30-10-2025, 07:20 PM
Las últimas palabras de Tensui —"la mía ahora nada entre las estrellas”— colgaron en el aire denso y húmedo entre ellos, no como una declaración, sino como un puente. Un puente construido con los materiales más fuertes y dolorosos que existen: la pérdida compartida. Por primera vez esa tarde, el temblor en las manos de Mama Elara cesó. Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente rodaron por las profundas arrugas de sus mejillas, pero ya no eran lágrimas de desesperación, sino de una abrumadora y catártica conexión. Extendió su mano nudosa y la posó sobre la enorme mano del gyojin que descansaba sobre su rodilla. Era como una polilla aterrizando sobre una piedra.
-Que las estrellas cuiden bien de ella, hijo...-susurró, su voz ahora cargada con la solemnidad de un rito sagrado. -Y que el mar te dé fuerzas para encontrar a las nuestras.
Se secó las lágrimas con el reverso de la otra mano, la pena momentáneamente reemplazada por una feroz determinación. Se puso en pie, su pequeña figura de repente llena de una autoridad que los guardias reales jamás podrían soñar con poseer.
-No hay tiempo que perder. Venga conmigo. No aquí, en la calle, cualquiera podría estar escuchando. Le llevaré al único lugar que es seguro.
No esperó una respuesta. Confió. Dio media vuelta y comenzó a caminar, sus pasos ahora firmes y decididos, guiando al gigante a través del laberinto de callejones del Distrito Ribereño. La gente que antes se apartaba del gyojin, ahora se apartaba de la pequeña anciana que lo lideraba, intuyendo la inamovible voluntad en su caminar. Lo llevó lejos de la música estridente del Centro de Danza, pasando por casas de madera cuyas ventanas mostraban los rostros curiosos de las familias. El olor a pescado frito y caña fermentada dio paso al olor a incienso barato y ropa recién lavada.
Finalmente, llegaron a un edificio que, aunque igual de humilde que el resto, parecía tener un aura diferente. Era el Orfanato del Río Sereno. Estaba construido con los mismos tablones de madera irregulares, pero las contraventanas estaban pintadas con colores vivos —ahora desconchados— y alguien había plantado pequeñas pero resistentes flores en viejas latas oxidadas cerca de la entrada. Un lugar de pobreza, sí, pero también un lugar donde el amor luchaba una batalla diaria contra la desesperanza.
Dentro, la escena era un retrato de una crisis silenciosa. Una única sala grande servía como dormitorio común, comedor y sala de juegos. Unas doce camas estaban ordenadas pulcramente, pero en el centro de la habitación había dos visiblemente vacías, con las mantas dobladas como si esperaran un regreso que quizás nunca llegaría. Un puñado de niños, los que quedaban, estaban sentados en silencio alrededor de una mesa, dibujando en trozos de papel de estraza, sus movimientos apagados, la habitual algarabía de la infancia ausente. Al fondo, junto a un fuego moribundo, se encontraba la otra alma que mantenía ese lugar a flote.
Era Hermano Sael, un hombre en la mitad de su vida, con una sotana de un gris tan desvaído como el cielo de Roshwan. Su cabeza estaba calva en la coronilla, pero tenía una barba desordenada y salpicada de canas. Tenía la constitución de un oso, con hombros anchos y manos grandes acostumbradas a reparar techos y acarrear agua. Sus ojos, sin embargo, estaban hundidos y rodeados de ojeras tan oscuras que parecían moretones, el resultado de muchas noches sin dormir. Era un hombre bueno cuya fe estaba siendo pulverizada por la cruel indiferencia del mundo.
Cuando vio a Tensui agachándose para entrar por la puerta, su primera reacción fue de un sobresalto temeroso, pero la presencia tranquilizadora de Mama Elara lo calmó.
-Es él, Sael-dijo Elara con firmeza. -Ha venido a ayudar.
Hermano Sael miró a Tensui, su mirada viajando desde sus aletas hasta su imponente tatuaje y sus ojos serenos. Parecía estar sopesando al gyojin, no con desconfianza, sino con el agotamiento de alguien que ya no sabe en qué creer.
-¿Otro curioso? ¿O quizás alguien enviado por algún noble para 'investigar' discretamente?- Su voz era profunda y cansada, con un borde de cinismo afilado por la frustración. Se frotó la cara con una mano grande. -Perdone mi tono. Ya no sé ni a quién le hablo. Dicen que es un fantasma... Yo creo que es el diablo.
Elara le hizo un gesto a Tensui para que se sentara en un robusto banco de madera, que crujió audiblemente bajo su peso. Colocó una taza de té de algas caliente, que había estado preparando, frente a él.
-Ha pasado dos veces-Continuó Sael, decidiendo confiar en el juicio de Elara. -Hace una semana, se llevaron a Tomo. Anoche, a Lita. No hay fuerza en la entrada, la puerta estaba cerrada por dentro esta mañana, como siempre. Las ventanas, atrancadas. Los otros niños... dicen que no oyeron nada. Es como si... se los tragara el aire.
Su mirada se volvió hacia uno de los rincones oscuros de la habitación. -Pero encontramos algo esta mañana. Algo que dejaron atrás, no se si fue adrede.
De una pequeña caja de madera, Sael sacó un objeto envuelto en un paño. Lo colocó sobre la mesa frente a Tensui. Era una pequeña y exquisita flor de caña de azúcar, tallada con una maestría increíble en un trozo de cristal de color rojizo. Era demasiado hermosa, demasiado delicada, demasiado costosa para pertenecer a cualquiera en este distrito. Parecía casi brillar con una luz propia.
-Estaba en la almohada de Lita. Donde debería haber estado su cabeza.-La voz de Sael se quebró. -No es de aquí eso está claro, con ello podríamos pagar la comida de un año por lo menos. Este tipo de artesanía... solo se ve en un lugar. En los talleres que trabajan exclusivamente para el Palacio Real.
Un pesado silencio cayó sobre la habitación, roto solo por el crepitar del fuego. La prueba apuntaba hacia arriba, hacia la opulencia y el poder que residían al otro lado del río, muy por encima de las leyes que gobernaban a los hombres y mujeres del Distrito Ribereño. Una anciana valiente y un sacerdote cuya fe pendía de un hilo ahora miraban al gigante del mar, esperando. Su siguiente movimiento podría salvar a los niños que quedaban... o sentenciar el orfanato a desaparecer junto con ellos.
Un silencio denso y pesado, cargado de miedo y sospecha, cayó sobre la humilde sala del orfanato. Hermano Sael y Mama Elara permanecieron de pie, sus miradas fijas en el coloso sentado ante la mesa. Los pocos niños que quedaban, agrupados en un rincón, observaban la escena con unos ojos demasiado viejos para sus años, sabiendo instintivamente que las conversaciones silenciosas de los adultos decidían si habría un mañana.
Sobre la tosca madera de la mesa, la prueba yacía como una blasfemia, un lujo insultante en un lugar de tanta necesidad.
El Colgante del Pétalo de Azúcar. No es solo una flor tallada. Es una pieza de arte tan exquisita como cruel en este contexto.
Sael, con un gesto tembloroso, deslizó la pequeña joya por la mesa hasta detenerla justo frente a Tensui.-Esto no se vende en los mercados- Continuó el sacerdote, su voz apenas un susurro cargado de amargura.-Esto... se regala. Se intercambia. Como un favor. Como una marca.
Elara asintió, su rostro una máscara de dolorosa comprensión, y se acercó un poco más, bajando la voz como si temiera que las propias paredes pudieran escucharla.
-Los susurros... los rumores en el muelle y en la cocina... siempre terminan apuntando en la misma dirección- dijo, con la renuencia de quien teme pronunciar el nombre de un demonio. -A la colina. Al distrito de los nobles.
Hizo una pausa, mirando a su alrededor antes de continuar.
-Hay un hombre allí. Un familiar lejano del Rey, así que hace y deshace a su antojo. El Conde Voldimore.
Hermano Sael tomó la palabra, su voz grave y cargada de una historia que nunca se atrevería a contar a la guardia.-El año pasado, una chica del Centro de Danza desapareció. Era la bailarina más talentosa, decían. Justo después de una actuación privada para el Conde. Su familia armó un escándalo... pero a la semana siguiente, su padre, que era pescador, consiguió un puesto de capitán en uno de los barcos mercantes más grandes de la isla. Y la familia se mudó. Nadie volvió a preguntar por ella.
Elara añadió su propia pieza al sombrío mosaico.
-Y no solo eso. El cocinero del Conde... es un hombre pequeño y asustadizo. Viene al mercado a primera hora, antes de que salga el sol. Mi sobrina lo escuchó una vez, hablando consigo mismo mientras compraba. Murmuraba sobre tener que cocinar porciones cada vez más pequeñas. ‘Comida para pájaros’, decía. ‘Comida para mantener vivas las flores en las jaulas’. La gente piensa que está loco.
El silencio volvió a caer. No eran acusaciones directas, sino un camino de rumores y coincidencias aterradoras. Un patrón de desapariciones de jóvenes talentosos o vulnerables, un historial de comprar el silencio, y un objeto imposible que conectaba directamente con el único círculo capaz de poseerlo.
Elara miró a Tensui, su ruego ahora más enfocado, más desesperado.
-No podemos acusarlo directamente, señor gyojin. Hacerlo sería nuestra sentencia de muerte. ¿Pero una joya de los nobles en la cama de un niño huérfano? ¿Los rumores? ¿Un Conde conocido por sus ‘colecciones’? Es el único lugar por donde empezar. Le pedimos que vaya allí. No que luche contra un ejército. Solo... que observe. Que vea si nuestros miedos son ciertos.
Sael asintió, su esperanza depositada en el imponente extraño.
-No tenemos nada con qué pagarle. Solo nuestra gratitud y la oportunidad de que esos niños vuelvan a ver el sol. Su mansión está en la colina más alta, al este, no puede perderse. Siempre está iluminada, como si la noche nunca se atreviera a tocarla. Se dice que sus guardias son los más crueles, pero también los más descuidados por la noche, borrachos con el alcohol que él mismo les da.
-Por favor...-finalizó Elara, su voz a punto de romperse. -Solo... vaya a la colina y vea qué secretos oculta esa casa.
La petición ahora estaba sobre la mesa, más como un mapa trazado en susurros que como una orden. La flor de cristal era el punto de partida. Los rumores eran la brújula. La mansión en la colina, el misterioso "Punto X". El camino estaba trazado, y llevaba directamente a la oscuridad que se escondía tras los muros iluminados del Conde Voldimore.
-Que las estrellas cuiden bien de ella, hijo...-susurró, su voz ahora cargada con la solemnidad de un rito sagrado. -Y que el mar te dé fuerzas para encontrar a las nuestras.
Se secó las lágrimas con el reverso de la otra mano, la pena momentáneamente reemplazada por una feroz determinación. Se puso en pie, su pequeña figura de repente llena de una autoridad que los guardias reales jamás podrían soñar con poseer.
-No hay tiempo que perder. Venga conmigo. No aquí, en la calle, cualquiera podría estar escuchando. Le llevaré al único lugar que es seguro.
No esperó una respuesta. Confió. Dio media vuelta y comenzó a caminar, sus pasos ahora firmes y decididos, guiando al gigante a través del laberinto de callejones del Distrito Ribereño. La gente que antes se apartaba del gyojin, ahora se apartaba de la pequeña anciana que lo lideraba, intuyendo la inamovible voluntad en su caminar. Lo llevó lejos de la música estridente del Centro de Danza, pasando por casas de madera cuyas ventanas mostraban los rostros curiosos de las familias. El olor a pescado frito y caña fermentada dio paso al olor a incienso barato y ropa recién lavada.
Finalmente, llegaron a un edificio que, aunque igual de humilde que el resto, parecía tener un aura diferente. Era el Orfanato del Río Sereno. Estaba construido con los mismos tablones de madera irregulares, pero las contraventanas estaban pintadas con colores vivos —ahora desconchados— y alguien había plantado pequeñas pero resistentes flores en viejas latas oxidadas cerca de la entrada. Un lugar de pobreza, sí, pero también un lugar donde el amor luchaba una batalla diaria contra la desesperanza.
Dentro, la escena era un retrato de una crisis silenciosa. Una única sala grande servía como dormitorio común, comedor y sala de juegos. Unas doce camas estaban ordenadas pulcramente, pero en el centro de la habitación había dos visiblemente vacías, con las mantas dobladas como si esperaran un regreso que quizás nunca llegaría. Un puñado de niños, los que quedaban, estaban sentados en silencio alrededor de una mesa, dibujando en trozos de papel de estraza, sus movimientos apagados, la habitual algarabía de la infancia ausente. Al fondo, junto a un fuego moribundo, se encontraba la otra alma que mantenía ese lugar a flote.
Era Hermano Sael, un hombre en la mitad de su vida, con una sotana de un gris tan desvaído como el cielo de Roshwan. Su cabeza estaba calva en la coronilla, pero tenía una barba desordenada y salpicada de canas. Tenía la constitución de un oso, con hombros anchos y manos grandes acostumbradas a reparar techos y acarrear agua. Sus ojos, sin embargo, estaban hundidos y rodeados de ojeras tan oscuras que parecían moretones, el resultado de muchas noches sin dormir. Era un hombre bueno cuya fe estaba siendo pulverizada por la cruel indiferencia del mundo.
Cuando vio a Tensui agachándose para entrar por la puerta, su primera reacción fue de un sobresalto temeroso, pero la presencia tranquilizadora de Mama Elara lo calmó.
-Es él, Sael-dijo Elara con firmeza. -Ha venido a ayudar.
Hermano Sael miró a Tensui, su mirada viajando desde sus aletas hasta su imponente tatuaje y sus ojos serenos. Parecía estar sopesando al gyojin, no con desconfianza, sino con el agotamiento de alguien que ya no sabe en qué creer.
-¿Otro curioso? ¿O quizás alguien enviado por algún noble para 'investigar' discretamente?- Su voz era profunda y cansada, con un borde de cinismo afilado por la frustración. Se frotó la cara con una mano grande. -Perdone mi tono. Ya no sé ni a quién le hablo. Dicen que es un fantasma... Yo creo que es el diablo.
Elara le hizo un gesto a Tensui para que se sentara en un robusto banco de madera, que crujió audiblemente bajo su peso. Colocó una taza de té de algas caliente, que había estado preparando, frente a él.
-Ha pasado dos veces-Continuó Sael, decidiendo confiar en el juicio de Elara. -Hace una semana, se llevaron a Tomo. Anoche, a Lita. No hay fuerza en la entrada, la puerta estaba cerrada por dentro esta mañana, como siempre. Las ventanas, atrancadas. Los otros niños... dicen que no oyeron nada. Es como si... se los tragara el aire.
Su mirada se volvió hacia uno de los rincones oscuros de la habitación. -Pero encontramos algo esta mañana. Algo que dejaron atrás, no se si fue adrede.
De una pequeña caja de madera, Sael sacó un objeto envuelto en un paño. Lo colocó sobre la mesa frente a Tensui. Era una pequeña y exquisita flor de caña de azúcar, tallada con una maestría increíble en un trozo de cristal de color rojizo. Era demasiado hermosa, demasiado delicada, demasiado costosa para pertenecer a cualquiera en este distrito. Parecía casi brillar con una luz propia.
-Estaba en la almohada de Lita. Donde debería haber estado su cabeza.-La voz de Sael se quebró. -No es de aquí eso está claro, con ello podríamos pagar la comida de un año por lo menos. Este tipo de artesanía... solo se ve en un lugar. En los talleres que trabajan exclusivamente para el Palacio Real.
Un pesado silencio cayó sobre la habitación, roto solo por el crepitar del fuego. La prueba apuntaba hacia arriba, hacia la opulencia y el poder que residían al otro lado del río, muy por encima de las leyes que gobernaban a los hombres y mujeres del Distrito Ribereño. Una anciana valiente y un sacerdote cuya fe pendía de un hilo ahora miraban al gigante del mar, esperando. Su siguiente movimiento podría salvar a los niños que quedaban... o sentenciar el orfanato a desaparecer junto con ellos.
Un silencio denso y pesado, cargado de miedo y sospecha, cayó sobre la humilde sala del orfanato. Hermano Sael y Mama Elara permanecieron de pie, sus miradas fijas en el coloso sentado ante la mesa. Los pocos niños que quedaban, agrupados en un rincón, observaban la escena con unos ojos demasiado viejos para sus años, sabiendo instintivamente que las conversaciones silenciosas de los adultos decidían si habría un mañana.
Sobre la tosca madera de la mesa, la prueba yacía como una blasfemia, un lujo insultante en un lugar de tanta necesidad.
El Colgante del Pétalo de Azúcar. No es solo una flor tallada. Es una pieza de arte tan exquisita como cruel en este contexto.
Información Off-rol para Tensui
Sael, con un gesto tembloroso, deslizó la pequeña joya por la mesa hasta detenerla justo frente a Tensui.-Esto no se vende en los mercados- Continuó el sacerdote, su voz apenas un susurro cargado de amargura.-Esto... se regala. Se intercambia. Como un favor. Como una marca.
Elara asintió, su rostro una máscara de dolorosa comprensión, y se acercó un poco más, bajando la voz como si temiera que las propias paredes pudieran escucharla.
-Los susurros... los rumores en el muelle y en la cocina... siempre terminan apuntando en la misma dirección- dijo, con la renuencia de quien teme pronunciar el nombre de un demonio. -A la colina. Al distrito de los nobles.
Hizo una pausa, mirando a su alrededor antes de continuar.
-Hay un hombre allí. Un familiar lejano del Rey, así que hace y deshace a su antojo. El Conde Voldimore.
Información Off-rol para Tensui
Hermano Sael tomó la palabra, su voz grave y cargada de una historia que nunca se atrevería a contar a la guardia.-El año pasado, una chica del Centro de Danza desapareció. Era la bailarina más talentosa, decían. Justo después de una actuación privada para el Conde. Su familia armó un escándalo... pero a la semana siguiente, su padre, que era pescador, consiguió un puesto de capitán en uno de los barcos mercantes más grandes de la isla. Y la familia se mudó. Nadie volvió a preguntar por ella.
Elara añadió su propia pieza al sombrío mosaico.
-Y no solo eso. El cocinero del Conde... es un hombre pequeño y asustadizo. Viene al mercado a primera hora, antes de que salga el sol. Mi sobrina lo escuchó una vez, hablando consigo mismo mientras compraba. Murmuraba sobre tener que cocinar porciones cada vez más pequeñas. ‘Comida para pájaros’, decía. ‘Comida para mantener vivas las flores en las jaulas’. La gente piensa que está loco.
El silencio volvió a caer. No eran acusaciones directas, sino un camino de rumores y coincidencias aterradoras. Un patrón de desapariciones de jóvenes talentosos o vulnerables, un historial de comprar el silencio, y un objeto imposible que conectaba directamente con el único círculo capaz de poseerlo.
Elara miró a Tensui, su ruego ahora más enfocado, más desesperado.
-No podemos acusarlo directamente, señor gyojin. Hacerlo sería nuestra sentencia de muerte. ¿Pero una joya de los nobles en la cama de un niño huérfano? ¿Los rumores? ¿Un Conde conocido por sus ‘colecciones’? Es el único lugar por donde empezar. Le pedimos que vaya allí. No que luche contra un ejército. Solo... que observe. Que vea si nuestros miedos son ciertos.
Sael asintió, su esperanza depositada en el imponente extraño.
-No tenemos nada con qué pagarle. Solo nuestra gratitud y la oportunidad de que esos niños vuelvan a ver el sol. Su mansión está en la colina más alta, al este, no puede perderse. Siempre está iluminada, como si la noche nunca se atreviera a tocarla. Se dice que sus guardias son los más crueles, pero también los más descuidados por la noche, borrachos con el alcohol que él mismo les da.
-Por favor...-finalizó Elara, su voz a punto de romperse. -Solo... vaya a la colina y vea qué secretos oculta esa casa.
La petición ahora estaba sobre la mesa, más como un mapa trazado en susurros que como una orden. La flor de cristal era el punto de partida. Los rumores eran la brújula. La mansión en la colina, el misterioso "Punto X". El camino estaba trazado, y llevaba directamente a la oscuridad que se escondía tras los muros iluminados del Conde Voldimore.
