Día 10 de otoño. Año 16
Tomé mi piel de lobo y me escabullí a primera hora de la mañana desde la habitación que compartía con las chicas, todavía no comenzaban a cantar los pajarillos; faltaban pocos días antes del viaje. Miré con los ojos aún perezosos a mi alrededor y me di cuenta de que Coatl no estaba conmigo, ya la encontraría después.
Me levanté y, dando pasitos de puntillas salí de la habitación, cerrando la puerta deslizante tras de mí; era muy temprano por la mañana, apenas saldría el sol y la luz estaba muy tenue, con una pequeña briza fría matinal.
Me lavé la cara y me dirigí directamente a los patios traseros del local donde nos estábamos quedando como tripulación finalmente formada. Pensé en ese hecho mientras limpiaba mi cara con una toalla de tela al lado de la palangana con agua fría, casi se me sale una carcajada. Quién diría que podría ser parte de un grupo luego de tantos años vagando por el mundo, un mundo que se haría más grande en tal solo unos días.
Sin embargo, a pesar de lo que mis pensamientos pudieran soltar, mi corazón se mantenía fuerte, y ahora estaba alegre, emocionada. Eso era suficiente para dispersar los pensamientos de miedo que suponía el hecho de viajar acompañada.
Dejé la toalla a un lado y comencé a caminar, rodeando el lugar hacia la entrada de los bosques de bambú. Antes de adentrarme dentro del bosque, vi a Larry y a Coatl corriendo hacia mí, deteniéndose justo antes de tropezar conmigo y Coatl saltando feliz hacia mi hombro.
—¡Paciencia en la forja, hermana! —con una sonrisa la recibí, dándole un beso en la mejilla cuando acercó su cabeza hacia mí.
Recibí un lengüetazo de Larry, que me dejó la cara llena de baba.
—¡HUHUHYYAAAH! —me carcajeé un poco y luego le di una palmada en el grueso músculo que iba hacia su pecho, rascando la piel escamosa como si fuera un perrito.
—¡Vamos!, ¿les gustaría acompañarme? —le spregunte, cualquiera que me viera pensaría que estoy loca, hablando con animales.

En el camino, prendí la pipa con hierbas nuevas, y le di una calada que me resultó totalmente exquicita, mientras tanto, sujetandola con una mano y caminando a paso firme, veía como ambos animales me seguían jugueteando y saltando por dentro del bambuzal, entre matorrales enormes y árboles gigantes, hasta que los tres llegamos a un pequeño claro. En el que finalmente comencé a estirarme, firme, fuerte, plantando mis pies descalzos sobre la tierra, bajando las manos hasta tocar mis pies y colocar las palmas delante de ellas parandome de cabeza y separando los brazos para comenzar a hacer flexiones, hasta que mi nariz tocara el suelo y hasta que mis musculos comenzaran a doler.
—1... 2... 3...
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