08-11-2025, 09:07 PM
Los pasos de Enji eran cortos, veloces, y marcaban un ritmo difícil de percibir. Pisaba con fuerza y autoridad, haciéndose notar, pero sus pies, curiosamente, apenas dejaban huella en el suelo. Atraía miradas, pues todo en él llamaba la atención. Era ruidoso, bruto y tenía una manera de moverse que obligaba a los demás a abrir camino o ser desplazados, avanzando con ímpetu. Ardía en sus ojos la decisión, una convicción firme y un objetivo fijo. A corto plazo, encontrar a los malvivientes que habían usurpado su uniforme y hacerles pagar era su religión, su empresa y deber superior. Después, estaba pensando en ir a comer algo y quizá, solo quizá, comprarse de postre algo dulce.
«Hmm, se me antoja una tarta de manzana... Mierda, ¿por qué son tan caras? Debería tener un descuento por ser marine»
Sumido en sus pensamientos, ignoró los primeros forcejeos. Estaba convencido de que iban en la dirección correcta hasta que escuchó mencionar el hospital. Entonces, se detuvo y su agarre se aflojó, liberando el brazo del muchacho.
—¿Ah? ¿Es hacia allá? ¡Pues apresúrate! Estos tipos nos llevan un buen rato de ventaja. ¡Vamos, vamos, vamos! —Ahora detrás del joven, Enji posó ambas manos en su espalda y lo instó a caminar más rápido dándole un empujón constante que pudiera acelerar —a la fuerza—, la cadencia de sus pasos—. ¿Es que no sabes correr? Esos idiotas se nos van a escapar.
Al cabo de unos metros, sin embargo, algo llamó su atención y dejó de empujar a Ryan. Se detuvo en seco, levantó la mirada y cerró sus párpados en una fina línea mientras enfocaba lo que parecía ser su par de botas desparramadas sobre el tejado de un pequeño negocio, y a un viejo tratando de bajarlas golpeándolas con un palo.
—¡Eh! —llamó para detener al sujeto—. ¡Eh, esas son mis botas! ¿Cómo carajos llegaron allí? ¡Eh, viejo de mierda! ¿Qué le haces a mis botas?
Con los ojos en blanco corrió en su dirección, lo bajó de la escalera entre gritos y estrépito, se subió al techo y recuperó sus botas reglamentarias, que se colocó de inmediato pese a verse incluso más ridículo al solo llevar boxers y botas.
—¡Eh, chico! ¿Por qué carajos dejarían mis botas aquí? —gritó, todavía subido al techo, antes de descolgarse de regreso a la calle.
—Pasaron hace un rato —respondió el viejo mientras recogía su escalera. Pese a la pequeña trifulca, estaba más agradecido porque alguien sacara esas botas de su techo que enojado por las formas brutas de Enji—. Un grupito de cuatro, jugaban con unas ropas blancas y uno de ellos arrojó esas botas en mi tejado. Truhanes. No saben lo mal que le hace a la imagen de un negocio.
—Hijos de… ¡Bien! Significa que estamos en el camino correcto. ¡Te sigo, enano!
Se rascó el cuello mientras volvía a caminar detrás del muchacho, con las esperanzas renovadas.
«Hmm, se me antoja una tarta de manzana... Mierda, ¿por qué son tan caras? Debería tener un descuento por ser marine»
Sumido en sus pensamientos, ignoró los primeros forcejeos. Estaba convencido de que iban en la dirección correcta hasta que escuchó mencionar el hospital. Entonces, se detuvo y su agarre se aflojó, liberando el brazo del muchacho.
—¿Ah? ¿Es hacia allá? ¡Pues apresúrate! Estos tipos nos llevan un buen rato de ventaja. ¡Vamos, vamos, vamos! —Ahora detrás del joven, Enji posó ambas manos en su espalda y lo instó a caminar más rápido dándole un empujón constante que pudiera acelerar —a la fuerza—, la cadencia de sus pasos—. ¿Es que no sabes correr? Esos idiotas se nos van a escapar.
Al cabo de unos metros, sin embargo, algo llamó su atención y dejó de empujar a Ryan. Se detuvo en seco, levantó la mirada y cerró sus párpados en una fina línea mientras enfocaba lo que parecía ser su par de botas desparramadas sobre el tejado de un pequeño negocio, y a un viejo tratando de bajarlas golpeándolas con un palo.
—¡Eh! —llamó para detener al sujeto—. ¡Eh, esas son mis botas! ¿Cómo carajos llegaron allí? ¡Eh, viejo de mierda! ¿Qué le haces a mis botas?
Con los ojos en blanco corrió en su dirección, lo bajó de la escalera entre gritos y estrépito, se subió al techo y recuperó sus botas reglamentarias, que se colocó de inmediato pese a verse incluso más ridículo al solo llevar boxers y botas.
—¡Eh, chico! ¿Por qué carajos dejarían mis botas aquí? —gritó, todavía subido al techo, antes de descolgarse de regreso a la calle.
—Pasaron hace un rato —respondió el viejo mientras recogía su escalera. Pese a la pequeña trifulca, estaba más agradecido porque alguien sacara esas botas de su techo que enojado por las formas brutas de Enji—. Un grupito de cuatro, jugaban con unas ropas blancas y uno de ellos arrojó esas botas en mi tejado. Truhanes. No saben lo mal que le hace a la imagen de un negocio.
—Hijos de… ¡Bien! Significa que estamos en el camino correcto. ¡Te sigo, enano!
Se rascó el cuello mientras volvía a caminar detrás del muchacho, con las esperanzas renovadas.
