29-10-2025, 10:57 PM
Lección quinta: Sobre el filo que retorna.
Había blandido el mandoble con toda la pericia de la que era capaz, mas no fue suficiente.
Uoni había absorbido el golpe con la majestuosidad de un verdadero combatiente, lo había hecho suyo, y aunque podía notar el resentimiento del cuerpo ajeno, por un instante dudó de sus habilidades.
Estaba asustada.
Quería cerrar los ojos y respirar, usar sus otros sentidos y lanzar un ataque tan brutal como el del marine rubio, pero, si le había hecho una parada con golpe, si le había golpeado con fuerza el filo del arma y lo había logrado desviar, ¿qué le quedaba?
Su pecho se agitó sutilmente ante ese pensamiento y un suave cosquilleo lo recorrió. Sus alas se replegaron, se encogieron y, en sus ojos, se reflejó un ápice de duda.
Pero ese no era el camino del sable largo.
Apretó con fuerza la espada, recordándose que, mientras ella permaneciera a la ofensiva —al igual que sus compañeros— podría hacerlo retroceder.
Lección sexta: Guardia media.
Los gritos del pelirrojo se rebotaban contra las paredes cuando los nudillos de Bai se pusieron blancos. Han corría cuando sus muñecas se movieron al compás de sus brazos. Y Moja… Moja se mantenía lejos cuando sus movimientos habían terminado.
Apenas había espacio entre ella y Uoni, el justo como para que la punta de su espada amenazara con hundirse en su pecho, cuando sus pies se alinearon para poder dar un rápido paso hacia atrás cuando lo necesitara. Y es que hacer una finta, agacharse o intentar algo más le era imposible con aquella diferencia de altura.
Debía dominar el centro.
Sólo podía dominar el centro.
En ese momento su visión periférica notó un rápido movimiento; sus ojos se desviaron del monstruo y el rubio, tan rápido como un relámpago, cruzó distancias al grito de: Jawbreaker. Y, aprovechando el momento, apuntó directa hacia Uoni, como si se tratara de una estocada, y corrió hacia él.
El sonido del rubio al moverse llegó a sus oídos justo cuando Bai estaba por llegar al enemigo.
La punta brillaba bajo el leve influjo de la luna y, cuando parecía que iba a estocar, posiblemente ante la sorpresa de nadie, en el último momento inclinó la espada para hacer un tajo lateral; el filo se deslizó por el aire siguiendo un camino invisible, cambiando de dirección sin perder su centro y mostrando que un movimiento sin forma ni escuela era la respuesta natural de todo buen espadachín que no desea revelar su ataque, sino fluir entre guardias.
Lección séptima: Sobre la doctrina.
El Tao no es un líder que se muestre ante tus ojos; es una mano invisible que empuja hacia una dirección sin imponerse, dictar u obligar. Puede ser una persona, claro, pero, en realidad, es un impulso que surge desde dentro —igual que el latido de un corazón o el flujo de un río— para guiarte hacia la utopía de tu deseo cumplido.
Y el Tao había sido su guía.
Había sabido enseñarle sin verdaderamente actuar, enseñarle sin hablar, incluso transformarla con su sola presencia, como en aquel momento.
Pues sintiéndolo fluir a través de ella, silencioso en su camino como un impulso natural y paciente, decidió que el momento de retirarse había llegado. No hacía falta volver a atacar. Eso solo le dejaría muchos espacios abiertos.
Sí, algunos podían llamarla cobarde, pero… ¿no era mejor retirarse a tiempo y poder embestir una segunda vez?
Y con eso, saltó hacia un costado retrocediendo un par de metros, pero mirándolo fijamente como el animal que observa a su presa. A su espalda quedaba Mercedes.
No, no podía soltar la espada. ¿O sí? Entonces le lanzó su arma hacia la mujer mientras balbuceaba un rezo a sus propios dioses para que ella la cogiera en lo que se abalanzaba sobre la cola de Uoni buscando ayudarla.
Se aferró a ella como una garrapata a un sabueso y, sintiendo cómo un mechón rebelde de su flequillo caía lentamente sobre su rostro, rezó una vez más para que Fortuna le favoreciera.
Había blandido el mandoble con toda la pericia de la que era capaz, mas no fue suficiente.
Uoni había absorbido el golpe con la majestuosidad de un verdadero combatiente, lo había hecho suyo, y aunque podía notar el resentimiento del cuerpo ajeno, por un instante dudó de sus habilidades.
Estaba asustada.
Quería cerrar los ojos y respirar, usar sus otros sentidos y lanzar un ataque tan brutal como el del marine rubio, pero, si le había hecho una parada con golpe, si le había golpeado con fuerza el filo del arma y lo había logrado desviar, ¿qué le quedaba?
Su pecho se agitó sutilmente ante ese pensamiento y un suave cosquilleo lo recorrió. Sus alas se replegaron, se encogieron y, en sus ojos, se reflejó un ápice de duda.
Pero ese no era el camino del sable largo.
Apretó con fuerza la espada, recordándose que, mientras ella permaneciera a la ofensiva —al igual que sus compañeros— podría hacerlo retroceder.
Lección sexta: Guardia media.
Los gritos del pelirrojo se rebotaban contra las paredes cuando los nudillos de Bai se pusieron blancos. Han corría cuando sus muñecas se movieron al compás de sus brazos. Y Moja… Moja se mantenía lejos cuando sus movimientos habían terminado.
Apenas había espacio entre ella y Uoni, el justo como para que la punta de su espada amenazara con hundirse en su pecho, cuando sus pies se alinearon para poder dar un rápido paso hacia atrás cuando lo necesitara. Y es que hacer una finta, agacharse o intentar algo más le era imposible con aquella diferencia de altura.
Debía dominar el centro.
Sólo podía dominar el centro.
En ese momento su visión periférica notó un rápido movimiento; sus ojos se desviaron del monstruo y el rubio, tan rápido como un relámpago, cruzó distancias al grito de: Jawbreaker. Y, aprovechando el momento, apuntó directa hacia Uoni, como si se tratara de una estocada, y corrió hacia él.
El sonido del rubio al moverse llegó a sus oídos justo cuando Bai estaba por llegar al enemigo.
La punta brillaba bajo el leve influjo de la luna y, cuando parecía que iba a estocar, posiblemente ante la sorpresa de nadie, en el último momento inclinó la espada para hacer un tajo lateral; el filo se deslizó por el aire siguiendo un camino invisible, cambiando de dirección sin perder su centro y mostrando que un movimiento sin forma ni escuela era la respuesta natural de todo buen espadachín que no desea revelar su ataque, sino fluir entre guardias.
Lección séptima: Sobre la doctrina.
El Tao no es un líder que se muestre ante tus ojos; es una mano invisible que empuja hacia una dirección sin imponerse, dictar u obligar. Puede ser una persona, claro, pero, en realidad, es un impulso que surge desde dentro —igual que el latido de un corazón o el flujo de un río— para guiarte hacia la utopía de tu deseo cumplido.
Y el Tao había sido su guía.
Había sabido enseñarle sin verdaderamente actuar, enseñarle sin hablar, incluso transformarla con su sola presencia, como en aquel momento.
Pues sintiéndolo fluir a través de ella, silencioso en su camino como un impulso natural y paciente, decidió que el momento de retirarse había llegado. No hacía falta volver a atacar. Eso solo le dejaría muchos espacios abiertos.
Sí, algunos podían llamarla cobarde, pero… ¿no era mejor retirarse a tiempo y poder embestir una segunda vez?
Y con eso, saltó hacia un costado retrocediendo un par de metros, pero mirándolo fijamente como el animal que observa a su presa. A su espalda quedaba Mercedes.
No, no podía soltar la espada. ¿O sí? Entonces le lanzó su arma hacia la mujer mientras balbuceaba un rezo a sus propios dioses para que ella la cogiera en lo que se abalanzaba sobre la cola de Uoni buscando ayudarla.
Se aferró a ella como una garrapata a un sabueso y, sintiendo cómo un mechón rebelde de su flequillo caía lentamente sobre su rostro, rezó una vez más para que Fortuna le favoreciera.
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