11-11-2025, 12:16 PM
El eco de la señal de inicio de Develio aún no se había disipado del todo cuando el campo de entrenamiento cobró vida. El mundo del gigante, un momento antes un lienzo de calma expectante, se dividió en dos diagnósticos simultáneos y contradictorios.
A su derecha, un síntoma agudo y predecible: Juan Sebastián. El gyojin, fiel a su naturaleza, se había lanzado hacia él en una carga casi lineal. Develio observó el movimiento, su mente analítica registrando la biomecánica: un salto para acortar la distancia, seguido de una carrera. La aproximación era poderosa, pero directa. Predecible.
A su izquierda, un síntoma más preocupante: la ausencia. Akira Raito había desaparecido. El borrón rubio que había estado en el borde de su visión se había desvanecido, presumiblemente detrás de la enorme roca central. Develio no podía verlo, no podía oírlo. Y eso lo convertía, con diferencia, en la amenaza más peligrosa de las dos. Un patógeno invisible es siempre más letal que una herida abierta.
La ecuación era simple. Tenía una amenaza conocida y presente, y una amenaza desconocida y oculta. La solución quirúrgica era clara: neutralizar el problema inmediato de la forma más rápida y eficiente posible para poder volver a centrar todos sus recursos sensoriales en localizar la incógnita. No podía permitirse un combate prolongado con Juan mientras Akira preparaba su propio "procedimiento" desde un ángulo ciego.
Juan Sebastián llegó a su zona de operaciones, a escasos metros, su cuerpo tenso y listo para atacar. Era el momento de la intervención.
Develio no retrocedió. No se preparó para un bloqueo. En lugar de eso, flexionó sus enormes rodillas, bajando su centro de gravedad hasta que el suelo pareció quejarse bajo su masa. Los músculos de sus piernas se tensaron como los muelles de una catapulta de asedio.
-La proximidad es un error táctico, Juan Sebastián,- murmuró haciendo que el gyojin cangrejo lo escuche, su voz un retumbar bajo que pareció hacer vibrar el aire entre ellos.
Y entonces, la montaña se movió.
Con una explosión de fuerza que arrancó trozos de tierra del suelo, Develio se lanzó hacia adelante y hacia arriba en un salto corto y brutal. No fue un salto ágil; fue una erupción de masa, un corrimiento de tierras intencionado para aplastar la distancia que los separaba. Mientras estaba en el aire, por una fracción de segundo, una decisión consciente recorrió su mente. Era el momento.
Los músculos de su brazo derecho se hincharon, las venas de su antebrazo sobresaliendo como gruesas cuerdas de acero. Estaba aunando mucho poder, pocas veces lo hacía, pero la ocasión lo ameritaba, este Juan Sebastián tenía pinta de ser más duro que una roca de granito. Una oleada de poder puro y controlado recorrió su extremidad, apretó los dientes.
Su trayectoria descendente coincidió con la posición de Juan. No apuntó a la cabeza, un objetivo móvil. No apuntó a la pinza, un arma peligrosa. Su objetivo, como siempre, era el centro de masa. El esternón. El punto de anclaje de toda la estructura torácica del gyojin.
Su puño, ahora cargado con el peso de un gigante y una fuerza antinatural, descendió. El aire silbó a su paso.
Sonó un BOOM sordo y profundo, el sonido de un ariete de asedio golpeando una puerta de roble macizo. El puño de Develio descendió a la posición de Juan Sebastián.
Develio aterrizó con la pesadez de una roca, sus botas hundiéndose en la arena batida. No se detuvo a admirar nada. Su cuerpo no había terminado de absorber el impacto de su propio aterrizaje cuando su cabeza ya estaba girando, su mirada barriendo la parte superior de la gran roca central, buscando el más mínimo signo de movimiento, la más pequeña pista del paradero de Akira. Pero no vio nada. Es entonces cuando el brazo libre se cruzo por la posible represalia del gyojin cangrejo, estaría preparado para su contraataque.
A su derecha, un síntoma agudo y predecible: Juan Sebastián. El gyojin, fiel a su naturaleza, se había lanzado hacia él en una carga casi lineal. Develio observó el movimiento, su mente analítica registrando la biomecánica: un salto para acortar la distancia, seguido de una carrera. La aproximación era poderosa, pero directa. Predecible.
A su izquierda, un síntoma más preocupante: la ausencia. Akira Raito había desaparecido. El borrón rubio que había estado en el borde de su visión se había desvanecido, presumiblemente detrás de la enorme roca central. Develio no podía verlo, no podía oírlo. Y eso lo convertía, con diferencia, en la amenaza más peligrosa de las dos. Un patógeno invisible es siempre más letal que una herida abierta.
La ecuación era simple. Tenía una amenaza conocida y presente, y una amenaza desconocida y oculta. La solución quirúrgica era clara: neutralizar el problema inmediato de la forma más rápida y eficiente posible para poder volver a centrar todos sus recursos sensoriales en localizar la incógnita. No podía permitirse un combate prolongado con Juan mientras Akira preparaba su propio "procedimiento" desde un ángulo ciego.
Juan Sebastián llegó a su zona de operaciones, a escasos metros, su cuerpo tenso y listo para atacar. Era el momento de la intervención.
Develio no retrocedió. No se preparó para un bloqueo. En lugar de eso, flexionó sus enormes rodillas, bajando su centro de gravedad hasta que el suelo pareció quejarse bajo su masa. Los músculos de sus piernas se tensaron como los muelles de una catapulta de asedio.
-La proximidad es un error táctico, Juan Sebastián,- murmuró haciendo que el gyojin cangrejo lo escuche, su voz un retumbar bajo que pareció hacer vibrar el aire entre ellos.
Y entonces, la montaña se movió.
Con una explosión de fuerza que arrancó trozos de tierra del suelo, Develio se lanzó hacia adelante y hacia arriba en un salto corto y brutal. No fue un salto ágil; fue una erupción de masa, un corrimiento de tierras intencionado para aplastar la distancia que los separaba. Mientras estaba en el aire, por una fracción de segundo, una decisión consciente recorrió su mente. Era el momento.
Los músculos de su brazo derecho se hincharon, las venas de su antebrazo sobresaliendo como gruesas cuerdas de acero. Estaba aunando mucho poder, pocas veces lo hacía, pero la ocasión lo ameritaba, este Juan Sebastián tenía pinta de ser más duro que una roca de granito. Una oleada de poder puro y controlado recorrió su extremidad, apretó los dientes.
Su trayectoria descendente coincidió con la posición de Juan. No apuntó a la cabeza, un objetivo móvil. No apuntó a la pinza, un arma peligrosa. Su objetivo, como siempre, era el centro de masa. El esternón. El punto de anclaje de toda la estructura torácica del gyojin.
Su puño, ahora cargado con el peso de un gigante y una fuerza antinatural, descendió. El aire silbó a su paso.
Sonó un BOOM sordo y profundo, el sonido de un ariete de asedio golpeando una puerta de roble macizo. El puño de Develio descendió a la posición de Juan Sebastián.
Develio aterrizó con la pesadez de una roca, sus botas hundiéndose en la arena batida. No se detuvo a admirar nada. Su cuerpo no había terminado de absorber el impacto de su propio aterrizaje cuando su cabeza ya estaba girando, su mirada barriendo la parte superior de la gran roca central, buscando el más mínimo signo de movimiento, la más pequeña pista del paradero de Akira. Pero no vio nada. Es entonces cuando el brazo libre se cruzo por la posible represalia del gyojin cangrejo, estaría preparado para su contraataque.
RESUMEN
KARMAS
BÉLICO
