07-11-2025, 07:47 PM
En la oscuridad de la noche, la monótona voz de Stroud los exortó desde el barco. "¡Contramaestre Gaufrid, déjelos estar, hombre, que no molestan a nadie! Pero si quiere, pruebe echándoles un balde de agua," sugirió. Cualquiera que lo hubiese conocido sabía, pese lo intrínsecamente monótono de aquella voz, que había divertimento en sus palabras. Por una vez, Stroud había salido de su improvisada cabina de navegación, donde se dedicaba a preparar el viaje y a ponerlo todo a punto para la travesía hacia el Grand Line, y se había situado discretamente en cubierta, apoyándose momentáneamente sobre el pasamanos de la popa del Royal Quiver, desde donde contemplaba la escena, taza de café en mano. No llevaba su gorra ni su abrigo. Resultaba difícil saber cuánto llevaba viendo a los dos felinos pelear.
Dejó la taza de café vacía sobre uno de los barriles de a bordo y caminó con pesadez por el tablón, descendiendo al puerto, sujetando una manzana a la que iba propinando suculentos mordiscos mientras se acercaba a los tres Marines. Los tablones de madera parecieron resentirse a su paso. Parecía haberlos pillado por sorpresa, aunque resultaba difícil de creer dada la increíble sensitividad sensorial de los felinos. "Precisamente porque vamos al Grand Line, contramaestre Gaufrid," aclaró, haciendo un ademán con la cabeza hacia el pelirrojo, "más vale que estén listos. Estaban más verdes que un billete de mil berries, un poco de entrenamiento no les va a hacer mal," afirmó. "Cuidado con la precisión de esas flechas, no quieres herir a un tercero," indicó a Moja. "Imaginaos que somos víctima de una emboscada," dijo, alzando una ceja y abriendo ambas manos, "y que cada uno de nosotros tiene que lidiar con un enemigo distinto. ¡O peor aún, que quedamos separados! No sería extraño en caso de naufragio," aseguró. En casos como este, era importante poner sobre la balanza las ventajas y los inconvenientes, y en este caso las primeras superaban con mucho a los segundos. Stroud no había escatimado en mejorar sus dotes como navegante para la travesía hacia el Grand Line, pero tampoco en entrenamiento físico. Cada mañana, al levantarse, sin excepción.
Se aproximó a uno de los muros circundantes, que más bien parecía un montón de viejos ladrillos mal apilados, y se apoyó contra el mismo, comiéndose la manzana con parsimonia, dispuesto para ver transcurrir el resto del entrenamiento. "No vamos a desembarcar, mínimo, en un par de días, tenéis tiempo de sobra para entrenar," sentenció. Aún no había tenido experiencia de combate propiamente dicha con los minks, por lo que le resultaba fascinante contemplar aquello. La forma de luchar de aquellos Marines era interesante, radicalmente distinta a la suya, más allá de diferencias como el uso de una espada o la extrañísima fruta que poseía Moja: a diferencia de él, eran gráciles, rápidos, fluían con facilidad. Se hacía evidente que ambos estaban constantemente a la búsqueda de aperturas, de inflexiones en la postura del oponente, de un descuido, de una oportunidad anatómica. Tenían potencial. Era reconfortante saber que podían contar con luchadores competentes. Sí, estarían bien. Llegarían al Grand Line.
Dejó la taza de café vacía sobre uno de los barriles de a bordo y caminó con pesadez por el tablón, descendiendo al puerto, sujetando una manzana a la que iba propinando suculentos mordiscos mientras se acercaba a los tres Marines. Los tablones de madera parecieron resentirse a su paso. Parecía haberlos pillado por sorpresa, aunque resultaba difícil de creer dada la increíble sensitividad sensorial de los felinos. "Precisamente porque vamos al Grand Line, contramaestre Gaufrid," aclaró, haciendo un ademán con la cabeza hacia el pelirrojo, "más vale que estén listos. Estaban más verdes que un billete de mil berries, un poco de entrenamiento no les va a hacer mal," afirmó. "Cuidado con la precisión de esas flechas, no quieres herir a un tercero," indicó a Moja. "Imaginaos que somos víctima de una emboscada," dijo, alzando una ceja y abriendo ambas manos, "y que cada uno de nosotros tiene que lidiar con un enemigo distinto. ¡O peor aún, que quedamos separados! No sería extraño en caso de naufragio," aseguró. En casos como este, era importante poner sobre la balanza las ventajas y los inconvenientes, y en este caso las primeras superaban con mucho a los segundos. Stroud no había escatimado en mejorar sus dotes como navegante para la travesía hacia el Grand Line, pero tampoco en entrenamiento físico. Cada mañana, al levantarse, sin excepción.
Se aproximó a uno de los muros circundantes, que más bien parecía un montón de viejos ladrillos mal apilados, y se apoyó contra el mismo, comiéndose la manzana con parsimonia, dispuesto para ver transcurrir el resto del entrenamiento. "No vamos a desembarcar, mínimo, en un par de días, tenéis tiempo de sobra para entrenar," sentenció. Aún no había tenido experiencia de combate propiamente dicha con los minks, por lo que le resultaba fascinante contemplar aquello. La forma de luchar de aquellos Marines era interesante, radicalmente distinta a la suya, más allá de diferencias como el uso de una espada o la extrañísima fruta que poseía Moja: a diferencia de él, eran gráciles, rápidos, fluían con facilidad. Se hacía evidente que ambos estaban constantemente a la búsqueda de aperturas, de inflexiones en la postura del oponente, de un descuido, de una oportunidad anatómica. Tenían potencial. Era reconfortante saber que podían contar con luchadores competentes. Sí, estarían bien. Llegarían al Grand Line.

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