03-11-2025, 04:54 PM
Un puñetazo seco, directo al estómago, corto mi carrera. Noté la mano del gyojin clavándose como un mazo y, antes de darme tiempo a procesar la ofensa a mi persona, me encontré rebotando contra la pared del pozo con un thud que hizo vibrar la arena. Al recibir el impacto, vi con el rabillo del ojo a Jin desprenderse de mi hombro y caer peligrosamente de espaldas, quedando justo al alcance del enemigo.
No fue un daño mortal, por suerte era bastante duro y mi vientre aguantó, pero la fuerza sí me dejó descolocado. Me apoyé con la espalda contra la roca, sintiendo cómo una hambre vieja se mezclaba con la punzada del golpe y la bofetada del orgullo herido. Mis costillas protestaron, y tuve que inhalar hondo varias veces para recuperar el aire.
Lo que más me jodió no fue el golpe en sí, sino la idea de que no podía lanzarme y partirle la cara ahí mismo. Frente a mí, la masa del gyojin seguía erguida, y entre él y yo había una mezcla imposible de cuerpos y gritos. Atacar de frente sería de idiotas: quedaría expuesto, perdería la ventaja de mi movimiento, y por encima de todo, pondría a mis nakamas en peligro.
Vi a los demás hacer ruido, a los pequeños montar un espectáculo de gritos para distraerlo, chillando como gaviotas. Sus voces eran una cacofonía que, si bien no me gustaba, me servía. Aproveché cada grito y, con paso largo y medido me aparté, desplazándome nueve metros en diagonal hacia el lado opuesto de todo aquel conflicto, buscando la espalda de todos y quedar apartado de la vista del enemigo. Sin apartar mis ojos y sin perder detalle: buscaba el hueco, la rotura en la defensa, el momento en que el gyojin bamboleara la guardia.
Mientras tanto, escuché el tintineo de la cola del otro exhibicionista y a los demás buscando la atención del gyojin. Yo, a espaldas del conflicto, comencé a tallar mentalmente el movimiento: un salto pensado, la carrera y recoger inercia en las piernas para asestar un buen golpe con el hacha. No quería destrozarlo por su narcisismo, aunque este me molestase bastante, quería cerrarle la boca a quien interrumpe un duelo de luto con su vulgar espectáculo.
No fue un daño mortal, por suerte era bastante duro y mi vientre aguantó, pero la fuerza sí me dejó descolocado. Me apoyé con la espalda contra la roca, sintiendo cómo una hambre vieja se mezclaba con la punzada del golpe y la bofetada del orgullo herido. Mis costillas protestaron, y tuve que inhalar hondo varias veces para recuperar el aire.
Lo que más me jodió no fue el golpe en sí, sino la idea de que no podía lanzarme y partirle la cara ahí mismo. Frente a mí, la masa del gyojin seguía erguida, y entre él y yo había una mezcla imposible de cuerpos y gritos. Atacar de frente sería de idiotas: quedaría expuesto, perdería la ventaja de mi movimiento, y por encima de todo, pondría a mis nakamas en peligro.
Vi a los demás hacer ruido, a los pequeños montar un espectáculo de gritos para distraerlo, chillando como gaviotas. Sus voces eran una cacofonía que, si bien no me gustaba, me servía. Aproveché cada grito y, con paso largo y medido me aparté, desplazándome nueve metros en diagonal hacia el lado opuesto de todo aquel conflicto, buscando la espalda de todos y quedar apartado de la vista del enemigo. Sin apartar mis ojos y sin perder detalle: buscaba el hueco, la rotura en la defensa, el momento en que el gyojin bamboleara la guardia.
Mientras tanto, escuché el tintineo de la cola del otro exhibicionista y a los demás buscando la atención del gyojin. Yo, a espaldas del conflicto, comencé a tallar mentalmente el movimiento: un salto pensado, la carrera y recoger inercia en las piernas para asestar un buen golpe con el hacha. No quería destrozarlo por su narcisismo, aunque este me molestase bastante, quería cerrarle la boca a quien interrumpe un duelo de luto con su vulgar espectáculo.
OFF
