12-11-2025, 11:21 AM
(Última modificación: 12-11-2025, 11:22 AM por Akira Raito.)
Estaba en el puerto, con el brazo estirando y ofreciéndole la mano a aquella mujer de apariencia pseudo-equina. Analizó sus rasgos, sin duda era alguien de quien no se iba a olvidar fácilmente. Pocos mink había visto en esta isla, y menos aún con rasgos de caballo. En este caso de yegua. Notó como se fijaba en exceso en su pelo, algo que le hizo arquear levemente una ceja, desconocía si era algo entre caballos, que los pelos brillantes les llamaran la atención, o simplemente a la muchacha le gustaron sus mechones puntiagudos que le hacían parecerse un poco a Sonic, pero en rubio.
Enfocó toda su atención en las reacciones de su nueva compañera. Se había presentado con el apodo familiar, no quería decirle su nombre, aunque fuera bastante fácil que lo descubriera, a fin de cuentas, casi todo su círculo lo llamaba Akira, y si por algún casual se cruzaba a alguien, iba a ser bastante sencillo acordarse. O no. Aunque por el momento, quería ganarse la fama bajo el apodo de su familia, Solaris.
Aquella chica le ofreció un fuerte apretón de manos, una energía que a Akira le gustó, si al final iban a colaborar a atrapar a un delincuente, quería tener cerca a gente con potencia. Notó como inclinaba su oreja a su izquierda y se presentó bajo el nombre de “Gray”. Algo en su interior le dijo que tampoco era su auténtico nombre, pero no podía echarle nada en cara, ya que, a fin de cuentas, él había hecho lo mismo.
—Pues si te soy sincero, lo único que sé es lo que te han contado los niños en aquel callejón… Puse la oreja, con perdón. Y que además se mueve por ahí ofreciendo sustancias —le explicó la situación. Un hombre ofreciendo caramelos a unos niños con intención de acercarlos al muelle. Nada bueno podía salir de ahí. Debían de tener mil ojos. Apenas salía el sol y los niños que serían víctimas de este sujeto eran el perfil de niños que acababa de acercar al cuartel, aquellos sin familia que hacían lo que podían por vivir en las calles.
—Los niños con los que estuviste hablando antes… Se los acerqué a un compañero para que les cuiden en el cuartel hasta que en un par de días les asignen una casa de acogida. Desconocía que en Baterilla todavía había algún que otro niño perdido, pero si te cruzas con alguno más, por favor, acércalo al cuartel de la Marina. Nosotros nos haremos cargo de encontrarles un hogar y darles una buena educación —quería hacer esta puntualización porque mucha gente desconocía que una de las principales funciones dentro del cuerpo de la Marina, era proteger también a los desamparados, a los olvidados, y con mucho más motivo si estos eran niños, incapaces de decidir su destino con claridad o de darle a su vida un giro de 180 grados.
—En cuanto al “hombre del saco”, imaginé que se encontraría por esta zona o por las calles que conectan con el puerto. Si su objetivo es traerlos aquí y llevárselos en barco a alguna parte, tal vez deberíamos echar un ojo a los barcos que están preparados para zarpar en un abrir y cerrar de ojos —señaló al muelle.
Casi todos los barcos estaban con las velas recogidas y las luces apagadas, bien amarrados al puerto. Debían de fijarse bien en aquel que tenía las velas levantadas, eso era señal de que iba a zarpar en breves, de que estaba preparado. Quizá no tenía luz para evitar llamar la atención. Preparar un barco para zarpar llevaba su tiempo, y alguien que tenía en mente secuestrar niños no se iba a permitir perder ni un solo segundo en izar las velas.
Enfocó toda su atención en las reacciones de su nueva compañera. Se había presentado con el apodo familiar, no quería decirle su nombre, aunque fuera bastante fácil que lo descubriera, a fin de cuentas, casi todo su círculo lo llamaba Akira, y si por algún casual se cruzaba a alguien, iba a ser bastante sencillo acordarse. O no. Aunque por el momento, quería ganarse la fama bajo el apodo de su familia, Solaris.
Aquella chica le ofreció un fuerte apretón de manos, una energía que a Akira le gustó, si al final iban a colaborar a atrapar a un delincuente, quería tener cerca a gente con potencia. Notó como inclinaba su oreja a su izquierda y se presentó bajo el nombre de “Gray”. Algo en su interior le dijo que tampoco era su auténtico nombre, pero no podía echarle nada en cara, ya que, a fin de cuentas, él había hecho lo mismo.
—Pues si te soy sincero, lo único que sé es lo que te han contado los niños en aquel callejón… Puse la oreja, con perdón. Y que además se mueve por ahí ofreciendo sustancias —le explicó la situación. Un hombre ofreciendo caramelos a unos niños con intención de acercarlos al muelle. Nada bueno podía salir de ahí. Debían de tener mil ojos. Apenas salía el sol y los niños que serían víctimas de este sujeto eran el perfil de niños que acababa de acercar al cuartel, aquellos sin familia que hacían lo que podían por vivir en las calles.
—Los niños con los que estuviste hablando antes… Se los acerqué a un compañero para que les cuiden en el cuartel hasta que en un par de días les asignen una casa de acogida. Desconocía que en Baterilla todavía había algún que otro niño perdido, pero si te cruzas con alguno más, por favor, acércalo al cuartel de la Marina. Nosotros nos haremos cargo de encontrarles un hogar y darles una buena educación —quería hacer esta puntualización porque mucha gente desconocía que una de las principales funciones dentro del cuerpo de la Marina, era proteger también a los desamparados, a los olvidados, y con mucho más motivo si estos eran niños, incapaces de decidir su destino con claridad o de darle a su vida un giro de 180 grados.
—En cuanto al “hombre del saco”, imaginé que se encontraría por esta zona o por las calles que conectan con el puerto. Si su objetivo es traerlos aquí y llevárselos en barco a alguna parte, tal vez deberíamos echar un ojo a los barcos que están preparados para zarpar en un abrir y cerrar de ojos —señaló al muelle.
Casi todos los barcos estaban con las velas recogidas y las luces apagadas, bien amarrados al puerto. Debían de fijarse bien en aquel que tenía las velas levantadas, eso era señal de que iba a zarpar en breves, de que estaba preparado. Quizá no tenía luz para evitar llamar la atención. Preparar un barco para zarpar llevaba su tiempo, y alguien que tenía en mente secuestrar niños no se iba a permitir perder ni un solo segundo en izar las velas.

