05-11-2025, 10:03 AM
El estruendo del impacto retumbó en toda la plaza. El zarpazo del oso, cargado de pura furia y fuego, chocó contra el torso de Tezca, quien resistió el golpe con todas sus fuerzas. Las piernas del rubio se hundieron en el suelo ennegrecido, la tierra marcada por el fuego crujió bajo el peso, y por un instante pareció que la mole en llamas lo aplastaría. Pero resistió.
Con un grito casi a modo de rugido propio, Tezca giró el cuerpo, impulsándose hacia adelante y descargando un puñetazo directo contra el rostro del animal. El golpe impactó, firme, sólido... Pero fue como golpear una roca viva. El oso apenas se estremeció, creyendo que fue una chispa más del fuego y lamiendo su piel ennegrecida mientras su mirada seguía bañada en furia ciega.
Entonces, un nuevo silbido cortó el aire.
Runin, rápida y decidida, tensó la cuerda del arco y disparó una segunda flecha en llamas. Esta vez el proyectil apuntaba directamente a la base de la cabeza del animal, su nuca, justo donde el sake aún empapaba su pelaje. La explosión de fuego fue inmediata. Las llamas se extendieron por su espalda, bajando hasta el cuello, formando un collar de fuego, que iluminaba su rostro y la escena con un resplandor infernal.
El rugido que siguió sacudió los cimientos del pueblo. Las vasijas quebradas temblaron, y el aire se llenó de humo y ceniza. La bestia agitó su cuerpo, desesperada, pero su furia solo se intensificó.
El infierno se había desatado en la tierra, pero a través de aquel caos, la sombra de un ángel cruzó el fuego.
Heras descendió con un golpe seco, con el brazo alzado, y descargó un poderoso puñetazo sobre el cráneo de la criatura. El impacto resonó como un trueno. Un chorro de sangre salpicó hacia un lado y el oso, por primera vez, se tambaleó habiendo sentido dolor. El suelo tembló bajo su peso al retroceder, renqueante pero enfadado, bufando a la vez de dolor y rabia.
A unos metros, Ryota avanzaba con pasos inseguros, cargando algo de comida, mientras Liora, aún temblorosa, se aferraba a su espalda. Ambos se movían entre el humo, tosiendo, tratando de acercarse lo suficiente para hacer que la bestia los escuchara.
Pero el oso aún no escuchaba sus voces, aún debían acercarse más. La mente del animal, perdida en el dolor, en el ardor del fuego que le devoraba el lomo, solo distinguía una amenaza, el Lunarian.
Con un rugido que hizo vibrar el aire, el animal giró su cabeza hacia él. Su respiración era un siseo de furia y vapor. El fuego se reflejaba en sus colmillos, el dolor convertido en una sola intención, la de destruir. La furia previa inconsciente había dado lugar a una nueva, la desesperada por sobrevivir.
Clavó las garras en el suelo carbonizado, arqueó el lomo y, con una velocidad brutal, se lanzó contra el Lunarian. La tierra se abrió bajo su carrera, las chispas volaron en todas direcciones, y el fuego que lo cubría se extendió a su alrededor como una ola viviente.
El oso, enloquecido y ardiente, cargó directamente contra el alado héroe, dispuesto a arrancar de raíz al único que había logrado hacerle sangrar.
Con un grito casi a modo de rugido propio, Tezca giró el cuerpo, impulsándose hacia adelante y descargando un puñetazo directo contra el rostro del animal. El golpe impactó, firme, sólido... Pero fue como golpear una roca viva. El oso apenas se estremeció, creyendo que fue una chispa más del fuego y lamiendo su piel ennegrecida mientras su mirada seguía bañada en furia ciega.
Entonces, un nuevo silbido cortó el aire.
Runin, rápida y decidida, tensó la cuerda del arco y disparó una segunda flecha en llamas. Esta vez el proyectil apuntaba directamente a la base de la cabeza del animal, su nuca, justo donde el sake aún empapaba su pelaje. La explosión de fuego fue inmediata. Las llamas se extendieron por su espalda, bajando hasta el cuello, formando un collar de fuego, que iluminaba su rostro y la escena con un resplandor infernal.
El rugido que siguió sacudió los cimientos del pueblo. Las vasijas quebradas temblaron, y el aire se llenó de humo y ceniza. La bestia agitó su cuerpo, desesperada, pero su furia solo se intensificó.
El infierno se había desatado en la tierra, pero a través de aquel caos, la sombra de un ángel cruzó el fuego.
Heras descendió con un golpe seco, con el brazo alzado, y descargó un poderoso puñetazo sobre el cráneo de la criatura. El impacto resonó como un trueno. Un chorro de sangre salpicó hacia un lado y el oso, por primera vez, se tambaleó habiendo sentido dolor. El suelo tembló bajo su peso al retroceder, renqueante pero enfadado, bufando a la vez de dolor y rabia.
A unos metros, Ryota avanzaba con pasos inseguros, cargando algo de comida, mientras Liora, aún temblorosa, se aferraba a su espalda. Ambos se movían entre el humo, tosiendo, tratando de acercarse lo suficiente para hacer que la bestia los escuchara.
Pero el oso aún no escuchaba sus voces, aún debían acercarse más. La mente del animal, perdida en el dolor, en el ardor del fuego que le devoraba el lomo, solo distinguía una amenaza, el Lunarian.
Con un rugido que hizo vibrar el aire, el animal giró su cabeza hacia él. Su respiración era un siseo de furia y vapor. El fuego se reflejaba en sus colmillos, el dolor convertido en una sola intención, la de destruir. La furia previa inconsciente había dado lugar a una nueva, la desesperada por sobrevivir.
Clavó las garras en el suelo carbonizado, arqueó el lomo y, con una velocidad brutal, se lanzó contra el Lunarian. La tierra se abrió bajo su carrera, las chispas volaron en todas direcciones, y el fuego que lo cubría se extendió a su alrededor como una ola viviente.
El oso, enloquecido y ardiente, cargó directamente contra el alado héroe, dispuesto a arrancar de raíz al único que había logrado hacerle sangrar.
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