01-11-2025, 09:40 PM
mi entrada no había pasado desapercibida, pues varios feligreses voltearon la cabeza hacia mi, aunque no pronunciaron palabra, tan solo me miraron con un rostro extrañado ante mi afirmación y volvieron a lo suyo, ¿no decían que al mas tiempo buena cara? Sea como fuere, el silencio fue roto por un clérigo que me pidió con amabilidad que cerrase la puerta para que no se escapase el calor que el templo guardaba con avaricia, y se acercó para darme una manta, aunque no tenía frío alguno, la verdad es que desde hace un tiempo a esta parte empecé a darme cuenta de que... Ya no sentía frío y los pies... Ya no me dolían como antes.
Realmente aquella insensibilidad había comenzado hacía unos días, tras comer una fruta que se me indigestó fuertemente y me generó una inconsciencia de dos días, imaginad, dos días tirado en el suelo sin vigilancia, por suerte al ver mis ropas nadie me robó, ventajas de ser vagabundo, que no te queda nada que perder. Caminé decidido pero tranquilo hacia el ábside que se encontraba al final del edificio, donde se encontraba el altar, fui allí para presentar mis respetos al lugar y a la deidad que lo guarda, sin embargo, lo que encontré allí fue mucho mas sorprendente de lo que me esperaba. Los parroquianos estaban distraídos, hablando entre ellos, lanzando plegarias a su Dios; algunos incluso limpiando y manteniendo el mobiliario del interior. Había mucha gente allí, casi todo caras conocidas de los barrios bajos, buscando cobijo de la lluvia como yo, seguramente, era triste ser consciente de como la gente de esta isla, en su mayoría, no puede permitirse un hogar digno en el que no mojarse con un chaparrón.
Cuando llegué al altar hice una reverencia y encendí un incienso que coloqué en un platillo plano de oro, o al menos parecía tal digno metal, junté mis manos a la altura de la boca y cerré los ojos con solemnidad. -Oh Deidad, si estas ahí... ¿Por qué permites tanta desigualdad? Por favor ayúdanos a encontrar el camino.- Aquella leve oración dio paso a la divinidad misma, pues de la nada, proveniente del propio altar donde me encontraba, una vos tenue y dificultada pidiendo ayuda, tenue y bajita, pero claramente era una voz real. Miré algo asustado y sorprendido, bueno, bastante asustado y sorprendido, hacia la efigie de la divina figura que protegía la iglesia, una estatua de piedra que estaba colocada para que mirase directamente a aquel que estuviera en el altar. -E-Eres... ¿Eres tu, Dios?.- Pregunté tímido y con el tono mas amigable que pude emitir, pues lo último que necesitaba era comerme la ira divina, ya tenía suficiente con el diluvio de antes.
Es verdad que acostumbraba a que me pasasen cosas extrañas, una vez incluso vi a un hombre convertirse en un charco de lodo delante de mi y, en otra, pude observar como un gato era capaz de hablar e insultar, a estas alturas no debía sorprenderme nada ya, pero que el mismo Dios te hable ya era lo último que esperaba ¿Qué venía ahora, una invasión proveniente de las estrellas? ¿Lagartos gigantes que escupían energía de su bota? Cielo santo, las posibilidades comenzaban a ser demasiado locas, solo esperaba que mi mente estuviese perdiendo cordura y, aquellas voces, tímidas y quedas, fueran tan solo un producto de mi triste mente pidiendo ayuda.
Realmente aquella insensibilidad había comenzado hacía unos días, tras comer una fruta que se me indigestó fuertemente y me generó una inconsciencia de dos días, imaginad, dos días tirado en el suelo sin vigilancia, por suerte al ver mis ropas nadie me robó, ventajas de ser vagabundo, que no te queda nada que perder. Caminé decidido pero tranquilo hacia el ábside que se encontraba al final del edificio, donde se encontraba el altar, fui allí para presentar mis respetos al lugar y a la deidad que lo guarda, sin embargo, lo que encontré allí fue mucho mas sorprendente de lo que me esperaba. Los parroquianos estaban distraídos, hablando entre ellos, lanzando plegarias a su Dios; algunos incluso limpiando y manteniendo el mobiliario del interior. Había mucha gente allí, casi todo caras conocidas de los barrios bajos, buscando cobijo de la lluvia como yo, seguramente, era triste ser consciente de como la gente de esta isla, en su mayoría, no puede permitirse un hogar digno en el que no mojarse con un chaparrón.
Cuando llegué al altar hice una reverencia y encendí un incienso que coloqué en un platillo plano de oro, o al menos parecía tal digno metal, junté mis manos a la altura de la boca y cerré los ojos con solemnidad. -Oh Deidad, si estas ahí... ¿Por qué permites tanta desigualdad? Por favor ayúdanos a encontrar el camino.- Aquella leve oración dio paso a la divinidad misma, pues de la nada, proveniente del propio altar donde me encontraba, una vos tenue y dificultada pidiendo ayuda, tenue y bajita, pero claramente era una voz real. Miré algo asustado y sorprendido, bueno, bastante asustado y sorprendido, hacia la efigie de la divina figura que protegía la iglesia, una estatua de piedra que estaba colocada para que mirase directamente a aquel que estuviera en el altar. -E-Eres... ¿Eres tu, Dios?.- Pregunté tímido y con el tono mas amigable que pude emitir, pues lo último que necesitaba era comerme la ira divina, ya tenía suficiente con el diluvio de antes.
Es verdad que acostumbraba a que me pasasen cosas extrañas, una vez incluso vi a un hombre convertirse en un charco de lodo delante de mi y, en otra, pude observar como un gato era capaz de hablar e insultar, a estas alturas no debía sorprenderme nada ya, pero que el mismo Dios te hable ya era lo último que esperaba ¿Qué venía ahora, una invasión proveniente de las estrellas? ¿Lagartos gigantes que escupían energía de su bota? Cielo santo, las posibilidades comenzaban a ser demasiado locas, solo esperaba que mi mente estuviese perdiendo cordura y, aquellas voces, tímidas y quedas, fueran tan solo un producto de mi triste mente pidiendo ayuda.
