargada de un aburrimiento condescendiente. -Ya le dijimos que abriremos una investigación cuando tengamos tiempo. Ahora deje de importunar a los... visitantes. No queremos que se lleven una mala impresión del Reino.
El otro guardia suelta una risita, observando a Tensui de arriba abajo.
-Además, ¿qué va a hacer él? ¿Asustar al fantasma con su cara de pescado?
El sargento Marco posa su mano sobre la empuñadura de su espada, un gesto más de postureo que de amenaza real.
-Váyase a casa, anciana. Y usted-dice, ahora dirigiéndose al imponente gyojin, -le aconsejo que no se meta en asuntos que no le conciernen. Las leyes de Samba las hacemos cumplir nosotros
Tras su advertencia, los dos guardias se alejan con una risa contenida, continuando su patrulla sin volver la vista atrás. Dejan a Mama Elara temblando, no de miedo, sino de una furia impotente. Vuelve a mirar a Tensui, sus ojos ahora suplicantes, una última y desesperada apuesta en el único ser que no la ha desestimado de inmediato.
-Por favor, señor del mar... Dicen que es un fantasma. Yo creo que es un monstruo... pero de los que visten ropas finas. Si alguien no hace nada... no quedará ningún niño al que proteger.
La tarde muere. Las luces de aceite comienzan a parpadear en las ventanas de las humildes casas. La música del Centro de Danza se vuelve más fuerte, un intento desesperado de traer vida a una calle donde la esperanza acaba de hacer su última súplica. El aire es denso con promesas incumplidas y la pregunta silenciosa de una anciana, una pregunta que ahora flota, pesada e ineludible, frente a Tensui Marlin.
Ubicación: Reino de Samba, Distrito Ribereño.
El sol poniente sangra en tonos anaranjados y púrpuras sobre el Reino de Samba, tiñendo las aguas del kilométrico río que es la arteria vital y divisoria de esta tierra. Desde el agua, donde Krakatua nada en círculos perezosos, la dualidad de la isla es una herida abierta. Hacia el este, lejos del río, las siluetas de los adosados de piedra de los ricos se recortan contra el cielo, sus ventanas de azulejos brillando como joyas con las últimas luces. El aire que llega desde allí es dulce, perfumado por las plantas tropicales de jardines bien cuidados y el lejano tintineo del hielo en las copas.
Pero aquí, en el oeste, cercano a la orilla camina Tensui Marlin, el aire es denso y pegajoso. El olor dulzón y empalagoso de las refinerías de caña de azúcar cercanas se mezcla con el aroma terroso del barro del río y la nota agria de la pobreza. Las casas aquí no son de piedra, sino de tablones de madera irregulares y techos de palma, apiñadas unas contra otras como si buscaran consuelo en su miseria. Del Centro de Danza de Samba, un edificio de madera más grande que el resto, escapa una música rítmica y melancólica, una banda sonora de alegría forzada que lucha por ahogar el sonido de los estómagos vacíos. En la distancia, ondeando perezosamente sobre las torres de piedra del Palacio Real, se puede ver la bandera del Gobierno Mundial, una presencia silenciosa que lo envenena todo.
El gyojin de piel malva es una anomalía en este paisaje, una montaña de músculo y serenidad en medio del ajetreo desesperado del atardecer. Los niños descalzos dejan de jugar para observarlo con ojos muy abiertos, los comerciantes cierran sus puestos con miradas recelosas, los borrachos se apartan de su camino. Su presencia no inspira el miedo a un monstruo, sino el respeto silencioso reservado a las fuerzas de la naturaleza que es mejor no provocar. Sus pasos, calzados en pesadas botas de cuero, son lentos y deliberados sobre el embarrado camino, sus ojos analíticos detrás de las gafas negras registrando cada detalle, cada rostro cansado, cada tabla suelta.
Es entonces cuando una figura frágil pero decidida se interpone en su camino. Es una mujer humana, anciana, tan arrugada como una pasa pero con una espalda recta que se niega a doblegarse por completo. Se llama Mama Elara. Lleva un delantal remendado sobre un vestido descolorido, y sus nudillos están hinchados y enrojecidos por toda una vida de fregar suelos y lavar ropa ajena. Trabaja a tiempo parcial en el orfanato local, un edificio aún más destartalado que los que lo rodean. Su rostro es una máscara de agotamiento, pero sus ojos oscuros arden con la feroz llama de una desesperación que se niega a extinguirse.
Se detiene frente al imponente gyojin, teniendo que forzar el cuello para poder mirarlo a la cara. Su voz, cuando habla, es un susurro ronco pero sorprendentemente firme.
-Disculpe, señor... Sé que no es de por aquí. Su piel... es del color del mar profundo. Quizás... quizás usted sí escuche.-
Toma aire, reuniendo el coraje que le queda. Las lágrimas brillan en el borde de sus ojos, pero se niega a dejarlas caer.
-Se están llevando a nuestros niños. Del orfanato. Ha vuelto a pasar anoche. Se llevaron a la pequeña Lita... No hace ruido, no fuerza las cerraduras... Simplemente... desaparecen.
Su mano temblorosa se alza para señalar vagamente en dirección al distrito rico.
-Hemos ido a la Guardia Real. Una y otra vez. Nos dicen que son fugas. ¡Niños que huyen en busca de una vida mejor! ¡Lita apenas tiene seis años! ¡No huiría! Nadie nos cree... Nadie hace nada. Dicen que no tienen hombres, que están demasiado ocupados protegiendo las casas de piedra de los nobles.
En ese momento, como si hubieran sido invocados por sus palabras, dos miembros de la Guardia Real de Samba doblan la esquina. Su armadura de cuero pulido y sus cascos con plumas contrastan absurdamente con el entorno embarrado. Son jóvenes, arrogantes, y caminan con el pavoneo de quienes rara vez son desafiados. El que parece al mando, un sargento con una mandíbula cuadrada llamado Marco, se detiene al ver la escena. Su mirada pasa del gigante gyojin a la anciana con un desprecio apenas disimulado.
-¿Otra vez con lo mismo, Elara?- dice, su voz cargada de un aburrimiento condescendiente. -Ya le dijimos que abriremos una investigación cuando tengamos tiempo. Ahora deje de importunar a los... visitantes. No queremos que se lleven una mala impresión del Reino.
El otro guardia suelta una risita, observando a Tensui de arriba abajo.
-Además, ¿qué va a hacer él? ¿Asustar al fantasma con su cara de pescado?
El sargento Marco posa su mano sobre la empuñadura de su espada, un gesto más de postureo que de amenaza real.
-Váyase a casa, anciana. Y usted-dice, ahora dirigiéndose al imponente gyojin, -le aconsejo que no se meta en asuntos que no le conciernen. Las leyes de Samba las hacemos cumplir nosotros
Tras su advertencia, los dos guardias se alejan con una risa contenida, continuando su patrulla sin volver la vista atrás. Dejan a Mama Elara temblando, no de miedo, sino de una furia impotente. Vuelve a mirar a Tensui, sus ojos ahora suplicantes, una última y desesperada apuesta en el único ser que no la ha desestimado de inmediato.
-Por favor, señor del mar... Dicen que es un fantasma. Yo creo que es un monstruo... pero de los que visten ropas finas. Si alguien no hace nada... no quedará ningún niño al que proteger.
La tarde muere. Las luces de aceite comienzan a parpadear en las ventanas de las humildes casas. La música del Centro de Danza se vuelve más fuerte, un intento desesperado de traer vida a una calle donde la esperanza acaba de hacer su última súplica. El aire es denso con promesas incumplidas y la pregunta silenciosa de una anciana, una pregunta que ahora flota, pesada e ineludible, frente a Tensui Marlin.
