08-11-2025, 06:18 PM
Todavía no se habían despertado ni los pájaros cuando Akira, aún con algo de sueño, abrió un ojo acompañado de un bostezo. La alarma le había sonado y casi de manera instantánea la apagó de un manotazo. No era un chico madrugador, pero la situación era perfecta para despertarse con toda la energía del mundo. Aunque seguía sin entender porqué tan pronto. Tenían entrenamiento en su agenda, podrían haber entrenado en ese momento. Aunque quizá no con la misma libertad, tal vez ese era el motivo por el que estar allí, en el campo de entrenamiento, a tan cortas horas de la mañana. Se levantó, se lavó la cara, y sin apenas darle tiempo a desayunar echó a correr al punto de encuentro mientras todavía se terminaba de poner la camiseta. Si cualquier superior le veía vistiéndose por los pasillos le caería una sanción buena, pero no le quedaba tiempo, habían quedado a las 7am.
Respiró profundamente con los ojos cerrados, sus pulmones se hincharon a su máxima capacidad y se deshincharon lentamente. Mentalmente estaba listo, físicamente le faltaba estirar. De pronto, pudo escuchar aquel retumbar de pasos tranquilos y rítmicos en la lejanía, Develio. Veloz como un rayo atravesó todo el edificio donde dormían y llegó al campo de entrenamiento. Era tan temprano… La isla era calurosa, pero a esas horas se podía apreciar una ligera brisa agradable. Las hojas de los árboles bailaban con suavidad y el cielo, de colores púrpura y naranja empezaba a dejar que se asomara el sol. Era un buen día. Era el día de las tortas.
Los maniquíes de madera se encontraban a la izquierda, el foso de arena para ejercicios de agilidad y combate en terreno inestable a la derecha, y al fondo, un enorme muro de obstáculos de madera y varias cuerdas. Se acercó con calma y decisión al lado de su amigo, que estaba sentado en una piedra del arsenal enorme, y le puso su diminuta mano en la pantorrilla una vez terminó de estirar—. Buenos días amigo, ¿Juan aún no ha llegado? He visto que estabas estirando, ahora me toca a mi… ¿Llevas aquí mucho tiempo? —expresó Akira con curiosidad viendo como la sombra de su amigo casí hacía caer la tarde sobre el campo de entrenamiento. No había llegado tarde, sino en el minuto exacto, y tal y cómo notaba a Develio, él ya llevaba allí varios minutos.
Siguió los pasos de su compañero y se puso a estirar todo el cuerpo, los brazos, las piernas, el cuello. También empezó a mover sus articulaciones para que entraran en calor, las muñecas, los codos, las rodillas, la cadera. Y después, unos pocos saltitos soltando el cuerpo entero—. Nunca he peleado en serio… Soy más de hablar que de llegar a los puños… Mi entrenamiento ha sido el básico que nos dan aquí, en la academia… Aunque a mi estilo de combate creo que le puedo añadir alguna cosilla que he ido aprendiendo, ya sabes… Giros rápidos, impulsos de cadera, de hombro… Siempre he hecho muchos deportes acuáticos, surf, wake, natación, salto… Quizá eso me pueda ayudar a la hora de combatir —le comunicaba a su amigo mientras continuaba con sus estiramientos. A simple vista, estaba combinando el yoga con la calistenia, una forma extraña de poner el cuerpo a punto, pero sorprendentemente era efectiva para Akira.
—Dime Develio, ¿tienes experiencia combatiendo? Los semigigantes se dice que tenéis una fuerza y resistencia envidiables —se acercó para sentarse a su lado. La imagen era graciosa, Akira parecía un chihuahua a su lado, un chihuahua hablador y nervioso. Vio como de la boca de su compañero salía un anillo perfecto de humo con aquel característico olor a mango. Nunca le había llamado la atención fumar, pero aquello que echaba en esa pipa de madera no llegaba a oler mal, de hecho hasta a veces le resultaba agradable. Miró de nuevo al horizonte, notando como el sol ya estaba ascendiendo, y notando aquella ligera brisa fresca en el rostro. Y de pronto, llegó aquel al que se le habían pegado las sábanas, el señor cangrejo, Juan Sebastián.
Respiró profundamente con los ojos cerrados, sus pulmones se hincharon a su máxima capacidad y se deshincharon lentamente. Mentalmente estaba listo, físicamente le faltaba estirar. De pronto, pudo escuchar aquel retumbar de pasos tranquilos y rítmicos en la lejanía, Develio. Veloz como un rayo atravesó todo el edificio donde dormían y llegó al campo de entrenamiento. Era tan temprano… La isla era calurosa, pero a esas horas se podía apreciar una ligera brisa agradable. Las hojas de los árboles bailaban con suavidad y el cielo, de colores púrpura y naranja empezaba a dejar que se asomara el sol. Era un buen día. Era el día de las tortas.
Los maniquíes de madera se encontraban a la izquierda, el foso de arena para ejercicios de agilidad y combate en terreno inestable a la derecha, y al fondo, un enorme muro de obstáculos de madera y varias cuerdas. Se acercó con calma y decisión al lado de su amigo, que estaba sentado en una piedra del arsenal enorme, y le puso su diminuta mano en la pantorrilla una vez terminó de estirar—. Buenos días amigo, ¿Juan aún no ha llegado? He visto que estabas estirando, ahora me toca a mi… ¿Llevas aquí mucho tiempo? —expresó Akira con curiosidad viendo como la sombra de su amigo casí hacía caer la tarde sobre el campo de entrenamiento. No había llegado tarde, sino en el minuto exacto, y tal y cómo notaba a Develio, él ya llevaba allí varios minutos.
Siguió los pasos de su compañero y se puso a estirar todo el cuerpo, los brazos, las piernas, el cuello. También empezó a mover sus articulaciones para que entraran en calor, las muñecas, los codos, las rodillas, la cadera. Y después, unos pocos saltitos soltando el cuerpo entero—. Nunca he peleado en serio… Soy más de hablar que de llegar a los puños… Mi entrenamiento ha sido el básico que nos dan aquí, en la academia… Aunque a mi estilo de combate creo que le puedo añadir alguna cosilla que he ido aprendiendo, ya sabes… Giros rápidos, impulsos de cadera, de hombro… Siempre he hecho muchos deportes acuáticos, surf, wake, natación, salto… Quizá eso me pueda ayudar a la hora de combatir —le comunicaba a su amigo mientras continuaba con sus estiramientos. A simple vista, estaba combinando el yoga con la calistenia, una forma extraña de poner el cuerpo a punto, pero sorprendentemente era efectiva para Akira.
—Dime Develio, ¿tienes experiencia combatiendo? Los semigigantes se dice que tenéis una fuerza y resistencia envidiables —se acercó para sentarse a su lado. La imagen era graciosa, Akira parecía un chihuahua a su lado, un chihuahua hablador y nervioso. Vio como de la boca de su compañero salía un anillo perfecto de humo con aquel característico olor a mango. Nunca le había llamado la atención fumar, pero aquello que echaba en esa pipa de madera no llegaba a oler mal, de hecho hasta a veces le resultaba agradable. Miró de nuevo al horizonte, notando como el sol ya estaba ascendiendo, y notando aquella ligera brisa fresca en el rostro. Y de pronto, llegó aquel al que se le habían pegado las sábanas, el señor cangrejo, Juan Sebastián.

