01-11-2025, 02:35 AM
(Última modificación: 01-11-2025, 02:36 AM por Ravenna Grimm.)
El sol de Baquella seguía alto cuando Ravenna se permitió una breve pausa, observando cómo el joven Lunarian flotaba frente a ella con evidente entusiasmo. Había algo curioso en él, una energía casi contagiosa que contrastaba con la mayoría de personas con las que se cruzaba a lo largo de su viaje. A su modo, le recordaba lo que era vivir sin tanto peso sobre los hombros.
El comentario sobre su belleza le sacó una ligera sonrisa. —Guri Guri guriririri...Supongo que tienes razón. Sería un desperdicio dejar que algo tan raro como nuestro cuerpo se desperdicie— respondió con tono sereno, algo burlón, como si estuviera probando hasta qué punto él podía seguirle el juego. Aun así, sus palabras tenían una naturalidad desarmante, Ravenna no coqueteaba, simplemente existía con una seguridad que lo hacía parecer innecesario.
—Eres un tipo peculiar, Heras— comentó con una leve inclinación de cabeza —No sé si todos los de nuestra especie son así, pero me alegra saber que al menos uno de nosotros conserva el entusiasmo— Cuando lo escuchó decir que no había más como ellos en la isla, asintió con calma, sin decepción alguna. —No me sorprende. He viajado por muchos tiempo y nunca vi a otro Lunarian...hasta ahora. Supongo que eso hace este encuentro un tanto especial, ¿no?—
Cuando él propuso ir al granero, Ravenna ladeó la cabeza, arqueando una ceja con un gesto más divertido que escéptico. —¿Un granero? Suena...hogareño— respondió, y cuando lo vio alzar el vuelo, desplegó lentamente sus alas. Las plumas negras se abrieron con majestuosidad, reflejando un leve brillo carmesí bajo la luz del mediodía. Con un solo movimiento, el viento se arremolinó a su alrededor, levantando polvo y papeles. —Bien, encabeza el camino, Heras. Intentaré no derribar ninguna casa-jmm— dijo con una sonrisa leve, y con un impulso elegante, tomó el aire.
El vuelo fue breve y silencioso. Desde lo alto, Ravenna podía ver el diminuto pueblo extendido entre la costa y las palmeras, los tejados anaranjados brillando como brasas en la distancia. El viento cálido le acariciaba el rostro y las alas, y aunque no lo admitiera, la sensación le resultaba agradable. No había tenido muchas oportunidades de volar en paz, sin estar huyendo de nada. Aterrizó frente al granero apenas unos segundos después que Heras, plegando las alas con la precisión de quien conoce su tamaño y el espacio que ocupa. Su sombra cubrió buena parte del suelo, y aun inclinándose un poco para asomarse al interior, su presencia llenaba todo el marco de la puerta.
—Ya veo lo que decías— murmuró, observando el interior con curiosidad —Todo en este pueblo parece hecho para gente mucho más... compacta.— Heras encendió una llama, y Ravenna se inclinó hacia adelante, sus ojos ámbar reflejando el movimiento del fuego con un brillo cálido. Dio un paso al interior, dejando que las alas rozaran apenas el marco de madera. Luego se acomodó en cuclillas frente a la hoguera, apoyando un antebrazo sobre la rodilla, como quien observa algo que le resulta familiar pero distante.
—Vaya— dijo en un tono bajo, casi meditativo —Es hasta raro ver a otra persona utilizando las llamas de esa manera— Alzó la mirada hacia él, una chispa de humor en sus ojos dorados —Es un buen día para asar a la leña...—
El calor de la llama la iluminaba desde abajo, dibujando matices dorados sobre su piel clara. Dejó la cesta a un lado y, con movimientos tranquilos, comenzó a sacar el pescado que había comprado en el puerto. —Tienes buen instinto, Heras. Si me hubieras dejado sola, habría terminado cocinando esto en unas rocas— comentó con una sonrisa apenas visible, cortando el pescado con un cuchillo pequeño que guardaba a la altura del muslo.
Mientras lo hacía, sus alas se movían sutilmente con cada respiración, plegándose y abriéndose lo justo para mantener el equilibrio. No era común verla tan relajada, pero había algo en ese lugar, quizás el fuego, o la presencia del otro Lunarian, que le permitía bajar un poco la guardia. —No suelo aceptar invitaciones— añadió mientras colocaba el pescado sobre la parrilla improvisada —Pero haré una excepción. No todos los días se conoce a alguien con alas negras— Le dedicó una mirada breve, pero directa, con una ligera sonrisa bromista que no necesitaba más palabras.
Cuando él preguntó si venía desde lejos, Ravenna se tomó un momento antes de responder. El fuego crepitaba entre ellos, y el olor a madera quemada llenaba el aire. —Depende. He recorrido varias islas del South Blue...algunas amables, otras no tanto. Pero todas distintas— Se encogió de hombros, con una naturalidad casi desinteresada —Originalmente provengo del sur de Sorbet, o al menos ahí me críe en un orfanato—
Dejó que el silencio se extendiera unos segundos antes de mirarlo de nuevo. —¿Y tú?— preguntó —¿Qué hace un Lunarian en un pueblo de pescadores? No pareces alguien que se conforme con la rutina.— La pregunta no era un reproche, sino una observación directa. Cuando el aroma del pescado asado comenzó a llenar el granero, lo retiró del fuego con cuidado y lo partió en dos. —Toma— dijo, extendiéndole su porción sobre un trozo de madera limpio —No prometo un sabor memorable, pero al menos está hecho con buena intención— Probó un bocado del suyo, asintiendo con satisfacción —No está mal. Tal vez debería dedicarme a la cocina. Soy buena navegante pero tengo tiempo de sobra para alguna que otra actividad—
El comentario fue acompañado por una sonrisa casi imperceptible, de esas que apenas curvan la comisura de los labios pero cambian toda la expresión. Luego se acomodó mejor, aún en cuclillas, mirando las llamas con aire sereno. —Sabes, Heras..— dijo tras un momento de silencio, sin apartar la vista del fuego —No sé si hay más como nosotros allá afuera. Tal vez sí, tal vez no. Pero si los hay, espero que tengan la mitad de tu espíritu. Es refrescante ver a alguien que no se oculta.—
El comentario sobre su belleza le sacó una ligera sonrisa. —Guri Guri guriririri...Supongo que tienes razón. Sería un desperdicio dejar que algo tan raro como nuestro cuerpo se desperdicie— respondió con tono sereno, algo burlón, como si estuviera probando hasta qué punto él podía seguirle el juego. Aun así, sus palabras tenían una naturalidad desarmante, Ravenna no coqueteaba, simplemente existía con una seguridad que lo hacía parecer innecesario.
—Eres un tipo peculiar, Heras— comentó con una leve inclinación de cabeza —No sé si todos los de nuestra especie son así, pero me alegra saber que al menos uno de nosotros conserva el entusiasmo— Cuando lo escuchó decir que no había más como ellos en la isla, asintió con calma, sin decepción alguna. —No me sorprende. He viajado por muchos tiempo y nunca vi a otro Lunarian...hasta ahora. Supongo que eso hace este encuentro un tanto especial, ¿no?—
Cuando él propuso ir al granero, Ravenna ladeó la cabeza, arqueando una ceja con un gesto más divertido que escéptico. —¿Un granero? Suena...hogareño— respondió, y cuando lo vio alzar el vuelo, desplegó lentamente sus alas. Las plumas negras se abrieron con majestuosidad, reflejando un leve brillo carmesí bajo la luz del mediodía. Con un solo movimiento, el viento se arremolinó a su alrededor, levantando polvo y papeles. —Bien, encabeza el camino, Heras. Intentaré no derribar ninguna casa-jmm— dijo con una sonrisa leve, y con un impulso elegante, tomó el aire.
El vuelo fue breve y silencioso. Desde lo alto, Ravenna podía ver el diminuto pueblo extendido entre la costa y las palmeras, los tejados anaranjados brillando como brasas en la distancia. El viento cálido le acariciaba el rostro y las alas, y aunque no lo admitiera, la sensación le resultaba agradable. No había tenido muchas oportunidades de volar en paz, sin estar huyendo de nada. Aterrizó frente al granero apenas unos segundos después que Heras, plegando las alas con la precisión de quien conoce su tamaño y el espacio que ocupa. Su sombra cubrió buena parte del suelo, y aun inclinándose un poco para asomarse al interior, su presencia llenaba todo el marco de la puerta.
—Ya veo lo que decías— murmuró, observando el interior con curiosidad —Todo en este pueblo parece hecho para gente mucho más... compacta.— Heras encendió una llama, y Ravenna se inclinó hacia adelante, sus ojos ámbar reflejando el movimiento del fuego con un brillo cálido. Dio un paso al interior, dejando que las alas rozaran apenas el marco de madera. Luego se acomodó en cuclillas frente a la hoguera, apoyando un antebrazo sobre la rodilla, como quien observa algo que le resulta familiar pero distante.
—Vaya— dijo en un tono bajo, casi meditativo —Es hasta raro ver a otra persona utilizando las llamas de esa manera— Alzó la mirada hacia él, una chispa de humor en sus ojos dorados —Es un buen día para asar a la leña...—
El calor de la llama la iluminaba desde abajo, dibujando matices dorados sobre su piel clara. Dejó la cesta a un lado y, con movimientos tranquilos, comenzó a sacar el pescado que había comprado en el puerto. —Tienes buen instinto, Heras. Si me hubieras dejado sola, habría terminado cocinando esto en unas rocas— comentó con una sonrisa apenas visible, cortando el pescado con un cuchillo pequeño que guardaba a la altura del muslo.
Mientras lo hacía, sus alas se movían sutilmente con cada respiración, plegándose y abriéndose lo justo para mantener el equilibrio. No era común verla tan relajada, pero había algo en ese lugar, quizás el fuego, o la presencia del otro Lunarian, que le permitía bajar un poco la guardia. —No suelo aceptar invitaciones— añadió mientras colocaba el pescado sobre la parrilla improvisada —Pero haré una excepción. No todos los días se conoce a alguien con alas negras— Le dedicó una mirada breve, pero directa, con una ligera sonrisa bromista que no necesitaba más palabras.
Cuando él preguntó si venía desde lejos, Ravenna se tomó un momento antes de responder. El fuego crepitaba entre ellos, y el olor a madera quemada llenaba el aire. —Depende. He recorrido varias islas del South Blue...algunas amables, otras no tanto. Pero todas distintas— Se encogió de hombros, con una naturalidad casi desinteresada —Originalmente provengo del sur de Sorbet, o al menos ahí me críe en un orfanato—
Dejó que el silencio se extendiera unos segundos antes de mirarlo de nuevo. —¿Y tú?— preguntó —¿Qué hace un Lunarian en un pueblo de pescadores? No pareces alguien que se conforme con la rutina.— La pregunta no era un reproche, sino una observación directa. Cuando el aroma del pescado asado comenzó a llenar el granero, lo retiró del fuego con cuidado y lo partió en dos. —Toma— dijo, extendiéndole su porción sobre un trozo de madera limpio —No prometo un sabor memorable, pero al menos está hecho con buena intención— Probó un bocado del suyo, asintiendo con satisfacción —No está mal. Tal vez debería dedicarme a la cocina. Soy buena navegante pero tengo tiempo de sobra para alguna que otra actividad—
El comentario fue acompañado por una sonrisa casi imperceptible, de esas que apenas curvan la comisura de los labios pero cambian toda la expresión. Luego se acomodó mejor, aún en cuclillas, mirando las llamas con aire sereno. —Sabes, Heras..— dijo tras un momento de silencio, sin apartar la vista del fuego —No sé si hay más como nosotros allá afuera. Tal vez sí, tal vez no. Pero si los hay, espero que tengan la mitad de tu espíritu. Es refrescante ver a alguien que no se oculta.—
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