07-11-2025, 10:23 PM
El tiempo que tardó el muchacho en procesar sus palabras y encontrar las propias para contestarle, Enji lo ocupó mirando a su alrededor. Se hacía visera con la mano para cubrirse del rayo del sol y tratar de ver en la lejanía algún destello blanco, algún reflejo que sirviera de pista para dar con el paradero de sus ropas. Entre tanto verde, marrón y azúl, no podía ser que un uniforme blanco impoluto se camuflase mucho.
Puestos a lo que podía o no podía ser, estaba seriamente preocupado por la posibilidad de que a sus ropas le salieran piernas y huyesen, conscientes de su reputación.
—¿Ah? ¿Robarme?
Enji se giró de golpe al escucharlo, poniendo su mirada y toda su atención en él. Hasta entonces, la posibilidad de que algun pobre diablo fuera tan idiota como para robarse el uniforme de un marine resonaba lejos de su foco, en lo más profundo de sus menos favorecidas imaginaciones, como un eco. Ese eco acababa de convertirse en un sonoro campanazo.
Se le infló una vena de la frente.
—¿Por dónde se fueron? —preguntó, aunque, por su tono, sonaba más a una órden—. ¿El culo? Pff. Niño, les voy a patear los huevos tan fuerte que sus abuelos se van a tener que fregar por un repentino y terrible ardor en las malditas pelotas. Se van a cagar…
El usual desdén, natural en su persona, se vio sepultado bajo la creciente ansiedad por fumar. El uniforme, aunque importante, no le importaba tanto como el mechero que tenía en su bolsillo. La imposibilidad de encender su cigarrillo, que, resignado, había dejado reposando sobre su oreja derecha, empezaba a crisparle los nervios.
Decidido a encontrar a los malvivientes encaró al horizonte dando pasos amplios, fuertes, mientras la rabia humeaba desde sus orejas.
Al cabo de unos metros, se detuvo, dio la media vuelta y volvió donde el chico haciendo una seguidilla de pasos igual de amplios y fuertes, pero mucho más rápidos.
—¡Vamos! No te quedes atrás, que se supone que eres tú quien sabe dónde están. —Se llevó las manos, cerradas en puños, a la cintura, los brazos en la misma posición que las asas de un jarrón, mientras se inclinaba ligeramente hacia adelante y sobre el muchacho—. ¡Te pagaré luego! ¿O ves alguna billetera en mi bolsillo? ¡Vamos, vamos!
Enji trató de tomar al chico del antebrazo y arrastrarlo con él. Una vez más, siguiendo una dirección que siquiera sabía si era la correcta o no.
Puestos a lo que podía o no podía ser, estaba seriamente preocupado por la posibilidad de que a sus ropas le salieran piernas y huyesen, conscientes de su reputación.
—¿Ah? ¿Robarme?
Enji se giró de golpe al escucharlo, poniendo su mirada y toda su atención en él. Hasta entonces, la posibilidad de que algun pobre diablo fuera tan idiota como para robarse el uniforme de un marine resonaba lejos de su foco, en lo más profundo de sus menos favorecidas imaginaciones, como un eco. Ese eco acababa de convertirse en un sonoro campanazo.
Se le infló una vena de la frente.
—¿Por dónde se fueron? —preguntó, aunque, por su tono, sonaba más a una órden—. ¿El culo? Pff. Niño, les voy a patear los huevos tan fuerte que sus abuelos se van a tener que fregar por un repentino y terrible ardor en las malditas pelotas. Se van a cagar…
El usual desdén, natural en su persona, se vio sepultado bajo la creciente ansiedad por fumar. El uniforme, aunque importante, no le importaba tanto como el mechero que tenía en su bolsillo. La imposibilidad de encender su cigarrillo, que, resignado, había dejado reposando sobre su oreja derecha, empezaba a crisparle los nervios.
Decidido a encontrar a los malvivientes encaró al horizonte dando pasos amplios, fuertes, mientras la rabia humeaba desde sus orejas.
Al cabo de unos metros, se detuvo, dio la media vuelta y volvió donde el chico haciendo una seguidilla de pasos igual de amplios y fuertes, pero mucho más rápidos.
—¡Vamos! No te quedes atrás, que se supone que eres tú quien sabe dónde están. —Se llevó las manos, cerradas en puños, a la cintura, los brazos en la misma posición que las asas de un jarrón, mientras se inclinaba ligeramente hacia adelante y sobre el muchacho—. ¡Te pagaré luego! ¿O ves alguna billetera en mi bolsillo? ¡Vamos, vamos!
Enji trató de tomar al chico del antebrazo y arrastrarlo con él. Una vez más, siguiendo una dirección que siquiera sabía si era la correcta o no.
