05-11-2025, 01:42 PM
(Última modificación: 05-11-2025, 04:35 PM por Akira Raito.)
La presentación del joven ante aquella cazadora que compartía cualidades físicas con un caballo pareció tomar a la muchacha por sorpresa. No había pasado ni un mes que habían colaborado juntos en atrapar a un potencial delincuente y ayudado a los niños de los barrios bajos. Igual la apariencia de Akira no resultaba demasiado impactante como para crear un recuerdo, pero él sí que se acordaba de ella. No todos los días se cruzaba uno a una humink, y menos en esta isla. Algo que el aprendiz de navegante pudo notar también en el anciano, quien mantenía su mirada fija en aquella chica.
—Buenos días, buen hombre, ¿disfrutando de este buenísimo día? Nos han informado de que algo no muy bueno está sucediendo en el pueblo. Hemos venido en cuanto nos han dado la orden, ¿en qué podemos ayudarle? —respondió casi de manera automática al saludo de aquel viejo hombre. Pero su respuesta le pillo desprevenido. Quería que se fueran de la zona. Algo que al joven marine no le sentó demasiado bien—. Primero, a mí nadie me dice dónde puedo o no puedo estar. ¡Si encima estoy en mi casa! Segundo, ¿no se supone que somos los buenos? ¿Qué es eso de que agravaríamos las cosas? —pensó más rápido de lo que le dio tiempo a verbalizar, adelantándose su compañero Develio a intentar esclarecer un poco la situación.
—Este anciano no parece problemático, igual lo que le asusta es que nos pueda pasar algo o que nuestra presencia les vaya a traer problemas… ¿Estarán amenazados? ¿Avisar a la Marina era algo que les habían advertido no hacer? —frunció el ceño mientras Develio continuaba intentando llegar a un entendimiento con aquel buen hombre. Tan analítico como siempre, con ese vocabulario médico que tanto absorbía la atención del rubio.
Mientras tanto, su buen compañero Juan parecía estar tan atento como él, tan decidido a encontrar el origen de aquella “enfermedad”, como decía Develio para acabar con él. La cazadora Cinder, por otra parte, también parecía estar atenta a su compañero, y también algo atenta al pelo de Akira, lo que hizo que el chico elevara los ojos un par de veces para verse aquel par de mechones que le caían por la frente, haciendo que sus pendientes le cegaran un par de veces con los destellos que emitían al recibir la luz directa del sol.
Regresando a la conversación, el médico del grupo le explicó con detalle a aquel pequeño hombre de piel bronceada, que solamente querían ayudar. El anciano tenía el color de piel que tenía Akira antes de alistarse en la Marina, y eso le causaba simpatía. Una piel bronceada por el sol solo significaba dos cosas, la primera que era un hombre trabajador, y la segunda que disfrutaba del tiempo que tenía libre. Sin mediar palabra y dejando a su compañero continuar, el joven que ahora estaba de brazos cruzados asentía a cada frase que terminaba Develio. Los chicos habían acudido para ponerle remedio a esa situación que generaba tanto alboroto y malestar. Pero una lucha social no se congela, se va a comer todo el mundo, vuelve… No. Una lucha social continuaba, la gente iba y venía, pero siempre se mantenía alguien, y allí, ahora mismo, no había nadie. Estaban por llegar.
Acompañó al semigigante en aquella reverencia, suplicando que el anciano les diera un poco más de información acerca de aquella “fiebre” que consumía al pueblo—. Yo se lo pido por mi gente y mi familia —fue escueto en su afirmación. Se mantuvo inclinado de cintura, mostrando respeto. Con aquella frase hizo al señor conocedor de que Akira se había criado en aquella isla, y de que no iba a permitir que su gente sufriera el terror provocado por unos maleantes, y mucho menos familia.
—Buenos días, buen hombre, ¿disfrutando de este buenísimo día? Nos han informado de que algo no muy bueno está sucediendo en el pueblo. Hemos venido en cuanto nos han dado la orden, ¿en qué podemos ayudarle? —respondió casi de manera automática al saludo de aquel viejo hombre. Pero su respuesta le pillo desprevenido. Quería que se fueran de la zona. Algo que al joven marine no le sentó demasiado bien—. Primero, a mí nadie me dice dónde puedo o no puedo estar. ¡Si encima estoy en mi casa! Segundo, ¿no se supone que somos los buenos? ¿Qué es eso de que agravaríamos las cosas? —pensó más rápido de lo que le dio tiempo a verbalizar, adelantándose su compañero Develio a intentar esclarecer un poco la situación.
—Este anciano no parece problemático, igual lo que le asusta es que nos pueda pasar algo o que nuestra presencia les vaya a traer problemas… ¿Estarán amenazados? ¿Avisar a la Marina era algo que les habían advertido no hacer? —frunció el ceño mientras Develio continuaba intentando llegar a un entendimiento con aquel buen hombre. Tan analítico como siempre, con ese vocabulario médico que tanto absorbía la atención del rubio.
Mientras tanto, su buen compañero Juan parecía estar tan atento como él, tan decidido a encontrar el origen de aquella “enfermedad”, como decía Develio para acabar con él. La cazadora Cinder, por otra parte, también parecía estar atenta a su compañero, y también algo atenta al pelo de Akira, lo que hizo que el chico elevara los ojos un par de veces para verse aquel par de mechones que le caían por la frente, haciendo que sus pendientes le cegaran un par de veces con los destellos que emitían al recibir la luz directa del sol.
Regresando a la conversación, el médico del grupo le explicó con detalle a aquel pequeño hombre de piel bronceada, que solamente querían ayudar. El anciano tenía el color de piel que tenía Akira antes de alistarse en la Marina, y eso le causaba simpatía. Una piel bronceada por el sol solo significaba dos cosas, la primera que era un hombre trabajador, y la segunda que disfrutaba del tiempo que tenía libre. Sin mediar palabra y dejando a su compañero continuar, el joven que ahora estaba de brazos cruzados asentía a cada frase que terminaba Develio. Los chicos habían acudido para ponerle remedio a esa situación que generaba tanto alboroto y malestar. Pero una lucha social no se congela, se va a comer todo el mundo, vuelve… No. Una lucha social continuaba, la gente iba y venía, pero siempre se mantenía alguien, y allí, ahora mismo, no había nadie. Estaban por llegar.
Acompañó al semigigante en aquella reverencia, suplicando que el anciano les diera un poco más de información acerca de aquella “fiebre” que consumía al pueblo—. Yo se lo pido por mi gente y mi familia —fue escueto en su afirmación. Se mantuvo inclinado de cintura, mostrando respeto. Con aquella frase hizo al señor conocedor de que Akira se había criado en aquella isla, y de que no iba a permitir que su gente sufriera el terror provocado por unos maleantes, y mucho menos familia.
Resumen
Karmas

