Autonarrada tier 1 [Un Robo en Baquella]
#1
El sol de Baquella no perdona. Ni a los marineros, ni a las casas encaladas, ni a mí. Su luz cae sobre los tejados naranjas como una lengua ardiente, haciendo brillar el sudor en cada espalda y la sal en cada herida. Desde que llegué a esta isla, siento que el calor me observa, como si quisiera derretir el poco mar que aún llevo dentro, pero el hambre no espera a que caiga la tarde.

La marea estaba baja, y con ella bajaban también las defensas del pueblo. Los pescadores volvían del muelle, arrastrando las redes, y los comerciantes comenzaban a recoger los puestos. Ese era mi momento favorito del día: cuando todos estaban demasiado cansados para vigilar sus bolsillos, y demasiado confiados para sospechar de una muchacha de piel rosada y sonrisa amable.

Ajusté la bufanda roja sobre mi cuello, era mi pequeña armadura de tela, escondiendo la vieja herida que nunca terminó de cerrar y eché un vistazo alrededor. El aire olía a pescado frito, madera húmeda y monedas calientes. Las calles de Baquella eran un laberinto de piedras irregulares, con balcones cargados de flores y ropa colgando como banderas improvisadas. Cada ventana tenía una historia; cada sombra, una oportunidad.

Caminé despacio, deslizándome entre la multitud. Mi andar no hacía ruido: los pies apenas tocaban el suelo, los movimientos eran líquidos, como si aún estuviera bajo el agua. Nadie se fija en un pez cuando todos están mirando la red, el primer paso era observar. Siempre, no se roba con las manos; se roba con los ojos. En una esquina, frente a la taberna del puerto, un hombre de barba espesa reía con la boca llena de ron. Llevaba una chaqueta azul marina, gastada en los codos, y una cadena de oro que brillaba cada vez que se inclinaba hacia atrás. Su bolsa colgaba del cinturón, pesada y mal sujeta.

Demasiado fácil, demasiado obvio, mejor algo más interesante. Seguí mi camino, fingiendo curiosear entre los puestos. El de los mangos, el de las conchas, el de los anzuelos. Las manos de los vendedores olían a sal, y las monedas tintineaban como si el viento las tentara a volar. En el centro de la calle, un grupo de mujeres discutía el precio de un pescado enorme; sus voces eran agudas, y cada palabra rebotaba en las paredes del mercado como una ola pequeña.

Entonces la vi. Una mujer, no mayor, con la piel bronceada por el sol y el andar de quien conoce el mar desde niña. Llevaba una cesta de flores y un bolso de cuero atado al hombro, firme pero no seguro. Su atención estaba puesta en un marinero que la ayudaba a cargar cajas al carrito, y en ese breve cruce de miradas, vi la oportunidad. No era la cartera en sí lo que me interesaba. Era la perfección del momento, el equilibrio exacto entre descuido y confianza. Ese instante en el que el mundo se inclina a mi favor y me basta con respirar para sentir que todo encaja.

Me acerqué. —Bonito día para vender flores, ¿no crees? glup —dije, con la voz dulce y un acento ligero que aprendí de las mujeres del puerto. Ella me miró, distraída, y sonrió sin pensar demasiado. —Sí, aunque el calor las marchita antes del mediodía. — 

—O las vuelve más dulces, según se mire, glup —añadí, fingiendo olfatear un ramo y agachándome justo lo suficiente para rozar la hebilla del bolso con mis dedos. El contacto fue breve. Un toque, una respiraciónm y mis uñas aflojaron el nudo, y la cuerda cedió con un suspiro. Nadie lo notó, nadie lo nota nunca.

Le sonreí, le compré una flor, una sola, blanca y marchita y seguí caminando. El bolso ahora pendía de mi mano, escondido entre los pliegues de mi bufanda. Ligero, de cuero suave, con olor a perfume barato y monedas viejas. El corazón me latía tranquilo, no por nervios, sino por costumbre. Robar, para mí, es como respirar.

Crucé hacia una calle lateral, menos concurrida. Allí, las sombras eran más densas, y el sonido del mar llegaba amortiguado. Me apoyé en una pared y abrí el bolso con cuidado, dentro había unas monedas, un pequeño espejo de bronce y una carta doblada con una cinta azul. Curiosa, la desplegué. La tinta estaba corrida, pero pude leer algunas palabras: “...te esperaré cuando el faro encienda...”

Suspiré, los humanos y sus promesas. Siempre creyendo que el amor sabe nadar. Guardé el espejo porque nunca se sabe cuándo un reflejo puede servir y las monedas. El resto lo dejé en un rincón, junto a una puerta entreabierta. No era el tipo de botín que valiera la pena vender, pero sí lo suficiente para que una ladrona como yo comiera sin remordimientos esa noche.

Seguí caminando. En Baquella, las tardes caen lentas, como si el sol se negara a abandonar el pueblo, el faro, allá en lo alto, comenzaba a teñirse de naranja y con cada paso, sentía cómo la calle respiraba conmigo, el rumor de las voces, el roce de la arena entre las piedras, el aroma del mar que nunca se va del todo. Me detuve frente a un escaparate, era una tienda de anzuelos, con cristales sucios y polvo acumulado. En el reflejo, me vi completa, la piel lila que relucía como conchas mojadas, las branquias que temblaban con el aire cálido, la bufanda roja que cubría la herida en mi cuello. A veces olvido lo que soy hasta que un espejo me lo recuerda.

—Bonita, pero peligrosa —murmuré para mí misma, glup. Una sombra se movió a mi lado, una anciana, pequeña, con los ojos claros y un andar tembloroso, se me acercó con un cesto lleno de panecillos. —¿Tienes hambre, niña?— Por un instante, pensé en mentir, pero el olor del pan recién horneado me desarmó.

—Un poco, glup.— Murmuré en voz baja, pero lo suficientemente alto como para que me entendiera. 

—Toma uno. No parece que hayas comido bien últimamente. — Extendió la mano, y sin pensarlo, lo acepté. Era tibio, suave, dulce. No recordaba la última vez que alguien me había ofrecido algo sin querer nada a cambio.

—Gracias —dije, casi en un susurro y ella sonrió y siguió su camino, desapareciendo entre la multitud entonces me quedé allí un rato, masticando despacio, dejando que el pan me llenara más el alma que el estómago. A veces olvido que el mundo también puede tener gestos pequeños que no se compran ni se roban, pero son tan raros, tan fugaces, que me cuesta creerlos reales.

Cuando terminé, saqué de mi bolsillo una de las monedas del robo, la dejé sobre el mostrador de la tienda cerrada y me marché. No sé si fue remordimiento o costumbre, pero el equilibrio siempre me importa, si el mar me enseña algo, es que nada se toma sin devolver algo a cambio. La noche comenzaba a caer. Las luces del puerto titilaban como luciérnagas, y los marineros cantaban canciones viejas mientras el faro encendía su resplandor, me acerqué a la costa, buscando el sonido del agua.

Allí, en el borde del muelle, me senté. Saqué la flor blanca del bolso, ya casi muerta, y la lancé al mar, flotó un instante antes de hundirse. —Supongo que todos terminamos regresando a donde pertenecemos, glup —murmuré, siguiendo las ondulaciones que se deshacían bajo la luz del faro.

Saqué mi daga y la giré entre los dedos. Su filo capturaba la luz como si bebiera del reflejo del mar, no había sangre ni culpa sobre ella, solo ese brillo mudo que acompaña a los ladrones que saben cuándo parar. El viento trajo consigo risas, voces, pasos en algún lugar, un niño gritaba que había visto un pez rosado saltar entre las sombras, reí por lo bajo, si supieran cuántas veces lo hice de verdad.

Cerré los ojos un momento, respirando el aire salado. En mi mente, oía a mi madre cantar bajo el agua, aquella melodía sin nombre que siempre terminaba justo antes de que el silencio se la tragara. Quise recordarla, pero la memoria es caprichosa, solo me quedó la sensación del movimiento del agua, de su voz perdiéndose entre las corrientes. Me puse de pie porque ya era hora de desaparecer. En Baquella, los guardias de la marina empezaban sus rondas nocturnas, y aunque nunca me habían atrapado, no me apetecía tentar la suerte. Ajusté mi bufanda, aseguré las dagas al cinturón y me mezclé otra vez entre la gente, nadie sospechó, nadie miró dos veces. Eso es lo que más me gusta de los pueblos pequeños, todos creen conocerse, y nadie conoce a la desconocida que pasa flotando entre ellos, cuando llegué al final de la calle, me volví para mirar el faro una última vez. Su luz blanca cortaba la oscuridad como una promesa, quizás aquella mujer de las flores aún esperaba a alguien, quizás la carta que robé terminaría en el mar, igual que yo.

No todas las cosas que se roban se pierden, algunas, simplemente cambian de dueño y son atesoradas por el resto de sus dias. Mientras me alejaba, el eco de las olas se mezcló con mi propio paso, y sentí que el mar volvía a hablarme, no con palabras, sino con ese lenguaje antiguo que solo los gyojin entendemos. Me decía que aún no estaba lista para volver, que la tierra todavía tenía bolsillos que vaciar y yo, como siempre, le creí.

—Hasta mañana, Baquella glup. —

Para el Lector
[Imagen: Yp0arSh.jpeg]
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Autonarrada tier 1 [Un Robo en Baquella] - por Melly Jellyfish - 06-11-2025, 03:54 AM

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