08-11-2025, 04:35 PM
Había llegado a la ciudad y no por pura coincidencia, asere; yo venía detrás del dinero, de to’ los berries que pudiera juntar, y a esta altura de la vida ya me importaba un carajo a quién tuviera que dejar sin aliento pa’ conseguirlos. He pasado tanto tiempo persiguiendo monedas que la vergüenza se me perdió hace años; a los sesenta y pico uno aprende que la deuda no espera por la dignidad. Aquí, en Gear, se oyen historias de fábricas abandonadas, esqueletos de hierro y humo que ya no respira, seguro que entre esas chimeneas hay materiales, cacharros y armas que valen más que una promesa escrita. Camino con la guadaña al hombro, el pecho al aire y la sonrisa rota, oliendo el metal como quien busca leña, si hay que pelear, peleo, y si hay que robar, robo, pero que quede claro, compay yo no mato por placer, mato por el fuego que me arde dentro, por esa deuda que ni los dioses quieren cargar.
Poco después de llegar a la ciudad me llegó al oído un cuento raro, una fábrica de venenos y artilugios químicos, coño, de una empresa cuyo nombre ni me interesa recordar. No sé la historia completa, asere, y la verdad me importa un carajo, pero si hay berries ahí dentro, yo me meto hasta la cocina. La gente del barrio me miraba con los ojos pegados, como si yo fuera un bicho raro, ¿será por el color de la piel, o porque ando sin camisa como un pordiosero que se negó a vestir la vergüenza? Óyeme, compay, que me miren todo lo que quieran. Yo camino oliendo el metal y escuchando el rumor de las cosas, y si la fábrica guarda monedas, cacharros o lo que sea que venda por berries, voy pa’ allá con la guadaña al hombro. No voy a fingir valentía donde no la hay, vengo por el fuego que me jodió la vida, por la deuda que no sabe perdonar.
La puerta de adelante estaba bien cerrá y parecía que no había otra entrada que no fuera volar pa’l segundo piso, así que no me lo pensé dos veces, asere, pa’ un humano o pa’ cualquiera sin alas eso hubiese sido un trabalenguas, pero yo todavía tengo las mías, mis alas negras como carbón que me recuerdan a casa, y con ellas me lancé sin ceremonia hacia la segunda planta. No es que presuma, compay, pero uno aprende a usar lo que le queda, ¿tú me entiendes? Me impulsé, abrí una ventana vieja con las plumas rozando el marco y me colé adentro como quien entra a un fogón familiar sin permiso, sin timidez y con la guadaña al hombro, oliendo a polvo y a metal viejo.
Poco después de llegar a la ciudad me llegó al oído un cuento raro, una fábrica de venenos y artilugios químicos, coño, de una empresa cuyo nombre ni me interesa recordar. No sé la historia completa, asere, y la verdad me importa un carajo, pero si hay berries ahí dentro, yo me meto hasta la cocina. La gente del barrio me miraba con los ojos pegados, como si yo fuera un bicho raro, ¿será por el color de la piel, o porque ando sin camisa como un pordiosero que se negó a vestir la vergüenza? Óyeme, compay, que me miren todo lo que quieran. Yo camino oliendo el metal y escuchando el rumor de las cosas, y si la fábrica guarda monedas, cacharros o lo que sea que venda por berries, voy pa’ allá con la guadaña al hombro. No voy a fingir valentía donde no la hay, vengo por el fuego que me jodió la vida, por la deuda que no sabe perdonar.
La puerta de adelante estaba bien cerrá y parecía que no había otra entrada que no fuera volar pa’l segundo piso, así que no me lo pensé dos veces, asere, pa’ un humano o pa’ cualquiera sin alas eso hubiese sido un trabalenguas, pero yo todavía tengo las mías, mis alas negras como carbón que me recuerdan a casa, y con ellas me lancé sin ceremonia hacia la segunda planta. No es que presuma, compay, pero uno aprende a usar lo que le queda, ¿tú me entiendes? Me impulsé, abrí una ventana vieja con las plumas rozando el marco y me colé adentro como quien entra a un fogón familiar sin permiso, sin timidez y con la guadaña al hombro, oliendo a polvo y a metal viejo.
Aclaraciones
