12-11-2025, 01:05 PM
El Pegaso atracado frente a nosotros era una locura, un monstruo de madera y oro que pedía a gritos que alguien como nosotros le diera uso. Sigurd hablaba, emocionado como un crío, diciendo que no podíamos perder la oportunidad de amasar una fortuna o, como mínimo, liarla parda si la suerte nos daba la espalda. Yo me limité a soltar una carcajada baja mientras daba un trago largo a mi jarra, mirando el barco con la calma de quien ya sabe que va a acabar dentro. Desde las barricas donde nos habíamos sentado, fingiendo ser dos marineros matando el tiempo, observábamos la entrada y la fila interminable de gente. Habíamos dejado a Yggdrasil en el barco, porque solo faltaba pasearse con eso para que nos señalaran. Sigurd decía que había que colarse, y tenía razón; pero a mí me hacía más gracia pensar cómo lo íbamos a hacer sin montar escándalo, porque si algo se nos daba mal… era pasar desapercibidos.
Ubbe se echó un poco hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas mientras observaba el barco con una media sonrisa. El Pegaso era un espectáculo, sí… pero también un queso lleno de agujeros.
-Mira eso, bro -dijo señalando chasqueando los dedos hacia la tablilla de la entrada principal- Tan fina que con nuestro peso la partimos por la mitad -Sigurd comentó que sería imposible colarse por las ventanas y aperturas, pues dos moles como nosotros no cabían ni de coña.
El viento del puerto le movía el chaleco, y los faroles del muelle daban saltitos de luz sobre el agua. Todo olía a mar, madera y dinero fácil. Se rascó la nuca, pensativo, mientras Sigurd analizaba a los guardias.
Entonces lo vio. Un grupo de hombres descargando cajas más lejos, en la zona de carga lateral del puerto. Las mismas cajas que seguro iban a parar al interior del Pegaso.
Ubbe se levantó de golpe, como si la idea le hubiese mordido la cabeza. Le dio un golpecito seco en el hombro a Sigurd, con esa urgencia que solo tiene cuando ya ha decidido algo.
-Venga, bro, let's go! -gruñó con una sonrisa que ya anunciaba problemas- No te quedes ahí empanado, que te lo cuento por el camino.
Sin esperar respuesta, echó a andar a paso rápido, bajando del barril y metiéndose entre las sombras del muelle. Su voz sonaba entre risas bajas y el eco del puerto.
-He visto un cargamento detrás, seguro va pa’l casino. Si reventamos a los currantes y nos quedamos con sus ropas, entramos sin que nadie diga ni mu. ¡Ah! ¡Hay que meter nuestra ropa en las cajas, así luego nos cambiamos!, Luego llevamos las cajas como si fuéramos los de la empresa, y una vez dentro… ya vemos qué cae primero, si el oro o las cartas, baby.
Sigurd en ese momento encontró pegas al plan, ya que él no veía bien mentir, pues es un hombre de honor. Y en eso Ubbe tampoco se queda atrás. Ubbe le dio un codazo y sonrió: -No es mentir, bro, es aprovechar que ellos han dejado el trabajo a medias. Nosotros solo lo acabamos por ellos ¡GAHAHA!
El suelo del muelle crujió bajo sus pasos cuando llegaron. Los trabajadores estaban distraídos, ocupados con su rutina. Demasiado tranquilos para darse cuenta de lo que se les venía encima. Ubbe no esperó ninguna señal, apretó los puños y se lanzó hacia el primero con la fuerza de un martillo. Un golpe seco en el estómago otro al mentón, y cayó redondo sin un ruido. El segundo apenas tuvo tiempo de levantar una mano antes de que una patada en el pecho lo mandara de espaldas contra las tablas del muelle. Y así con todo el grupo de trabajadores. Cuando el silencio volvió, solo se oía el leve vaivén del mar. Sigurd, a unos pasos, había terminado con los caballos que tiraban del carro, sujetándolos por los el cuello hasta que dejaron de moverse. Ambos se miraron brevemente, sin necesidad de palabras.
Ubbe se agachó, revisó a los hombres tirados y empezó a despojarles de los uniformes. Eran simples, con el emblema del Casino Pegaso bordado en el pecho. Les arrancó las chaquetas y las lanzó a los pies de Sigurd. -Tamaño grande, te queda perfecto -murmuró con media sonrisa mientras se ponía el suyo; un chaleco como los que solía llevar, y una gorra con el logotipo.
Luego apartó los cuerpos fuera de la vista, despedazándolos para que cupieran en una de las cajas.
Con el trabajo ya medio hecho, levantó una de las cajas de provisiones, la más grande, y la echó al hombro sin esfuerzo. Miró de reojo a Sigurd, esperando que le siguiera el ritmo. Y juntos, disfrazados de obreros, comenzaron a avanzar hacia la pasarela del Casino Pegaso, listos para mezclarse con el lujo más sucio del mar.
El bullicio se partió en dos cuando Ubbe apareció cargando más mierda de la que parecía humana aguantar. La gente se apartó instintivamente, probablemente temían que si no se apartaban, acabarían arrollados. Él avanzó como quien atraviesa una calle estrecha, con una roca en el hombro, los músculos tensos, la caja balanceándose sin esfuerzo.
Los guardias se plantaron en su camino, pero Ubbe ni pestañeó. Les miró de arriba abajo, corto y natural:
-Solo venimos a dejar esto dentro, no hay otra puerta- La voz le salió grave y simple; no intentó encandilarlos. Antes de que los guardias pudieran interferir, Sigurd habló desde atrás.
Tras el intercambio de palabras, Ubbe se quedó tenso, mirando al frente, esperando la respuesta de los guardias. Esperando que fuera una respuesta positiva, porque si no, entrarían al casino, pero a la malas.
Ubbe se echó un poco hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas mientras observaba el barco con una media sonrisa. El Pegaso era un espectáculo, sí… pero también un queso lleno de agujeros.
-Mira eso, bro -dijo señalando chasqueando los dedos hacia la tablilla de la entrada principal- Tan fina que con nuestro peso la partimos por la mitad -Sigurd comentó que sería imposible colarse por las ventanas y aperturas, pues dos moles como nosotros no cabían ni de coña.
El viento del puerto le movía el chaleco, y los faroles del muelle daban saltitos de luz sobre el agua. Todo olía a mar, madera y dinero fácil. Se rascó la nuca, pensativo, mientras Sigurd analizaba a los guardias.
Entonces lo vio. Un grupo de hombres descargando cajas más lejos, en la zona de carga lateral del puerto. Las mismas cajas que seguro iban a parar al interior del Pegaso.
Ubbe se levantó de golpe, como si la idea le hubiese mordido la cabeza. Le dio un golpecito seco en el hombro a Sigurd, con esa urgencia que solo tiene cuando ya ha decidido algo.
-Venga, bro, let's go! -gruñó con una sonrisa que ya anunciaba problemas- No te quedes ahí empanado, que te lo cuento por el camino.
Sin esperar respuesta, echó a andar a paso rápido, bajando del barril y metiéndose entre las sombras del muelle. Su voz sonaba entre risas bajas y el eco del puerto.
-He visto un cargamento detrás, seguro va pa’l casino. Si reventamos a los currantes y nos quedamos con sus ropas, entramos sin que nadie diga ni mu. ¡Ah! ¡Hay que meter nuestra ropa en las cajas, así luego nos cambiamos!, Luego llevamos las cajas como si fuéramos los de la empresa, y una vez dentro… ya vemos qué cae primero, si el oro o las cartas, baby.
Sigurd en ese momento encontró pegas al plan, ya que él no veía bien mentir, pues es un hombre de honor. Y en eso Ubbe tampoco se queda atrás. Ubbe le dio un codazo y sonrió: -No es mentir, bro, es aprovechar que ellos han dejado el trabajo a medias. Nosotros solo lo acabamos por ellos ¡GAHAHA!
El suelo del muelle crujió bajo sus pasos cuando llegaron. Los trabajadores estaban distraídos, ocupados con su rutina. Demasiado tranquilos para darse cuenta de lo que se les venía encima. Ubbe no esperó ninguna señal, apretó los puños y se lanzó hacia el primero con la fuerza de un martillo. Un golpe seco en el estómago otro al mentón, y cayó redondo sin un ruido. El segundo apenas tuvo tiempo de levantar una mano antes de que una patada en el pecho lo mandara de espaldas contra las tablas del muelle. Y así con todo el grupo de trabajadores. Cuando el silencio volvió, solo se oía el leve vaivén del mar. Sigurd, a unos pasos, había terminado con los caballos que tiraban del carro, sujetándolos por los el cuello hasta que dejaron de moverse. Ambos se miraron brevemente, sin necesidad de palabras.
Ubbe se agachó, revisó a los hombres tirados y empezó a despojarles de los uniformes. Eran simples, con el emblema del Casino Pegaso bordado en el pecho. Les arrancó las chaquetas y las lanzó a los pies de Sigurd. -Tamaño grande, te queda perfecto -murmuró con media sonrisa mientras se ponía el suyo; un chaleco como los que solía llevar, y una gorra con el logotipo.
Ubbe el currante
Luego apartó los cuerpos fuera de la vista, despedazándolos para que cupieran en una de las cajas.
Con el trabajo ya medio hecho, levantó una de las cajas de provisiones, la más grande, y la echó al hombro sin esfuerzo. Miró de reojo a Sigurd, esperando que le siguiera el ritmo. Y juntos, disfrazados de obreros, comenzaron a avanzar hacia la pasarela del Casino Pegaso, listos para mezclarse con el lujo más sucio del mar.
El bullicio se partió en dos cuando Ubbe apareció cargando más mierda de la que parecía humana aguantar. La gente se apartó instintivamente, probablemente temían que si no se apartaban, acabarían arrollados. Él avanzó como quien atraviesa una calle estrecha, con una roca en el hombro, los músculos tensos, la caja balanceándose sin esfuerzo.
Los guardias se plantaron en su camino, pero Ubbe ni pestañeó. Les miró de arriba abajo, corto y natural:
-Solo venimos a dejar esto dentro, no hay otra puerta- La voz le salió grave y simple; no intentó encandilarlos. Antes de que los guardias pudieran interferir, Sigurd habló desde atrás.
Tras el intercambio de palabras, Ubbe se quedó tenso, mirando al frente, esperando la respuesta de los guardias. Esperando que fuera una respuesta positiva, porque si no, entrarían al casino, pero a la malas.
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