11-11-2025, 11:45 AM
La velocidad con la que actuaron dejó atónitos a todos los ciudadanos que se encontraban en la plaza. Tanto el anciano como los pescadores y algún que otro niño que estaba por ahí jugando habían estado observando con preocupación la situación: los alborotadores amenazando y la marina y aquella cazadora dispuestos a defender la isla. Era una escena de película. El silencio de las voces se había hecho con la plaza para dejar entrar el torbellino de gritos y chasquidos de metales de aquella batalla campal. Y aunque a simple vista parecía que iba a llevar su tiempo terminar con aquel desmadre, no duró ni diez segundos.
Akira ya habiendo acabado con su parte, se giró para comprobar el estado de sus compañeros. Por un lado, Juan había acabado con los suyos, pudiendo diferenciarlo en la lejanía como tenía uno agarrado del cuelo y lo dejaba caer. Por otro, su compañera cazadora a base de patadas y cabezazos también había conseguido noquearlos a todos, mostrando el pulgar nada más terminar, un gesto que Akira le devolvió con gusto. Y, por último, el ariete de carne y hueso solo con su tamaño asustaba, levantando el puño había conseguido que incluso alguno se desmayara de miedo. Hacían buen equipo.
De pronto y de manera instantánea, tanto el anciano como los niños y los pescadores comenzaron con los vítores hacia aquel pequeño grupo que había conseguido acabar con aquellos maleantes. Gritos y palabras de agradecimiento, ojos iluminados de ilusión por parte de los niños, sentimiento de esperanza y liberación por parte de los adultos. Habían conseguido que aquella zona quedara libre de vándalos y delincuentes. Pero no para siempre. Akira recordó las palabras de aquel que parecía el líder de aquellos que creían piratas, mencionando a su “jefe”, por lo que sabía que había más, muchos más, y una cabeza pensante detrás de todos ellos.
—¡LA JUSTICIA CON MANO DURA! ¡SOMOS LA MARINA Y LA MISIÓN DE LA MARINA ES DEFENDER Y PROTEGER A LA GENTE BUENA! —gritó con el puño en alto, consiguiendo que la gente se volviera aún más loca con los vítores. El rubio lo estaba disfrutando. No solo le gustaba ayudar a la gente y acabar con el mal de las calles, sino que las palabras de agradecimiento y aquel positivismo que habían conseguido transmitir al resto entre los cuatro le hacía sentirse orgulloso. No podía borrar la sonrisa del rostro.
Había sido un abrir y cerrar de ojos, todos habían entendido a la perfección que debían hacer y lo habían conseguido exitosamente. Tanto que hasta a Akira se le pasó por la cabeza el intentar animar a Cinder que se uniera a ellos. Quizá ella no se acordaba de él, pero habían colaborado anteriormente a encerrar a aquel “hombre del saco”, y con esta nueva actuación por parte de la humink, pensó que en su interior lo que buscaba era hacer el bien, y quizá había acabado dedicándose a la caza de piratas de manera independiente porque, tal vez, y solo tal vez, no había encontrado el grupo adecuado de marines—. Bueno, ¿qué, amiga? ¿Te animas? Siempre viene bien tener alguien que pelee cómo tú y que luche por lo que es correcto. Quizá no te acuerdes de mí, igual por el uniforme… Iba en bañador y con un cóctel en la mano, pero atrapamos al “hombre del saco” y desde ese momento te vi potencial dentro de la Marina. Lo que no me iba a imaginar era que coincidiéramos tan pronto en una misión. Creo que los cuatro haríamos un gran equipo —le dijo a la humink intentando ser captador de su atención.
Akira ya conocía cómo trabajaba aquella mujer y sin duda, siempre había resultado ser eficiente en lo que hacía. No la conocía mucho, pero lo que sí sabía era que no era mala gente. Le estrechó la mano—. Cualquier cosa, ya sabes que vivimos en el cuartel. No sé por qué te habrás vuelto cazadora, pero si es por dinero, en la Marina tenemos un sueldo mensual, siempre un plato caliente y una cama cómoda. Se que muchos compañeros no son parte del cuerpo por vocación, sino por necesidad, pero creo después de esta pequeña aventura también has llegado a sentir ese orgullo por hacer el bien. Encajarías bien con nosotros.
Se giró con sus compañeros y le levantó la mano a Juan Sebastián para que le chocara con la que no tenía pinza—. ¡El mejor equipo, compañero, menudas pinzas tienes en los pies, y yo que pensaba que la única peligrosa era la grande! ¡Cómo has cogido el palo y se lo has estampado! ¡Y los cabezazos, menudos cabezazos! —intentó ahora animar a Develio dando saltos para que notara que se dirigía hacia él, parecía una araña saltarina a su lado—. ¡Qué embestida Dev, los has lanzado por los aires! ¡Estaban tan cagados de miedo solo de verte correr hacia ellos! ¡Impresionante! —y después vio que el anciano se les acercaba con paso decidido mientras iba agradeciéndoles con gestos su valentía y su actuación.
Le entregó al semigigante una carta que uno de los jóvenes pescadores había sacado del bolsillo del bocazas de aquella turba agresiva. Develio se encontraba ahora mismo revisando las constantes vitales de los que yacían en el suelo, y aunque a mucha gente le hubiera parecido incorrecto, a Akira no. No le gustaba que la gente muriese, menos si se podía hacer algo, y era seguramente la mentalidad de su compañero. Alguien muerto en combate hubiera sido por una inconsciencia, pero ellos eran marines, no jueces, y dictar sentencia era algo que todavía se le escapada de las manos. No quería decir que fuera incapaz de matar, pero si podía iba a evitarlo. Vio como su compañero leyó la carta con rapidez y se la entregó a Akira, que era el que tenía más cerca, quien la leyó en voz alta para el resto de sus compañeros mientras dejaba que Develio continuara con sus labores de médico.
—Este bocachancla se llamaba Andulfo, tchakikikikiyah. Está claro que sus padres no le querían mucho —se puso serio de nuevo—. Al parecer esto se trata de una revolución socialista. No eran piratas Juan —le dijo a su amigo mientras le lanzaba una rápida mirada y seguía compartiendo la información. Develio ya había mencionado a un tal D.C., pero todavía habían un par de datos más bastante relevantes—. ”Si hay que matar, se mata. Si hay que quemar, se quema”. Van fuerte… ”Te espero en el bar Armando “El Pelón”. Pues bueno, ya sabemos a dónde ir —finalizó mientras plegaba aquella carta y se la guardaba en el bolsillo.
—Próxima parada, el bar “Pelón”. Ya que hemos empezado, vamos a acabar las cosas bien —volvió a hacer su típico gesto de chocar el puño cerrado contra la palma de su otra mano. Sonrió a sus compañeros. Sonrió a la cazadora. Sonrió al anciano. Sonrió a los niños. Sonrió a la justicia.
Akira ya habiendo acabado con su parte, se giró para comprobar el estado de sus compañeros. Por un lado, Juan había acabado con los suyos, pudiendo diferenciarlo en la lejanía como tenía uno agarrado del cuelo y lo dejaba caer. Por otro, su compañera cazadora a base de patadas y cabezazos también había conseguido noquearlos a todos, mostrando el pulgar nada más terminar, un gesto que Akira le devolvió con gusto. Y, por último, el ariete de carne y hueso solo con su tamaño asustaba, levantando el puño había conseguido que incluso alguno se desmayara de miedo. Hacían buen equipo.
De pronto y de manera instantánea, tanto el anciano como los niños y los pescadores comenzaron con los vítores hacia aquel pequeño grupo que había conseguido acabar con aquellos maleantes. Gritos y palabras de agradecimiento, ojos iluminados de ilusión por parte de los niños, sentimiento de esperanza y liberación por parte de los adultos. Habían conseguido que aquella zona quedara libre de vándalos y delincuentes. Pero no para siempre. Akira recordó las palabras de aquel que parecía el líder de aquellos que creían piratas, mencionando a su “jefe”, por lo que sabía que había más, muchos más, y una cabeza pensante detrás de todos ellos.
—¡LA JUSTICIA CON MANO DURA! ¡SOMOS LA MARINA Y LA MISIÓN DE LA MARINA ES DEFENDER Y PROTEGER A LA GENTE BUENA! —gritó con el puño en alto, consiguiendo que la gente se volviera aún más loca con los vítores. El rubio lo estaba disfrutando. No solo le gustaba ayudar a la gente y acabar con el mal de las calles, sino que las palabras de agradecimiento y aquel positivismo que habían conseguido transmitir al resto entre los cuatro le hacía sentirse orgulloso. No podía borrar la sonrisa del rostro.
Había sido un abrir y cerrar de ojos, todos habían entendido a la perfección que debían hacer y lo habían conseguido exitosamente. Tanto que hasta a Akira se le pasó por la cabeza el intentar animar a Cinder que se uniera a ellos. Quizá ella no se acordaba de él, pero habían colaborado anteriormente a encerrar a aquel “hombre del saco”, y con esta nueva actuación por parte de la humink, pensó que en su interior lo que buscaba era hacer el bien, y quizá había acabado dedicándose a la caza de piratas de manera independiente porque, tal vez, y solo tal vez, no había encontrado el grupo adecuado de marines—. Bueno, ¿qué, amiga? ¿Te animas? Siempre viene bien tener alguien que pelee cómo tú y que luche por lo que es correcto. Quizá no te acuerdes de mí, igual por el uniforme… Iba en bañador y con un cóctel en la mano, pero atrapamos al “hombre del saco” y desde ese momento te vi potencial dentro de la Marina. Lo que no me iba a imaginar era que coincidiéramos tan pronto en una misión. Creo que los cuatro haríamos un gran equipo —le dijo a la humink intentando ser captador de su atención.
Akira ya conocía cómo trabajaba aquella mujer y sin duda, siempre había resultado ser eficiente en lo que hacía. No la conocía mucho, pero lo que sí sabía era que no era mala gente. Le estrechó la mano—. Cualquier cosa, ya sabes que vivimos en el cuartel. No sé por qué te habrás vuelto cazadora, pero si es por dinero, en la Marina tenemos un sueldo mensual, siempre un plato caliente y una cama cómoda. Se que muchos compañeros no son parte del cuerpo por vocación, sino por necesidad, pero creo después de esta pequeña aventura también has llegado a sentir ese orgullo por hacer el bien. Encajarías bien con nosotros.
Se giró con sus compañeros y le levantó la mano a Juan Sebastián para que le chocara con la que no tenía pinza—. ¡El mejor equipo, compañero, menudas pinzas tienes en los pies, y yo que pensaba que la única peligrosa era la grande! ¡Cómo has cogido el palo y se lo has estampado! ¡Y los cabezazos, menudos cabezazos! —intentó ahora animar a Develio dando saltos para que notara que se dirigía hacia él, parecía una araña saltarina a su lado—. ¡Qué embestida Dev, los has lanzado por los aires! ¡Estaban tan cagados de miedo solo de verte correr hacia ellos! ¡Impresionante! —y después vio que el anciano se les acercaba con paso decidido mientras iba agradeciéndoles con gestos su valentía y su actuación.
Le entregó al semigigante una carta que uno de los jóvenes pescadores había sacado del bolsillo del bocazas de aquella turba agresiva. Develio se encontraba ahora mismo revisando las constantes vitales de los que yacían en el suelo, y aunque a mucha gente le hubiera parecido incorrecto, a Akira no. No le gustaba que la gente muriese, menos si se podía hacer algo, y era seguramente la mentalidad de su compañero. Alguien muerto en combate hubiera sido por una inconsciencia, pero ellos eran marines, no jueces, y dictar sentencia era algo que todavía se le escapada de las manos. No quería decir que fuera incapaz de matar, pero si podía iba a evitarlo. Vio como su compañero leyó la carta con rapidez y se la entregó a Akira, que era el que tenía más cerca, quien la leyó en voz alta para el resto de sus compañeros mientras dejaba que Develio continuara con sus labores de médico.
—Este bocachancla se llamaba Andulfo, tchakikikikiyah. Está claro que sus padres no le querían mucho —se puso serio de nuevo—. Al parecer esto se trata de una revolución socialista. No eran piratas Juan —le dijo a su amigo mientras le lanzaba una rápida mirada y seguía compartiendo la información. Develio ya había mencionado a un tal D.C., pero todavía habían un par de datos más bastante relevantes—. ”Si hay que matar, se mata. Si hay que quemar, se quema”. Van fuerte… ”Te espero en el bar Armando “El Pelón”. Pues bueno, ya sabemos a dónde ir —finalizó mientras plegaba aquella carta y se la guardaba en el bolsillo.
—Próxima parada, el bar “Pelón”. Ya que hemos empezado, vamos a acabar las cosas bien —volvió a hacer su típico gesto de chocar el puño cerrado contra la palma de su otra mano. Sonrió a sus compañeros. Sonrió a la cazadora. Sonrió al anciano. Sonrió a los niños. Sonrió a la justicia.
Resumen
Karmas

