11-11-2025, 03:21 AM
Lo que salió detrás de mí fue una sorpresa pequeña y asquerosamente eficaz: el bicho que había osado pegarme en la cola se enroscó alrededor de mi cuello como una víbora de juguete, apretando con la terquedad de quien sabe que un abrazo bien colocado puede desconcertar al más grande. Al principio noté la presión como un roce frío que se hacía insistente; la respiración se volvió un poco más trabajosa, pero no era nada que me obligara a humillarme o a suplicar. Apoyé la barbilla con esa mezcla de desdén y curiosidad que siempre me acompaña cuando no quiero que me interrumpan el juego, y dejé que el animalillo hiciera su pequeño acto de valor. Podía oír sus patitas arañando la carne de mi cuello, el ruido mínimo y decidido de su respiración, y hasta sentir el calor de su cuerpo diminuto contrayéndose; todo eso, en vez de enfurecerme, me pareció ridículamente entretenido. No hice el menor esfuerzo por arrancarlo de allí con violencia; sabía que si tiraba con fuerza podría romperle algo, y me agradaba más observar las consecuencias que infligirlas como castigo sin sentido. Además, existía un placer perverso en la espera: dejar que mis atacantes se acercaran convencidos de tener ventaja y luego recordarles lo equivocados que estaban cuando yo decido moverse. Mi voz aguda, apenas un susurro cruel, salió entre dientes. -Si queréis jugar, jugad de verdad-uo.- Y la frase flotó como una invitación y una amenaza a la vez. Sentí la mirada de los demás sobre mi, y eso me dio más razones para no precipitarme. Mis protuberancias se tensaron bajo la piel azul como cuerdas afinándose, la cola latió con la calma de un tambor distante, y aunque la carne de mi garganta protestó en un pequeño quejido, la mente se mantuvo clara y afilada.
Pude ver como aquella gigantona se levantaba torpemente, el suelo tembló ligeramente bajo su peso, y ese sonido sordo de pies grandes arrastrándose por la tierra me hizo sonreír. La gigantona volvía a intentarlo. Era casi enternecedor ver cómo insistía. En un parpadeo, sus brazos enormes me rodearon desde atrás, aplastándome el pecho con una fuerza desmedida, como si quisiera romperme o aprisionarme de una vez. Su respiración era ruda, temblorosa, y pude escuchar el rechinar de sus dientes a pocos centímetros de mi oreja. Sentí su piel caliente contrastando con la mía, fría y lisa como la de una criatura marina, y por un instante me imaginé que creía tenerme bajo control. La ilusión de los débiles siempre es bonita antes de romperla. Giré mi cabeza despacio sobre mi propio cuello, sin prisas, dejando que mi sonrisa tonta se estirara hasta lo grotesco. Mis ojos rojos se clavaron en los suyos, llenos de un esfuerzo inútil y algo de miedo reprimido. Quise que lo sintiera, que comprendiera que no servía de nada. Con un leve movimiento de mis hombros y un impulso de mi torso, abrí los brazos, rompiendo su agarre con la facilidad con la que se aparta una red vieja. Los músculos de mi espalda se contrajeron, y escuché un crujido en sus muñecas mientras la apartaba, empujándola con la ligereza de quien se sacude el polvo. Ella retrocedió, tambaleante, y creí identificar en sus ojos una mezcla de sorpresa e impotencia. Yo me quedé quieto, de pie, erguido, dejando que mi sombra la cubriera. -No eres rival para mí… ni aunque quisieras, mujer-uo.- Murmuré con esa voz aguda y burlona que retumbó más fuerte de lo que esperaba. Mi cola serpenteó tras de mí, marcando el ritmo de mi respiración entrecortada por el bicho que me apretaba. La miré una vez más, ladeando la cabeza como un niño aburrido con su juguete roto, esperando a ver si tenía el valor de atacarme otra vez, aunque en el fondo sabía que ya estaba vencida.
Giré lentamente la cabeza, todavía con esa satisfacción tonta dibujada en mis labios. El aire se había vuelto más denso, cargado con la tensión del momento, y mis ojos rojos se clavaron en el mink leopardo que se acercaba con una espada en la mano, la hoja amenazandome como una promesa de violencia. Se movía con agilidad, eso no podía negarlo, su cuerpo felino parecía fluir entre los pasos con una elegancia que contrastaba con la torpeza de la gigantona. Me relamí el labio inferior con cierta expectación, dejando que la sonrisa se ensanchara hasta volverse grotesca, una mueca llena de confianza y provocación. Lo esperé quieto, con los brazos a medio abrir, el pecho adelantado y la cabeza ladeada, como si lo invitara a intentar algo que sabía que no funcionaría. Sin embargo, antes de ver que haría el mink, sentí el aire cortarse entre nosotros, un silbido limpio y fugaz, y luego el golpe seco en mi mandíbula. Fue un destello, un instante en el que todo se comprimió en un dolor punzante y breve. Escuché el crujido de mi propio colmillo al partirse, una vibración que resonó hasta el fondo de mi cráneo. Instintivamente, mi lengua buscó el hueco, sintiendo el sabor metálico de la sangre mezclado con saliva. El dolor no fue nada insoportable, más bien una molestia, una picadura de orgullo. Me quedé quieto, sin retroceder ni un paso, dejando que la sangre cayera por la comisura de mis labios. Mi sonrisa no se borró, al contrario, se hizo más amplia, más torcida. La vibración del golpe aún zumbaba en mis huesos, pero lo único que sentía realmente era una mezcla de furia contenida y entusiasmo infantil. Apreté los puños, la cola se movía lenta y pesada detrás de mí, marcando el ritmo de mi respiración. No estaba derrotado. Ni siquiera estaba herido de verdad. Ese colmillo perdido era un precio insignificante por el placer de un buen enfrentamiento.
Hice un amago de hablar, dejando que la frase mordiera el aire como quien tortura una carcajada, cuando un silbido agudo cortó mi voz y sentí algo chocar contra mi ojo derecho; lo cerré de inmediato como si una piedrita traviesa se hubiera incrustado en mi pupila, un picor seco que no llegó a ser insoportable pero sí lo bastante molesto como para fruncir el ceño y escupir un juramento agudo. El mundo se volvió borroso un segundo, la luz se partió en astillas en mi cabeza. Palpé mi cara con la mano temblona y noté calor, una línea roja que corría desde la esquina del ojo hacia la mejilla, mezcla de sangre y rabia en un mismo trazo. A pesar del golpe, no hice más gesto de protección. Abrí los brazos otra vez con la indiferencia de quien ofrece el pecho a una tormenta solo para comprobar si la lluvia tiene talento. -Sigo sin moverme del sitio-uo.- Declaré, dejando que mi voz aguda se estirara como un látigo; me encantaba ver cómo sus caras se torcían buscando respuesta y no encontrando más que mi calma burlona. -Mirad si sois débiles que os he dejado que me atacarais y no habéis hecho nada-uo…- Dije, saboreando cada palabra como quien muele sal entre los dedos, y noté cómo la furia se hacía juguetona en mi interior, pícara y orgullosa. -¿Este es vuestro nivel? ¿Así queríais llegar al Grand Line-uo?- Pregunté, con esa sonrisa tonta que se abre cuando veo a alguien creerse más listo de lo que es. La idea me divertía tanto que sentí ganas de aplaudir. Di un paso hacia adelante, acercando la sombra de mi cuerpo como si fuera a reasignarles roles. -Depredador versus presas. ¡UOUOUOUOUO! ¡Vais a ser mi comida hoy-uo!- Grité, divertido, dispuesto a ver quién tenía el valor de intentarlo de verdad en lugar de esconderse tras palabras y plumas.
Pude ver como aquella gigantona se levantaba torpemente, el suelo tembló ligeramente bajo su peso, y ese sonido sordo de pies grandes arrastrándose por la tierra me hizo sonreír. La gigantona volvía a intentarlo. Era casi enternecedor ver cómo insistía. En un parpadeo, sus brazos enormes me rodearon desde atrás, aplastándome el pecho con una fuerza desmedida, como si quisiera romperme o aprisionarme de una vez. Su respiración era ruda, temblorosa, y pude escuchar el rechinar de sus dientes a pocos centímetros de mi oreja. Sentí su piel caliente contrastando con la mía, fría y lisa como la de una criatura marina, y por un instante me imaginé que creía tenerme bajo control. La ilusión de los débiles siempre es bonita antes de romperla. Giré mi cabeza despacio sobre mi propio cuello, sin prisas, dejando que mi sonrisa tonta se estirara hasta lo grotesco. Mis ojos rojos se clavaron en los suyos, llenos de un esfuerzo inútil y algo de miedo reprimido. Quise que lo sintiera, que comprendiera que no servía de nada. Con un leve movimiento de mis hombros y un impulso de mi torso, abrí los brazos, rompiendo su agarre con la facilidad con la que se aparta una red vieja. Los músculos de mi espalda se contrajeron, y escuché un crujido en sus muñecas mientras la apartaba, empujándola con la ligereza de quien se sacude el polvo. Ella retrocedió, tambaleante, y creí identificar en sus ojos una mezcla de sorpresa e impotencia. Yo me quedé quieto, de pie, erguido, dejando que mi sombra la cubriera. -No eres rival para mí… ni aunque quisieras, mujer-uo.- Murmuré con esa voz aguda y burlona que retumbó más fuerte de lo que esperaba. Mi cola serpenteó tras de mí, marcando el ritmo de mi respiración entrecortada por el bicho que me apretaba. La miré una vez más, ladeando la cabeza como un niño aburrido con su juguete roto, esperando a ver si tenía el valor de atacarme otra vez, aunque en el fondo sabía que ya estaba vencida.
Giré lentamente la cabeza, todavía con esa satisfacción tonta dibujada en mis labios. El aire se había vuelto más denso, cargado con la tensión del momento, y mis ojos rojos se clavaron en el mink leopardo que se acercaba con una espada en la mano, la hoja amenazandome como una promesa de violencia. Se movía con agilidad, eso no podía negarlo, su cuerpo felino parecía fluir entre los pasos con una elegancia que contrastaba con la torpeza de la gigantona. Me relamí el labio inferior con cierta expectación, dejando que la sonrisa se ensanchara hasta volverse grotesca, una mueca llena de confianza y provocación. Lo esperé quieto, con los brazos a medio abrir, el pecho adelantado y la cabeza ladeada, como si lo invitara a intentar algo que sabía que no funcionaría. Sin embargo, antes de ver que haría el mink, sentí el aire cortarse entre nosotros, un silbido limpio y fugaz, y luego el golpe seco en mi mandíbula. Fue un destello, un instante en el que todo se comprimió en un dolor punzante y breve. Escuché el crujido de mi propio colmillo al partirse, una vibración que resonó hasta el fondo de mi cráneo. Instintivamente, mi lengua buscó el hueco, sintiendo el sabor metálico de la sangre mezclado con saliva. El dolor no fue nada insoportable, más bien una molestia, una picadura de orgullo. Me quedé quieto, sin retroceder ni un paso, dejando que la sangre cayera por la comisura de mis labios. Mi sonrisa no se borró, al contrario, se hizo más amplia, más torcida. La vibración del golpe aún zumbaba en mis huesos, pero lo único que sentía realmente era una mezcla de furia contenida y entusiasmo infantil. Apreté los puños, la cola se movía lenta y pesada detrás de mí, marcando el ritmo de mi respiración. No estaba derrotado. Ni siquiera estaba herido de verdad. Ese colmillo perdido era un precio insignificante por el placer de un buen enfrentamiento.
Hice un amago de hablar, dejando que la frase mordiera el aire como quien tortura una carcajada, cuando un silbido agudo cortó mi voz y sentí algo chocar contra mi ojo derecho; lo cerré de inmediato como si una piedrita traviesa se hubiera incrustado en mi pupila, un picor seco que no llegó a ser insoportable pero sí lo bastante molesto como para fruncir el ceño y escupir un juramento agudo. El mundo se volvió borroso un segundo, la luz se partió en astillas en mi cabeza. Palpé mi cara con la mano temblona y noté calor, una línea roja que corría desde la esquina del ojo hacia la mejilla, mezcla de sangre y rabia en un mismo trazo. A pesar del golpe, no hice más gesto de protección. Abrí los brazos otra vez con la indiferencia de quien ofrece el pecho a una tormenta solo para comprobar si la lluvia tiene talento. -Sigo sin moverme del sitio-uo.- Declaré, dejando que mi voz aguda se estirara como un látigo; me encantaba ver cómo sus caras se torcían buscando respuesta y no encontrando más que mi calma burlona. -Mirad si sois débiles que os he dejado que me atacarais y no habéis hecho nada-uo…- Dije, saboreando cada palabra como quien muele sal entre los dedos, y noté cómo la furia se hacía juguetona en mi interior, pícara y orgullosa. -¿Este es vuestro nivel? ¿Así queríais llegar al Grand Line-uo?- Pregunté, con esa sonrisa tonta que se abre cuando veo a alguien creerse más listo de lo que es. La idea me divertía tanto que sentí ganas de aplaudir. Di un paso hacia adelante, acercando la sombra de mi cuerpo como si fuera a reasignarles roles. -Depredador versus presas. ¡UOUOUOUOUO! ¡Vais a ser mi comida hoy-uo!- Grité, divertido, dispuesto a ver quién tenía el valor de intentarlo de verdad en lugar de esconderse tras palabras y plumas.
RESUMEN
BÉLICO
SIGUIENTE TURNO
