Dia 76 de Otoño - Algún lugar alejado de la Isla Karate
El sol del medio dia bañaba el pueblo con un brillo amable, de esos que calientan la piel sin llegar a molestar. Las calles del poblado Kinami eran tranquilas, los mercaderes voceaban sus frutas frescas, y el aire olía a madera, arroz y entrenamiento. En las afueras del poblado, entre un cinturón de árboles espesos, se alzaba un dojo sencillo, de techo oscuro y muros de bambú, desde donde llegaban a veces ecos rítmicos de golpes y gritos marciales.
El Dojo Sudowoodo, orgullo local. Pero esa mañana, algo había roto la calma.
Una pareja de curiosos extranjeros se aproximaba a dicho poblado, una Kuja, y un Hombre de aspecto aparentemente normal, ambos bastante jóvenes. Por magia del destino habian acabado acercándose a un pueblo que estaba pasando por una tragedia, y estaban a punto de descubrirlo.
Junto al viejo pozo de piedra, en el centro del pueblito, una mujer sollozaba arrodillada, el rostro oculto entre las manos. A su lado, un cartel improvisado y arrugado temblaba con cada bocanada de aire. Las letras torcidas, pintadas a prisa con tinta negra, eran difíciles de no leer:
“MI HIJO HA DESAPARECIDO. OFREZCO 20.000 BERRIES A QUIEN LO ENCUENTRE.”
Al verla, estos dos curiosos personajes se acercaron. La mujer levantó el rostro, húmedo y cansado, con la mirada de quien lleva horas repitiendo la misma súplica.
El cartel en la mano, la voz rota.
-Mi hijo… Haru, tiene doce años -logró decir, intercalando respiraciones cortas- Es karateka, muy bueno, entrena en el dojo Sudowoodo desde pequeño. Ayer no volvió a casa.
Mi marido, Renji, fue a buscarlo esta mañana, pero… -se interrumpió, tragando saliva- aún no ha regresado tampoco...
El murmullo del pueblo se volvió un susurro incómodo. Algunos desviaron la mirada. Otros fingieron no haber escuchado. Un viejo a unos metros masculló, solo audible para quienes tuvieran el oído adecuado, algo sobre “entrenamientos privados” y siguió su camino con prisa.
La mujer se limpió las lágrimas con la manga, alzando el cartel.
-No sé a quién más pedir ayuda… No tengo mucho, solo… esto -sus dedos temblaron sosteniendo el papel, mientras su voz se deshacía- Pero si alguien puede traerlos de vuelta, por favor… por favor, que lo haga... - Terminó la frase señalando la dirección donde se encontraba el misterioso dojo, esperando que los personajes fueran lo suficientemente amables para ayudar.
El silencio cayó como una manta.
Solo el crujir de las hojas en el camino al bosque interrumpía el aire inmóvil.
Los aldeanos evitaban acercarse, aunque todos sabían, en el fondo, a qué lugar se refería la mujer cuando habló del dojo.
No hacía falta decirlo. El rumor ya estaba en el aire. Y el cartel, aún en sus manos, seguía ofreciendo una recompensa suficiente para tentar a cualquiera con hambre… o con conciencia.
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