11-11-2025, 02:26 PM
Por un instante, el silencio se adueñó de la enfermería tras la voz grave del chico irrumpiendo cada rincón. El sonido del mar al otro lado del casco era un murmullo constante, casi hipnótico, y el leve balanceo del barco acompañaba la respiración de ambos. Recordé fugazmente las primeras veces que tuve que coser heridas en un barco; uno pensaría que es lo mismo pero la nula estabilidad lo complica todo para un novato como yo lo fui en su día. Observé la mano vendada de Eros, tan grande en comparación con la mía, tan tosca y curtida que parecía una herramienta en sí misma. Me pregunté cuántas veces esas manos habrían cargado cuerpos fríos, cerrado párpados ajenos, tallado madera para los que ya no la sentirían jamás. Era extraño cómo el oficio podía definir tanto a una persona. Eros era la representación gráfica de ello y me cuestioné si yo también lo era, a mi manera.
— Tus palabras me suscitan era cuestión: ¿por qué no has continuado con el legado de tu padre? ¿Por qué estás aquí, esperando a navegar en alta mar? —en mi psique, no resultaba sencilla la idea de tener que enfrentar todos los días a la muerte, verla cara a cara, pero cuando la normalizas hasta los niveles en los que Eros lo había hecho, tan solo podía normalizarlo yo también, tanto como arreglar una mano herida—. No me gustaría arreglarte, Eros —dije finalmente, rompiendo el silencio con voz tranquila, tras ver cierta “suciedad” en los objetos utilizados, por lo que me puse en pie una vez más para limpiar las últimas gotas de desinfectante que habían quedado sobre la bandeja metálica—. No porque no quiera, sino porque eso significaría que te has roto y no me gustaría verte roto, aunque tenga que hacerlo algún día —mi tono fue más serio de lo que pretendía, así que sonreí para suavizarlo, aunque mis ojos no terminaron de seguir el gesto.
Guardé los utensilios uno a uno, con el orden maniático de quien necesita tenerlo todo bajo control para no pensar demasiado—. Y tampoco lloraría —continué, encogiéndome de hombros—. No porque no lo merezcas, sino porque prefiero guardar las lágrimas para los que todavía pueden escuchar mis regaños —mi sonrisa se ensanchó levemente al girar mi rostro en su dirección—. Ya sabes: “no te muevas, que te voy a coser eso”, “mantén la mano en alto”, “come algo o te desmayas” —solté una risa ligera, casi un soplido que se escapó entre mis labios. Di un pequeño salto para subirme a la camilla una vez más y sentarme frente a él, con las piernas cruzadas, balanceando los pies en el aire mientras lo observaba con la cabeza ladeada. Era curioso cómo aquel con antepasados sepultureros lograba hacerme pensar en la vida, no tanto en la muerte.
— Yo opino que todos necesitamos un propósito, aunque a veces no lo elijamos. A mí me lo impusieron antes de entender qué significaba curar. Y cuando por fin pude decidir… ya no supe vivir sin hacerlo —murmuré, bajando la vista por un momento. Mis dedos jugaron con la manzana que él había devuelto, dándole vueltas lentamente—. No lo hago por bondad, o al menos no solo por eso —continué—. Lo hago porque, si no lo hiciera, me derrumbaría. Curar a otros es la forma que encontré de no romperme del todo —lo miré entonces, directamente a los ojos—. Pero creo que la diferencia está en si dejamos que ese propósito nos consuma o tan solo nos acompaña en nuestra vida.
El barco crujió bajo nuestros pies, recordándome que estábamos vivos, y que ese temblor era, en sí, una prueba de resistencia. Me incliné un poco hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas, con las alas de la falda balanceándose sobre el borde de la camilla—. Y tú, con todo ese respeto que le tienes a la muerte… —dije con tono más bajo, casi un susurro—. Creo que en el fondo lo que haces es proteger la memoria. No los cuerpos. Los recuerdos. Esa es la verdadera labor de un tanatopractor: mantener viva la memoria del difunto aunque la muerte haya llegado a él. Y eso también es una forma de curar, ¿no crees? Solo que tú lo haces cuando los médicos hemos fallado.
Dejé escapar el aire con una sonrisa cansada, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía bajar la guardia—. Tienes razón, no hay que temer a la muerte pero precisamente porque es el descanso eterno —añadí con un guiño—, ¿por qué no alargar un poco más la vida? Dado que esa sí tiene fecha de caducidad —alcé la manzana y le di otro mordisco, con un gesto tranquilo, como si la conversación no hubiese tocado un tema tabú como la muerte—. Y por cierto —dije, con una sonrisa más juguetona—, si algún día te rompes, prométeme que me dejarás arreglarte, aunque sea un poco, para que aún no tengas que descansar tanto tiempo como lo es la eternidad.
— Tus palabras me suscitan era cuestión: ¿por qué no has continuado con el legado de tu padre? ¿Por qué estás aquí, esperando a navegar en alta mar? —en mi psique, no resultaba sencilla la idea de tener que enfrentar todos los días a la muerte, verla cara a cara, pero cuando la normalizas hasta los niveles en los que Eros lo había hecho, tan solo podía normalizarlo yo también, tanto como arreglar una mano herida—. No me gustaría arreglarte, Eros —dije finalmente, rompiendo el silencio con voz tranquila, tras ver cierta “suciedad” en los objetos utilizados, por lo que me puse en pie una vez más para limpiar las últimas gotas de desinfectante que habían quedado sobre la bandeja metálica—. No porque no quiera, sino porque eso significaría que te has roto y no me gustaría verte roto, aunque tenga que hacerlo algún día —mi tono fue más serio de lo que pretendía, así que sonreí para suavizarlo, aunque mis ojos no terminaron de seguir el gesto.
Guardé los utensilios uno a uno, con el orden maniático de quien necesita tenerlo todo bajo control para no pensar demasiado—. Y tampoco lloraría —continué, encogiéndome de hombros—. No porque no lo merezcas, sino porque prefiero guardar las lágrimas para los que todavía pueden escuchar mis regaños —mi sonrisa se ensanchó levemente al girar mi rostro en su dirección—. Ya sabes: “no te muevas, que te voy a coser eso”, “mantén la mano en alto”, “come algo o te desmayas” —solté una risa ligera, casi un soplido que se escapó entre mis labios. Di un pequeño salto para subirme a la camilla una vez más y sentarme frente a él, con las piernas cruzadas, balanceando los pies en el aire mientras lo observaba con la cabeza ladeada. Era curioso cómo aquel con antepasados sepultureros lograba hacerme pensar en la vida, no tanto en la muerte.
— Yo opino que todos necesitamos un propósito, aunque a veces no lo elijamos. A mí me lo impusieron antes de entender qué significaba curar. Y cuando por fin pude decidir… ya no supe vivir sin hacerlo —murmuré, bajando la vista por un momento. Mis dedos jugaron con la manzana que él había devuelto, dándole vueltas lentamente—. No lo hago por bondad, o al menos no solo por eso —continué—. Lo hago porque, si no lo hiciera, me derrumbaría. Curar a otros es la forma que encontré de no romperme del todo —lo miré entonces, directamente a los ojos—. Pero creo que la diferencia está en si dejamos que ese propósito nos consuma o tan solo nos acompaña en nuestra vida.
El barco crujió bajo nuestros pies, recordándome que estábamos vivos, y que ese temblor era, en sí, una prueba de resistencia. Me incliné un poco hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas, con las alas de la falda balanceándose sobre el borde de la camilla—. Y tú, con todo ese respeto que le tienes a la muerte… —dije con tono más bajo, casi un susurro—. Creo que en el fondo lo que haces es proteger la memoria. No los cuerpos. Los recuerdos. Esa es la verdadera labor de un tanatopractor: mantener viva la memoria del difunto aunque la muerte haya llegado a él. Y eso también es una forma de curar, ¿no crees? Solo que tú lo haces cuando los médicos hemos fallado.
Dejé escapar el aire con una sonrisa cansada, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía bajar la guardia—. Tienes razón, no hay que temer a la muerte pero precisamente porque es el descanso eterno —añadí con un guiño—, ¿por qué no alargar un poco más la vida? Dado que esa sí tiene fecha de caducidad —alcé la manzana y le di otro mordisco, con un gesto tranquilo, como si la conversación no hubiese tocado un tema tabú como la muerte—. Y por cierto —dije, con una sonrisa más juguetona—, si algún día te rompes, prométeme que me dejarás arreglarte, aunque sea un poco, para que aún no tengas que descansar tanto tiempo como lo es la eternidad.
