11-11-2025, 02:40 PM
El cáliz se escapó de mis manos justo cuando lo tenía en el suelo, tras el escándalo producido al caer. Tanto esfuerzo tirado a la basura pues bastó un ligero tirón, un movimiento torpe y una voz que me llamó ladrona para que mi equilibrio, precario de por sí sobre aquel mármol resbaladizo, me traicionara. Sentí el aire cortarme la cara antes de caer sobre mis propias piernas, y luego un golpe seco que me arrancó un quejido ahogado. Por un instante, vi estrellas. O quizá eran gotas de agua cayendo del techo, burlonas, que ahora me empapaban el vestido y el orgullo por igual. O tal vez tan solo era mi propio enojo ante el cambio de situación: no solo no me ayudaba, sino que para colmo de males, ponía trabas a mi actuar ¡y lo criticaba, como si tuviera derecho alguno a hacerlo! ¡Él! ¡Que nada había hecho!
— ¡Por todos los dioses! —exclamé, con una voz tan aguda como herida—. ¿Pero qué haces? ¡Iba a ponerlo bajo la gotera, no a robarlo! —me incorporé a medias, apoyándome sobre los codos, con el cabello húmedo pegado a la cara y la mirada encendida. El dolor de la caída pasó a un segundo plano pues el enfado lo eclipsaba todo. Él, tan ufano, seguía allí, con esa expresión satisfecha de quien cree haber salvado un alma descarriada. Ni siquiera se había dado cuenta de que yo era la víctima, su víctima. Con los labios apretados, me llevé una mano al costado y bufé, empapada hasta las pestañas. Por fin me puse en pie y coloqué los brazos en jarra, evidentemente enfadada.
— ¿Superar mi situación de pobreza? —repetí con un hilo de voz que temblaba entre la risa incrédula y el enojo—. Si tuvieras ojos en la cabeza, habrías visto que lo único que intentaba “robar” era un poco de sequedad para no acabar criando hongos —aunque incorporada por completo, aún sentía el choque del metal contra el suelo por todo mi cuerpo, tambaleante, pero con un gesto brusco me quité el sudor del rostro. Hacía frío pero el susto de la caída fue suficiente para hacerme sudar.
— Ten fe, dice… —bufé con sarcasmo, repitiendo sus palabras mientras miraba al cáliz que él había puesto fuera de mi alcance. No. Podía alcanzarlo pero repetiría el proceso de cero, y no tenía paciencia para repetirlo todo—. Créeme, la pierdo un poquito cada vez que me encuentro con alguien como tú.
Aun así, suspiré. Porque, en el fondo, tenía algo de ternura aquel hombre despistado; tenía que ser capaz de entender la confusión y calmar y aplacar la ira que me había subido de forma visceral por todo mi diminuto cuerpo. Bajé la vista, resignada, y añadí en voz baja, buscando quitarle tensión al asunto—. Y encima me duele el trasero… —con la dignidad que aún me quedaba, y extendí la mano hacia el cáliz, empapada, temblando un poco por el frío—. Devuélvame eso, por favor, antes de que el techo decida bautizarme del todo en su fe.
— ¡Por todos los dioses! —exclamé, con una voz tan aguda como herida—. ¿Pero qué haces? ¡Iba a ponerlo bajo la gotera, no a robarlo! —me incorporé a medias, apoyándome sobre los codos, con el cabello húmedo pegado a la cara y la mirada encendida. El dolor de la caída pasó a un segundo plano pues el enfado lo eclipsaba todo. Él, tan ufano, seguía allí, con esa expresión satisfecha de quien cree haber salvado un alma descarriada. Ni siquiera se había dado cuenta de que yo era la víctima, su víctima. Con los labios apretados, me llevé una mano al costado y bufé, empapada hasta las pestañas. Por fin me puse en pie y coloqué los brazos en jarra, evidentemente enfadada.
— ¿Superar mi situación de pobreza? —repetí con un hilo de voz que temblaba entre la risa incrédula y el enojo—. Si tuvieras ojos en la cabeza, habrías visto que lo único que intentaba “robar” era un poco de sequedad para no acabar criando hongos —aunque incorporada por completo, aún sentía el choque del metal contra el suelo por todo mi cuerpo, tambaleante, pero con un gesto brusco me quité el sudor del rostro. Hacía frío pero el susto de la caída fue suficiente para hacerme sudar.
— Ten fe, dice… —bufé con sarcasmo, repitiendo sus palabras mientras miraba al cáliz que él había puesto fuera de mi alcance. No. Podía alcanzarlo pero repetiría el proceso de cero, y no tenía paciencia para repetirlo todo—. Créeme, la pierdo un poquito cada vez que me encuentro con alguien como tú.
Aun así, suspiré. Porque, en el fondo, tenía algo de ternura aquel hombre despistado; tenía que ser capaz de entender la confusión y calmar y aplacar la ira que me había subido de forma visceral por todo mi diminuto cuerpo. Bajé la vista, resignada, y añadí en voz baja, buscando quitarle tensión al asunto—. Y encima me duele el trasero… —con la dignidad que aún me quedaba, y extendí la mano hacia el cáliz, empapada, temblando un poco por el frío—. Devuélvame eso, por favor, antes de que el techo decida bautizarme del todo en su fe.
