11-11-2025, 02:15 AM
El suelo retumbó bajo las zancadas del oso. Cada paso levantaba brasas y ceniza, y el aire se llenaba del hedor del pelo chamuscado. La bestia, con el lomo aún envuelto en fuego, embistió con furia ciega hacia Heras, que permanecía firme, con los pies hundidos en la tierra y los brazos alzados sobre la cabeza, preparado para cazar al monstruo en pleno salto.
El rubio, jadeante, se movía rápido entre los restos del festival. Sus ojos, brillando con determinación, se fijaron en algo entre los escombros: una soga, ennegrecida pero aún entera. La alzó y la agitó para que los demás la vieran.
Mientras tanto, Runin ya se había puesto en marcha. Siguiendo las indicaciones de Ryota, corrió hacia el punto donde todo había comenzado, esquivando tablones y brasas. Allí, encontró restos de carne desperdigados, y sin pensarlo dos veces, se untó un poco con ellos. Tomó una cantimplora caída y, con un salto ágil, se impulsó hacia la zona del combate. El peso pluma la llevó por el aire como una sombra veloz; a medio vuelo, lanzó su pareo empapado directamente sobre el lomo del oso, intentando apagar parte de las llamas, buscando desviar su atención de Heras.
El pareo humeó al contacto con el pelaje ardiente, y el animal se estremeció, emitiendo un gruñido seco, confundido entre el dolor y la sorpresa. Por un momento, sus movimientos se volvieron erráticos, como si no supiera a cuál de todos atacar primero.
Entonces, sobre el crepitar del fuego, se oyó algo completamente fuera de lugar.
Ryota avanzaba al trote, con Liora a la espalda, sosteniendo ambos un trozo de carne. El joven comenzó a cantar con voz firme y tono solemne. La melodía, rota por el humo y los gritos, resonó con una ternura ridícula en medio del caos. Liora, con el rostro rojo de vergüenza, alzó la carne y, resignada, se unió a la canción con voz temblorosa.
El resultado fue tan absurdo que incluso el viento pareció detenerse. El oso, a medio salto hacia Heras para continuar su épica batalla, se frenó en seco. Su enorme cabeza giró lentamente hacia la fuente del canto. Sus orejas se movieron, intentando comprender el insólito espectáculo frente a él.
Por un instante, la bestia permaneció inmóvil, mirando a Ryota y Liora con una mezcla de desconcierto y extrañeza. Gruñó bajo, como si no entendiera si aquello era una amenaza, una burla o simplemente una locura. El fuego chispeó sobre su piel ennegrecida, pero el rugido no llegó. En su lugar, soltó un resoplido pesado, tambaleante, mientras su mirada vacía parecía buscar sentido a lo que escuchaba.
Quizás era el golpe de Heras en su cabeza, que lo había hecho alucinar. Quizás el agotamiento, el humo o el dolor. O tal vez, de algún modo, la canción había hecho lo imposible.
Fuera cual fuera la razón, el oso se quedó quieto por un instante. El aire se tensó, el fuego crepitó entre sus patas, y durante unos breves segundos, el mundo pareció contener el aliento.
Era una apertura perfecta. Una pausa imposible, nacida del desconcierto. Y los cinco lo sabían, aquel instante, efímero como una exhalación, podía decidir el destino de todos.
El rubio, jadeante, se movía rápido entre los restos del festival. Sus ojos, brillando con determinación, se fijaron en algo entre los escombros: una soga, ennegrecida pero aún entera. La alzó y la agitó para que los demás la vieran.
Mientras tanto, Runin ya se había puesto en marcha. Siguiendo las indicaciones de Ryota, corrió hacia el punto donde todo había comenzado, esquivando tablones y brasas. Allí, encontró restos de carne desperdigados, y sin pensarlo dos veces, se untó un poco con ellos. Tomó una cantimplora caída y, con un salto ágil, se impulsó hacia la zona del combate. El peso pluma la llevó por el aire como una sombra veloz; a medio vuelo, lanzó su pareo empapado directamente sobre el lomo del oso, intentando apagar parte de las llamas, buscando desviar su atención de Heras.
El pareo humeó al contacto con el pelaje ardiente, y el animal se estremeció, emitiendo un gruñido seco, confundido entre el dolor y la sorpresa. Por un momento, sus movimientos se volvieron erráticos, como si no supiera a cuál de todos atacar primero.
Entonces, sobre el crepitar del fuego, se oyó algo completamente fuera de lugar.
Ryota avanzaba al trote, con Liora a la espalda, sosteniendo ambos un trozo de carne. El joven comenzó a cantar con voz firme y tono solemne. La melodía, rota por el humo y los gritos, resonó con una ternura ridícula en medio del caos. Liora, con el rostro rojo de vergüenza, alzó la carne y, resignada, se unió a la canción con voz temblorosa.
El resultado fue tan absurdo que incluso el viento pareció detenerse. El oso, a medio salto hacia Heras para continuar su épica batalla, se frenó en seco. Su enorme cabeza giró lentamente hacia la fuente del canto. Sus orejas se movieron, intentando comprender el insólito espectáculo frente a él.
Por un instante, la bestia permaneció inmóvil, mirando a Ryota y Liora con una mezcla de desconcierto y extrañeza. Gruñó bajo, como si no entendiera si aquello era una amenaza, una burla o simplemente una locura. El fuego chispeó sobre su piel ennegrecida, pero el rugido no llegó. En su lugar, soltó un resoplido pesado, tambaleante, mientras su mirada vacía parecía buscar sentido a lo que escuchaba.
Quizás era el golpe de Heras en su cabeza, que lo había hecho alucinar. Quizás el agotamiento, el humo o el dolor. O tal vez, de algún modo, la canción había hecho lo imposible.
Fuera cual fuera la razón, el oso se quedó quieto por un instante. El aire se tensó, el fuego crepitó entre sus patas, y durante unos breves segundos, el mundo pareció contener el aliento.
Era una apertura perfecta. Una pausa imposible, nacida del desconcierto. Y los cinco lo sabían, aquel instante, efímero como una exhalación, podía decidir el destino de todos.
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