[Auto T3] - Hit- Velocidad, Sangre y Nieve
#1
La nieve golpeaba el rostro de Ubbe como pequeñas agujas de vidrio cuando dejó atrás el barco. El gigantesco navío quedó atrás, respirando quieto entre olas blancas. Sus botas exigían pasos más lentos, hundiéndose hasta media espinilla. La brisa gélida silbaba contra su pecho desnudo bajo el chaleco abierto (siempre abierto), A su alrededor, los árboles floridos del invierno parecían burlarse del frío.
Pero no se dirigió hacia el gran arco rosa y las puertas del Reino de Sakura.
No sería tan idiota.

Había visto suficientes miradas largas. Suficiente tinta fresca en los carteles. Su propia cara en papel amarillento. Y aunque todavía no entendía muy bien por qué tenía tanta recompensa, sabía lo suficiente para no meter la cabeza en la boca del lobo.
Por eso tomó el sendero costero, bordeando la ciudad principal. Se internó un kilómetro hacia un pequeño asentamiento más humilde: casitas de madera, chimeneas, olor a sopa y miedo al mar, el pueblo de Gyasta. 
"Perfecto: la clase de lugar donde la gente te mira, pero no pregunta" Pensaba el Buccaneer. 
Los niños se quedaron congelados cuando vieron al coloso; los adultos se hicieron los ocupados. Ubbe bajó la cabeza, ocultó las facciones bajo la sombra del chaleco.
En la plaza nevada encontró una tienda discreta, apenas un letrero de cuero dibujado con pintura descascarillada:
“Armas y más.”
Dentro, una campana tímida anunció su llegada. Olor a cuero curtido, tabaco frío, aceite de herramientas. El dueño era un hombre grueso, con enormes gafas y manos desgastadas por la vida de artesano. Al verlo, los ojos casi se le salen de la sorpresa.
- ¿te puedo ayudar, grandullón? -dijo- ¿Buscas armas? ¿Una hacha quizá?
- Guantes -gruñó Ubbe- Para pegar.
Silencio.
Luego, un asentimiento rápido.
Sin rodeos.
El artesano abrió un cajón pesado y colocó varias piezas sobre la mesa. No brillaban, no tenían placas de metal, ni cráneos tallados. Eran guantes de golpeo industriales:
cuero flexible, refuerzo en nudillos, capa interna gruesa para absorber impacto y evitar fractura.
Ubbe los levantó, los probó. Ajuste perfecto.
-¡Son un poco feos, baby! ¿No tienes algo más cool? -comentó chasqueando sus dedos señalándole, como hacía de vez en cuando. 
-Algo mas... ¿Cul?  -respondió el artesano sin entender la jerga del Buccaneer– No tengo nada distinto a estos, son sencillos, pero eficaces, ademas si quieres grabarle algo con un cincel y un martillo deberías poder hacerle algún adorno..
Eso encajaba.
Ubbe imaginó a Sigurd: cosiendo placas de metal, grabando runas, tirándole fuego, quién sabe. Sonrió un poco.
– Con estos… puede trabajar mi compañero -murmuró.
El artesano palideció, pero no preguntó.
Pagó sin regatear. El hombre envolvió los guantes en un paño gris. Ubbe guardó el paquete bajo el brazo sin esconderlo realmente; la mejor manera de ocultar algo es actuar como si fuese algo completamente mundano.
Cuando se giró para marcharse, algo más en el taller le llamó la atención.
Sobre una estantería baja, casi oculta tras un montón de cuero, había un par de punteras metálicas: medias piezas que se podían fijar sobre la bota, reforzando el empeine y la punta. Bordes redondeados, peso contenido, una capa interior acolchada para no destrozar el pie al impactar contra algo duro.
Ubbe señaló con la barbilla - ¿Y esas? - El artesano dudó un segundo, como si pasar la vista a los pies del coloso le hiciera reconsiderarlo todo.
- Eso… eh… son punteras de refuerzo. Para mineros. Para cuando golpean roca. Previenen… roturas.
Traducción mental de Ubbe:
"Pegar patadas sin partirte la tibia - Perfecto."
Al cogerlas, notó el equilibrio: sólidas, pero no torpes. Resistentes, pero flexibles. En la parte inferior, pequeños surcos que ayudaban a no resbalar en hielo. Hechas para este clima. 
- Me las llevo también, colega! -gruñó sin rodeos.
El artesano parpadeó y aceptó la venta agradecido. Ubbe Pagó. Acto seguido, le ofreció una correa con hebilla.
- Para fijarlas bien a la bota. Si no, cuando patea… salen volando, y… - Ubbe alzó una ceja - Y le abres la cabeza al de al lado, ¿no? - El artesano tragó saliva. - …Sí. Literalmente.
El coloso ajustó las punteras añadidas sobre su bota derecha, luego la izquierda. Cada hebilla quedó firme. Probó un pequeño movimiento de rodilla, sintiendo cómo el peso añadía contundencia al gesto. Sus patadas nunca fueron bonitas, pero ahora iban a doler como demonios. Dejó la mano sobre el mostrador antes de salir.
Gracias, artesano, ya sabes lo que dicen! - ¿eh? - ¡Me la agarras con la mano, baby! GAHAHAHAHA
El vendedor se quedó consternado mientras Ubbe salía del local riéndose de su propia broma.
Al salir, un viento helado sopló del norte. Pétalos rosados bailaron en el aire, mezclándose con copos blancos. El gigante se detuvo un segundo. Era bonito. Frágil. Demasiado frágil. Ubbe quería algo más duro, algo con lo que probar sus nuevos juguetes. 
Cruzó la plaza sin levantar polvo. Al fondo, un par de borrachos cuchichearon señalando al buccaneer. ¿Quizá habría llegado hasta aquí su cartel? Quien sabe... No era alguien que pasara desapercibido, eso estaba claro. 
Ubbe no se giró. No mataba por chismes.
Cuando dobló la esquina, apoyó la espalda contra una pared, sacó el paquete y se puso los guantes. Cerró el puño múltiples veces, probando la elasticidad y la comodidad de los guantes. El cuero crujió como huesos de pollo al principio, luego fue dándose de sí hasta quedar acomodado en los puños de Ubbe.
- Sí, esto servirá - Luego alzó la mirada hacia el norte. Montañas blancas. Nubes oscuras. Sombras moviéndose entre pinos altos.
Allí, seguro que vivían criaturas enormes: pelaje grueso para las bajas temperaturas, bichos enormes acostumbrados a pelear por comida, ese sería su siguiente destino. 
Ubbe ajustó el chaleco. Sin cerrar el pecho, claro. Empezó a andar hacia las montañas, nuevos retos le esperaban. 




El viento en la montaña mordía con saña, pero Ubbe ya no lo sentía tanto como antes; el cuerpo se le había habituado al frío y al latido de la pelea. Las punteras y los guantes crujieron al ajustar su postura. No había interés por pieles ni trofeos. Aquella subida no era caza por riqueza: era ensayo, calibrar nuevas herramientas y sacar algo más que músculo. Quería velocidad. Quería que el puño llegara y se fuera sin que el contrario pudiese entender qué lo había golpeado.
Empezó con golpes al tronco. Uno, dos, tres. El cuero de los guantes dejó un sonido seco que le gustó. Probó una combinación: empuje de cadera, torsión de hombro, puño que sale y vuelve casi al mismo tiempo. No le satisfizo. Había fuerza de sobra, pero la velocidad no era suficiente. La fuerza sin velocidad era como un árbol caído en el camino: hace daño, pero no cambia la pelea.
Respiró, midió, tanteó. Se colocó frente a una roca lisa que servía de saco natural. Golpeó. Esta vez no usó todo el cuerpo; dejó que el brazo cortase el aire con precisión, soltando el peso en el punto exacto para que el brazo fuera hoja más que maza. Notó el latigazo en el antebrazo, la sensación de que el puño había hecho un clic en el espacio: llegada, impacto y retorno. Fue más limpio. Fue más veloz.
-YEAH BABY -soltó si quiera sin darse cuenta- ¡solo un Hit y bam! nariz rota! GAHAHAH
Ensayó la secuencia una y otra vez. Flexión mínima, salida explosiva, contracción inmediata. Pie y cadera como muelles, muñeca firme pero suelta. La puntera añadía un contrapeso en las patadas, pero también le recordaba el tiempo que tenía para moverse: una patada bien medida, y el oponente no llega a recuperar la guardia.
Subió más. Dos horas de repetición. Al mediodía, cuando el sol se asomó por un claro, escuchó el crujido distinto de huellas pesadas: algo que no se movía como los pequeños. Dos ojos como carbones le miraron entre pinos. No era uno, eran tres: jóvenes de la manada, curiosos y peligrosos.
Salieron a la carrera. Ubbe no dudó. Empezó probando su nuevo tempo: un paso lateral, cadera, y el brazo que sale como un látigo. El primer impacto encontró la mandíbula de un Lupus joven. El bicho aulló y quiso saltar hacia atrás, pero el puño ya había vuelto; la segunda palma, esta vez al esternón, interrumpió el refugio del aire en sus pulmones. No era aplastamiento; era un golpe quirúrgico que dejaba sin aliento.
Sintió algo distinto en esa secuencia: una claridad como la de una cuchilla que abre la carne sin ruido. Le gustó tanto que la nombró en la cabeza al instante.
-ONE HIT, BABY -dijo en voz baja, y chasqueó los dedos dandose cuenta- ¡HIT!
Probó de nuevo. Uno, dos… no: uno, pausa, salida -HIT-, retirada. La punta de los guantes mordía el aire con un sonido casi agudo. El mamifero retrocedió, tambaleó, pero no cayó. Ubbe no quiso matar al primero; quería probar. Redujo el golpe y notó cómo el movimiento costaba menos energía que un puñetazo convencional pero entregaba la misma sensación de cataclismo. Era la versión rápida de su furia. Era perfecta para abrir guardias, para descolocar, para hacer que un guerrero pequeño dejara ver su corazón.
Otro animal vino a probar suerte. Ubbe giró rápido, pivotó en la puntera metálica, y con la pierna empujó, un remate con el empeine. La patada hizo que el segundo Lupus cayera sobre la nieve, aturdido. El tercer animal, viendo a sus hermanos caídos, dudó y huyó a la espesura.
Se quedó quieto un minuto, respirando como quien ha corrido una carrera. La nieve a su alrededor estaba salpicada de vaho rojo, pero no había celebraciones grandilocuentes. Solo la satisfacción fría de quien ha probado una idea y ha visto que funciona.
HIT: un puñetazo superveloz. No el golpe que aplasta, sino el golpe que llega antes de que la intención exista. El que hace que la defensa deje un agujero.
Durante la tarde practicó combinaciones: HIT seguido de giro y patada con puntera; HIT directo a la garganta en uno; HIT al pecho para abrir la caja torácica y remate con puño. La nueva técnica se integró a su modo de pelear como un diente nuevo en la mandíbula: natural, afilado. Hit y C'mon baby resulto una combinación brutal y destructiva.
Al caer la noche, sentó junto a la bestia mayor que había derribado antes y arrancó tiras de piel con las manos como si pelara un abrigo. No guardó nada para presumir; todo servía para mejorar el equipo o para enseñar a Sigurd el recurso nuevo. Pensó en cómo el carnicero podría modular los guantes, coser una mini-canal en el dorso para que la muñeca no se bloquee, o reforzar la junta del pulgar para que el HIT no le deje la mano adormecida. Se prometió llevarle la idea y ver qué arreglo haría su compañero con sus propias manos, quizá incluso el propio Ubbe se empezaba a interesar por los trabajos manuales de ese tipo, siempre le habian llamado la atención las armas, pero como nunca habia tenido unas no le habia hecho mucha cuenta. Las peleas en Little garden le habian hecho ver que aun le quedaba mucho por mejorar, y si tenia que comprar acero para pegar ams fuerte, lo haría. 
"Acero..." Cayó en la cuenta que al final Kal tenía razón, el acero siempre prevalece. "La carne se pudre, pero el acero siempre aguanta!" Eso era lo que siempre decía su antiguo amigo. No podia evitar pensar en que a Sigurd le hubiera caido bien Kal, aunque no fuera un orgulloso bucanero como ellos. Los guantes y las botas eran el primer contacto del Buccaneer con añadidos o arreglos para pegar aun mas fuerte, quien sabe si esto escalaría aún mas, quizá acababa con el cuerpo bañado en hierro solo para ser mas fuerte. ¿Quien sabe?...

Cuando la nieve se volvió más oscura y las estrellas pintaban la noche, Ubbe empezó a descender. No había trofeos, pero sí algo mejor: una técnica que podía cambiarle la pelea. Un recurso nuevo que ya mordía en el vientre de la ansiedad por usarlo en algo grande.
-Mañana se lo enseño a Sigurd -dijo en voz baja para si mismo- Esto puede ser la diferencia, baby!
La montaña lo vio alejarse, las huellas grandes marcando la nieve como promesas. El barco esperaría; el mar podía aguantar. Él llevaba en el puño una idea afilada con la que pensaba reescribir cómo pegaba. La palabra HIT quedó vibrando en su boca como un sabor nuevo: rápido, certero y peligroso.

OFF


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[Auto T3] - Hit- Velocidad, Sangre y Nieve - por Ubbe - 30-10-2025, 07:58 PM

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