01-11-2025, 11:52 PM
Después de mi rutina mañanera de ejercicios y una ducha rápida, tomé mi bolso dispuesto a ir al mercado. Antes de zarpar quería vender todo lo que tenía y, si el día me sonreía, comprar buena mercancía para el viaje: provisiones, materiales útiles, quizá algún capricho que nos sirviera más adelante. Pero al subir las escaleras del barco hacia la cubierta, ahí estaba Gwendolyn. A pesar de su ceguera, me reconoció al instante; no sé si fue por mi olor, por el ritmo de mi respiración o por simple intuición, pero esa muchacha, sin duda, tiene una forma muy suya de ver el mundo.
—¡Hola, Gwendolyn! Por supuesto, el día está bastante bonito —le respondí con una sonrisa mientras la observaba acomodarse con esa calma que siempre la acompaña. —No puedo negar que me sorprende cómo siempre sabes quién se acerca a ti en el barco. —No lo dije con duda, sino con genuina curiosidad. Seguro tiene sus propios trucos, pero no puedo evitar sentir una profunda admiración por ella. Es una mujer fuerte, de esas que enfrentan la oscuridad con una sonrisa… y, de algún modo, siempre me recuerda a mi madre: viendo el lado bueno incluso cuando todo parece gris.
—Más bien saldré a vender —le respondí con un tono tranquilo, ajustando el bolso al hombro — Aunque claro, al final del día siempre termino comprando también. —Solté una leve risa, porque era verdad. —Mi familia ha tenido durante mucho tiempo el negocio del comercio de pieles, por eso sigo haciendo lo mismo, incluso estando lejos. —Porque lo que la familia enseña, uno no lo olvida, sea bueno o no, al final de cuentas, siempre terminamos usando aquello que alguna vez prometimos dejar atrás.
—Por supuesto que sí, ven conmigo —añadí, al ver su expresión curiosa —Siempre viene bien una ayuda cuando se está en el mercado. Y eso de que no puedas ver el valor de los billetes no es problema para que un ciego compre o venda, te lo mostraré. —Le di una pequeña palmada en el hombro. Todo tiene una razón de ser y un método para hacerse, y si algo tengo claro, es que incluso alguien como Gwendolyn puede entender eso mejor que muchos con los ojos abiertos.
—Yo no prometo darte cosas, pero puedo enseñarte a conseguirlas por ti misma —le dije con un tono sereno, sincero. Al principio, cuando supe que Roosevelt había permitido que una ciega se uniera a la tripulación, me pareció algo fuera de lugar, pero después, con el tiempo, vi su valor. Día tras día, comprendí por qué el capitán hace las cosas que hace, siempre hay un motivo detrás, aunque no lo parezca a simple vista.
—Sí, sé mi mano derecha en el comercio, Gwendolyn. Confío en que me ayudarás mucho —añadí con una sonrisa que, aunque ella no pudiera ver, se notaba en mi voz. Entonces, justo cuando tomó su bastón, le extendí la mano y la sujeté con cuidado. —Vamos, yo te ayudo a bajar del barco —dije finalmente, guiándola con paso firme mientras descendíamos hacia el muelle, el sol bañando la cubierta y el murmullo del puerto dándole la bienvenida a otro día de trabajo.
—¡Hola, Gwendolyn! Por supuesto, el día está bastante bonito —le respondí con una sonrisa mientras la observaba acomodarse con esa calma que siempre la acompaña. —No puedo negar que me sorprende cómo siempre sabes quién se acerca a ti en el barco. —No lo dije con duda, sino con genuina curiosidad. Seguro tiene sus propios trucos, pero no puedo evitar sentir una profunda admiración por ella. Es una mujer fuerte, de esas que enfrentan la oscuridad con una sonrisa… y, de algún modo, siempre me recuerda a mi madre: viendo el lado bueno incluso cuando todo parece gris.
—Más bien saldré a vender —le respondí con un tono tranquilo, ajustando el bolso al hombro — Aunque claro, al final del día siempre termino comprando también. —Solté una leve risa, porque era verdad. —Mi familia ha tenido durante mucho tiempo el negocio del comercio de pieles, por eso sigo haciendo lo mismo, incluso estando lejos. —Porque lo que la familia enseña, uno no lo olvida, sea bueno o no, al final de cuentas, siempre terminamos usando aquello que alguna vez prometimos dejar atrás.
—Por supuesto que sí, ven conmigo —añadí, al ver su expresión curiosa —Siempre viene bien una ayuda cuando se está en el mercado. Y eso de que no puedas ver el valor de los billetes no es problema para que un ciego compre o venda, te lo mostraré. —Le di una pequeña palmada en el hombro. Todo tiene una razón de ser y un método para hacerse, y si algo tengo claro, es que incluso alguien como Gwendolyn puede entender eso mejor que muchos con los ojos abiertos.
—Yo no prometo darte cosas, pero puedo enseñarte a conseguirlas por ti misma —le dije con un tono sereno, sincero. Al principio, cuando supe que Roosevelt había permitido que una ciega se uniera a la tripulación, me pareció algo fuera de lugar, pero después, con el tiempo, vi su valor. Día tras día, comprendí por qué el capitán hace las cosas que hace, siempre hay un motivo detrás, aunque no lo parezca a simple vista.
—Sí, sé mi mano derecha en el comercio, Gwendolyn. Confío en que me ayudarás mucho —añadí con una sonrisa que, aunque ella no pudiera ver, se notaba en mi voz. Entonces, justo cuando tomó su bastón, le extendí la mano y la sujeté con cuidado. —Vamos, yo te ayudo a bajar del barco —dije finalmente, guiándola con paso firme mientras descendíamos hacia el muelle, el sol bañando la cubierta y el murmullo del puerto dándole la bienvenida a otro día de trabajo.
