10-11-2025, 03:49 PM
— ¿Por qué soy médica, eh? Curiosa pregunta —repetí, como si la pregunta me hubiese pillado en medio de un pensamiento lejano. En realidad necesitaba bastante tiempo para responder, pues necesitaba tiempo para poner en orden todas las ideas y la marea de pensamientos que me subió hasta la cabeza. Le pasé la manzana en un inicio, con cierta calma, en un tiro directo hacia la mano buena. Solo esperaba que recordase bien lo que le había dicho: no mover la mano, sobre todo en los próximos minutos, al menos hasta que el sangrado parase—. Supongo que por lo mismo que un carpintero repara una mesa rota. Porque no soporto ver algo que podría funcionar, roto —era una respuesta bastante directa, certera dentro de una similitud que él pudiera llegar a entender, aunque no abarcaba toda la verdad—; así que digamos que soy médica porque me preocupo por la gente. Aunque supongo que va más allá: no es que me preocupe por la gente porque sea médica. Es que si no me preocupara, tampoco sabría bien quién soy yo.
Volví al borde de la camilla. Estaba preparada para todo tipo de alturas, así que a mí se me hacía casi como un campo de combate. Dejé las piernas colgando en el aire. Me quedé a la altura de su codo, más o menos, con el cuerpo ligeramente ladeado en dirección a su cabeza, y entonces sonreí tras todo el proceso de curación, de esas que uno esboza cuando sabe que la vida lo ha golpeado demasiado como para fingir inocencia—. Aunque esto me hace tener a mí una cuestión para ti: si tu familia se dedica a la tanatopraxia, ¿cómo es que no has acabado dedicándote a algún campo de la medicina? Algo más… biológico. Sin tener que ser específicamente tanatopraxia o medicina —pues incluso podría llegar a ser más un cirujano, curandero, toxicólogo tal vez. Al fin y al cabo todos esos campos, de alguna forma, estaban relacionados con los de su familia. Un tanatopractor, según sabía, no se limitaba a las ceremonias, sino también al mantenimiento de un cuerpo post mortem y eso, a mi juicio, era un procedimiento incluso más complejo que el de un médico. Mantener con vida a un cuerpo vivo, era sencillo. Que un cuerpo muerto parezca con vida… no suena sencillo.
— Ah, y no uses la mano —añadí con un tono travieso, como quien recuerda un castigo leve pero firme. Se le estaban viendo las intenciones tan solo con las preguntas—. Si te atreves a tocar una herramientas antes de que tu mano te lo permita, iré a buscarte, aunque tengas que enfrentarte a una tontatta furiosa con un bisturí en la mano. Créeme, no quieres ver eso —reí a carcajada limpia, pues en medio del regaño, había una profunda broma, así que tras eso me limité a aclararle ciertos aspectos—. Utiliza la mano contraria: obtendrás más fuerza en el brazo contrario. Hablaré con el capitán para que mande a alguien a ayudarte, incluso si soy yo misma la encargada de ello —pues en este caso había una prioridad clara: salvar la movilidad de su mano. Por fortuna en el Crimson Stage somos un equipo y ante el llamado de uno, el resto acude para socorrer.
No tenía claro si era el aburrimiento o la desesperación de tener que estar sin mover la mano lo que le impulsaba a hacer tantas cuestiones sobre mi vida, sobre todo preguntas tan estrictamente filosóficas. Extendí ambas manos, como pidiendo un trozo de manzana como ellas. La siguiente pregunta era tan fácil como difícil—. ¿Qué me ha impulsado? Esa es nueva. Mi abuelo fue médico de guerra. Mi madre es curandera. He crecido escuchando las historias de uno y viendo el trabajo de la otra. ¿Cómo no iba a impulsarme algo así, una labor tan impresionante? —expliqué, bajando un poco la mirada ante el recuerdo de mi familia. Tantos años sin saber de ellos… en el fondo deseaba volver a verlos pero no sin ser antes una médica de renombre—. Me gustaba la idea de arreglar lo que otros rompían, una forma de sentir que puedo compensar el daño y equilibrar la balanza. Pero con el tiempo, la medicina dejó de ser una forma de salvar a otros y se convirtió en una forma de salvarme a mí misma —lo dije sin dramatismo, con esa calma que nace del que ya ha llorado bastante. Ashwin. Luego alcé la vista hacia él, volviendo a sonreír—. Pero no me malinterpretes, también me gusta mi oficio. Curar es lo único que tiene sentido cuando la esperanza desaparece cuando la muerte acecha.
Volví al borde de la camilla. Estaba preparada para todo tipo de alturas, así que a mí se me hacía casi como un campo de combate. Dejé las piernas colgando en el aire. Me quedé a la altura de su codo, más o menos, con el cuerpo ligeramente ladeado en dirección a su cabeza, y entonces sonreí tras todo el proceso de curación, de esas que uno esboza cuando sabe que la vida lo ha golpeado demasiado como para fingir inocencia—. Aunque esto me hace tener a mí una cuestión para ti: si tu familia se dedica a la tanatopraxia, ¿cómo es que no has acabado dedicándote a algún campo de la medicina? Algo más… biológico. Sin tener que ser específicamente tanatopraxia o medicina —pues incluso podría llegar a ser más un cirujano, curandero, toxicólogo tal vez. Al fin y al cabo todos esos campos, de alguna forma, estaban relacionados con los de su familia. Un tanatopractor, según sabía, no se limitaba a las ceremonias, sino también al mantenimiento de un cuerpo post mortem y eso, a mi juicio, era un procedimiento incluso más complejo que el de un médico. Mantener con vida a un cuerpo vivo, era sencillo. Que un cuerpo muerto parezca con vida… no suena sencillo.
— Ah, y no uses la mano —añadí con un tono travieso, como quien recuerda un castigo leve pero firme. Se le estaban viendo las intenciones tan solo con las preguntas—. Si te atreves a tocar una herramientas antes de que tu mano te lo permita, iré a buscarte, aunque tengas que enfrentarte a una tontatta furiosa con un bisturí en la mano. Créeme, no quieres ver eso —reí a carcajada limpia, pues en medio del regaño, había una profunda broma, así que tras eso me limité a aclararle ciertos aspectos—. Utiliza la mano contraria: obtendrás más fuerza en el brazo contrario. Hablaré con el capitán para que mande a alguien a ayudarte, incluso si soy yo misma la encargada de ello —pues en este caso había una prioridad clara: salvar la movilidad de su mano. Por fortuna en el Crimson Stage somos un equipo y ante el llamado de uno, el resto acude para socorrer.
No tenía claro si era el aburrimiento o la desesperación de tener que estar sin mover la mano lo que le impulsaba a hacer tantas cuestiones sobre mi vida, sobre todo preguntas tan estrictamente filosóficas. Extendí ambas manos, como pidiendo un trozo de manzana como ellas. La siguiente pregunta era tan fácil como difícil—. ¿Qué me ha impulsado? Esa es nueva. Mi abuelo fue médico de guerra. Mi madre es curandera. He crecido escuchando las historias de uno y viendo el trabajo de la otra. ¿Cómo no iba a impulsarme algo así, una labor tan impresionante? —expliqué, bajando un poco la mirada ante el recuerdo de mi familia. Tantos años sin saber de ellos… en el fondo deseaba volver a verlos pero no sin ser antes una médica de renombre—. Me gustaba la idea de arreglar lo que otros rompían, una forma de sentir que puedo compensar el daño y equilibrar la balanza. Pero con el tiempo, la medicina dejó de ser una forma de salvar a otros y se convirtió en una forma de salvarme a mí misma —lo dije sin dramatismo, con esa calma que nace del que ya ha llorado bastante. Ashwin. Luego alcé la vista hacia él, volviendo a sonreír—. Pero no me malinterpretes, también me gusta mi oficio. Curar es lo único que tiene sentido cuando la esperanza desaparece cuando la muerte acecha.
