13-11-2025, 02:29 PM
El grupo de trabajadores portuarios se detiene momentáneamente cerca de un almacén lateral, a unos quince metros del Casino Pegaso, mientras uno de ellos ajusta las correas que aseguran las cajas en la carreta. Durante este breve descanso, dos de los trabajadores se alejan para fumar, apoyándose contra la pared del almacén con sus uniformes colgando ligeramente sueltos sobre sus cuerpos fatigados. En ese momento, la zona de carga lateral del puerto se transforma en escenario de violencia cuando Ubbe y Sigurd materializan desde las sombras aprovechando la oportunidad. El suelo tiembla bajo el impacto de sus pisadas mientras Ubbe se lanza sobre los trabajadores desprevenidos con una velocidad que contradice su masa colosal, sus puños conectando contra estómagos y mentones en una secuencia brutal que termina con cuatro cuerpos desplomándose silenciosamente sobre la madera húmeda del muelle antes de que puedan siquiera gritar pidiendo ayuda. Simultáneamente, Sigurd intercepta a los caballos asustados que intentan huir del carruaje, sus brazos envolviendo los cuellos equinos con la fuerza de un titan, estrangulando a los animales hasta que dejan de forcejear y se desploman convertidos en peso muerto que aún conserva el calor de la vida recién extinguida. La limpieza posterior de Ubbe les permitirá pasar desapercibidos por el resto de la noche.
El guardia corpulento y su compañero más joven observan la aproximación de Ubbe y Sigurd con incredulidad absoluta. No es simplemente que dos hombres estén transportando cargas impresionantes, es que estos dos hombres son montañas vivientes de músculo y hueso que hacen que el uniforme gris del Casino Pegaso parezca diseñado para muñecos en comparación con los cuerpos colosales que intentan contener. El emblema del pegaso alado bordado en sus pechos se estira hasta la deformación, amenazando con desprenderse de la tela en cualquier momento. La multitud en la cola se parte como el Mar Rojo ante Moisés cuando Sigurd avanza gritando que abran paso, su voz resonando por todo el muelle con una autoridad que no admite discusión. Los apostadores elegantes se apresuran a apartarse, algunos tropezando con sus propios pies en su prisa por evitar ser arrollados por siete metros de Buccaneer que transporta dos caballos muertos sobre sus hombros como si fueran sacos de plumas. Ubbe alcanza primero la posición de los guardias, su caja de provisiones balanceándose ligeramente sobre su hombro, pero sin mostrar ningún signo de esfuerzo físico a pesar del peso obvio del contenido. El guardia más joven retrocede medio paso instintivamente, su mano moviéndose hacia la porra en su cinturón antes de darse cuenta de lo absolutamente inútil que sería ese gesto contra alguien del tamaño del gigante que tiene frente a él. El guardia corpulento, por su parte, simplemente se queda mirando con la boca ligeramente abierta, su cerebro claramente luchando por procesar la información visual que sus ojos le están transmitiendo. El guardia corpulento abre la boca para responder a Ubbe pero se congela cuando Sigurd llega detrás de su compañero, los dos caballos colgando de sus hombros como trofeos macabros de alguna cacería mitológica. La imagen es tan surrealista que durante varios segundos el pobre hombre simplemente no puede formular palabras coherentes, su cerebro atascado en un bucle que no termina de resolverse.
Tras las palabras de Sigurd, que suenan más que convincentes, el guardia corpulento, sacado de su estupor por la mención del tiempo, automáticamente saca su reloj de bolsillo y lo revisa. Las once y cuarenta y siete. Trece minutos para el final de su turno. Trece malditos minutos que separan su trasero de una silla en una taberna donde puede gastarse parte de su salario y las propinas extra que ha recaudado esta noche en cerveza barata y compañía femenina más barata aún. Mira a su compañero más joven, quien le devuelve una expresión que claramente dice “tú decides, yo no me meto en esto”. Luego mira nuevamente a Ubbe y Sigurd, estos titanes que técnicamente visten los uniformes correctos y técnicamente están realizando una labor legítima de entrega de provisiones y técnicamente no han hecho nada que justifique detenerlos más allá de ser imposiblemente grandes y estar transportando caballos de una manera que debería ser físicamente imposible. Un mercader en la cola, claramente borracho y sin el filtro social que normalmente impediría tales comentarios, grita al ver a los caballos sobre los hombros de Sigurd– “¡A lo mejor es el especial del menú de esta noche!” – su comentario desencadena risas de varios espectadores, el humor negro proporcionando un alivio a la tensión que se ha acumulado. El guardia corpulento se masajea el puente de la nariz, una expresión universal de “no me pagan lo suficiente para lidiar con esta mierda”. Puede rechazarlos, exigir explicaciones, llamar a supervisores, iniciar procedimientos de verificación que tomarían treinta minutos como mínimo y que garantizarían que su turno se extendería más allá de medianoche. O puede simplemente dejarlos pasar, asumir que alguien más arriba en la cadena de mando ordenó esta entrega extraña, y lavarse las manos de todo el asunto para poder llegar a esa taberna mientras aún sirven el tipo de whisky que borra los recuerdos de turnos absurdos – “Está bien, adelante, supongo que ya conocen el camino” – gruñe finalmente, agitando una mano en gesto de rendición que parece dirigido más al universo en general que a Ubbe y Sigurd específicamente.
La pasarela de tres metros de ancho cruje ominosamente cuando Ubbe y Sigurd dan su primer paso sobre ella. El terciopelo rojo que alfombra la pasarela se hunde un centímetro bajo sus pies como si fuera fango. La pasarela aguanta, aunque protesta con cada paso, y Ubbe alcanza la cubierta del Pegaso seguido de cerca por Sigurd. Las sombras de las estructuras superiores del casino los envuelven como una bienvenida oscura mientras el sonido del interior del establecimiento se hace más fuerte: voces, risas, el tintineo distintivo de las fichas de póker chocando, y música de piano que promete que esta noche, de alguna manera, será memorable. El portero de la entrada principal, un hombre con un uniforme aún más elaborado que los guardias de la pasarela, observa la llegada de Ubbe y Sigurd con una expresión que sugiere que ha visto muchas cosas extrañas en su carrera pero que esto definitivamente entra en el top cinco. Abre la boca como si fuera a decir algo, luego la cierra, luego la abre nuevamente, el proceso repitiéndose tres veces antes de que finalmente decida que su salud mental vale más que satisfacer su curiosidad – “Zona de carga” – murmura finalmente, señalando con un dedo hacia las escaleras – “Abajo y a la derecha” – no añade nada más, simplemente se aparta lo máximo que su posición le permite, presionando su espalda contra la pared de caoba como si quisiera fundirse con ella y desaparecer de esta situación incómoda. Las escaleras que descienden hacia la cubierta inferior están a la izquierda, talladas en la misma madera noble que el resto del barco. La iluminación en la zona de carga es más tenue que en las zonas públicas, faroles más simples espaciados a intervalos mayores. La escalera que conduce hasta la zona de carga termina en un pasillo largo con varias puertas marcadas con “Solo Personal”. Al abrirla se revela un almacén que mide aproximadamente diez metros cuadrados, las paredes forradas con estanterías que albergan cajas similares a las que transportan Ubbe y Sigurd, barriles de lo que probablemente es alcohol de calidad variable, y sacos de ingredientes secos apilados con el tipo de organización que sugiere que alguien realmente se toma en serio la gestión de inventario.
No hay nadie en el almacén en este momento, el personal de servicio probablemente ocupado arriba atendiendo las demandas constantes de los apostadores que requieren bebidas, comida, y ocasionalmente consuelo después de pérdidas devastadoras. La puerta del almacén que da al interior del casino está en la pared opuesta, otra entrada sin adornos marcada simplemente como “Cocina/Bar”, y a través de ella se pueden escuchar los sonidos de la cocina: cuchillos golpeando tablas de cortar, órdenes gritadas en la jerga específica de cocinas profesionales, y el siseo constante de alimentos siendo preparados en sartenes calientes. El código de vestimenta, según pudieron observar los Buccaneer durante su caminata por el puerto y tras pasar por dentro del barco, se puede simplificar en una palabra: berries. En este casino daba igual si asistías completamente desnudo o con un traje de gala como para conocer a la realeza de Drum. En el Casino Pegaso lo único que manda por sobre todo lo demás es el dinero.
Una noche de desenfreno y locura les espera a Sigurd y Ubbe.
El guardia corpulento y su compañero más joven observan la aproximación de Ubbe y Sigurd con incredulidad absoluta. No es simplemente que dos hombres estén transportando cargas impresionantes, es que estos dos hombres son montañas vivientes de músculo y hueso que hacen que el uniforme gris del Casino Pegaso parezca diseñado para muñecos en comparación con los cuerpos colosales que intentan contener. El emblema del pegaso alado bordado en sus pechos se estira hasta la deformación, amenazando con desprenderse de la tela en cualquier momento. La multitud en la cola se parte como el Mar Rojo ante Moisés cuando Sigurd avanza gritando que abran paso, su voz resonando por todo el muelle con una autoridad que no admite discusión. Los apostadores elegantes se apresuran a apartarse, algunos tropezando con sus propios pies en su prisa por evitar ser arrollados por siete metros de Buccaneer que transporta dos caballos muertos sobre sus hombros como si fueran sacos de plumas. Ubbe alcanza primero la posición de los guardias, su caja de provisiones balanceándose ligeramente sobre su hombro, pero sin mostrar ningún signo de esfuerzo físico a pesar del peso obvio del contenido. El guardia más joven retrocede medio paso instintivamente, su mano moviéndose hacia la porra en su cinturón antes de darse cuenta de lo absolutamente inútil que sería ese gesto contra alguien del tamaño del gigante que tiene frente a él. El guardia corpulento, por su parte, simplemente se queda mirando con la boca ligeramente abierta, su cerebro claramente luchando por procesar la información visual que sus ojos le están transmitiendo. El guardia corpulento abre la boca para responder a Ubbe pero se congela cuando Sigurd llega detrás de su compañero, los dos caballos colgando de sus hombros como trofeos macabros de alguna cacería mitológica. La imagen es tan surrealista que durante varios segundos el pobre hombre simplemente no puede formular palabras coherentes, su cerebro atascado en un bucle que no termina de resolverse.
Tras las palabras de Sigurd, que suenan más que convincentes, el guardia corpulento, sacado de su estupor por la mención del tiempo, automáticamente saca su reloj de bolsillo y lo revisa. Las once y cuarenta y siete. Trece minutos para el final de su turno. Trece malditos minutos que separan su trasero de una silla en una taberna donde puede gastarse parte de su salario y las propinas extra que ha recaudado esta noche en cerveza barata y compañía femenina más barata aún. Mira a su compañero más joven, quien le devuelve una expresión que claramente dice “tú decides, yo no me meto en esto”. Luego mira nuevamente a Ubbe y Sigurd, estos titanes que técnicamente visten los uniformes correctos y técnicamente están realizando una labor legítima de entrega de provisiones y técnicamente no han hecho nada que justifique detenerlos más allá de ser imposiblemente grandes y estar transportando caballos de una manera que debería ser físicamente imposible. Un mercader en la cola, claramente borracho y sin el filtro social que normalmente impediría tales comentarios, grita al ver a los caballos sobre los hombros de Sigurd– “¡A lo mejor es el especial del menú de esta noche!” – su comentario desencadena risas de varios espectadores, el humor negro proporcionando un alivio a la tensión que se ha acumulado. El guardia corpulento se masajea el puente de la nariz, una expresión universal de “no me pagan lo suficiente para lidiar con esta mierda”. Puede rechazarlos, exigir explicaciones, llamar a supervisores, iniciar procedimientos de verificación que tomarían treinta minutos como mínimo y que garantizarían que su turno se extendería más allá de medianoche. O puede simplemente dejarlos pasar, asumir que alguien más arriba en la cadena de mando ordenó esta entrega extraña, y lavarse las manos de todo el asunto para poder llegar a esa taberna mientras aún sirven el tipo de whisky que borra los recuerdos de turnos absurdos – “Está bien, adelante, supongo que ya conocen el camino” – gruñe finalmente, agitando una mano en gesto de rendición que parece dirigido más al universo en general que a Ubbe y Sigurd específicamente.
La pasarela de tres metros de ancho cruje ominosamente cuando Ubbe y Sigurd dan su primer paso sobre ella. El terciopelo rojo que alfombra la pasarela se hunde un centímetro bajo sus pies como si fuera fango. La pasarela aguanta, aunque protesta con cada paso, y Ubbe alcanza la cubierta del Pegaso seguido de cerca por Sigurd. Las sombras de las estructuras superiores del casino los envuelven como una bienvenida oscura mientras el sonido del interior del establecimiento se hace más fuerte: voces, risas, el tintineo distintivo de las fichas de póker chocando, y música de piano que promete que esta noche, de alguna manera, será memorable. El portero de la entrada principal, un hombre con un uniforme aún más elaborado que los guardias de la pasarela, observa la llegada de Ubbe y Sigurd con una expresión que sugiere que ha visto muchas cosas extrañas en su carrera pero que esto definitivamente entra en el top cinco. Abre la boca como si fuera a decir algo, luego la cierra, luego la abre nuevamente, el proceso repitiéndose tres veces antes de que finalmente decida que su salud mental vale más que satisfacer su curiosidad – “Zona de carga” – murmura finalmente, señalando con un dedo hacia las escaleras – “Abajo y a la derecha” – no añade nada más, simplemente se aparta lo máximo que su posición le permite, presionando su espalda contra la pared de caoba como si quisiera fundirse con ella y desaparecer de esta situación incómoda. Las escaleras que descienden hacia la cubierta inferior están a la izquierda, talladas en la misma madera noble que el resto del barco. La iluminación en la zona de carga es más tenue que en las zonas públicas, faroles más simples espaciados a intervalos mayores. La escalera que conduce hasta la zona de carga termina en un pasillo largo con varias puertas marcadas con “Solo Personal”. Al abrirla se revela un almacén que mide aproximadamente diez metros cuadrados, las paredes forradas con estanterías que albergan cajas similares a las que transportan Ubbe y Sigurd, barriles de lo que probablemente es alcohol de calidad variable, y sacos de ingredientes secos apilados con el tipo de organización que sugiere que alguien realmente se toma en serio la gestión de inventario.
No hay nadie en el almacén en este momento, el personal de servicio probablemente ocupado arriba atendiendo las demandas constantes de los apostadores que requieren bebidas, comida, y ocasionalmente consuelo después de pérdidas devastadoras. La puerta del almacén que da al interior del casino está en la pared opuesta, otra entrada sin adornos marcada simplemente como “Cocina/Bar”, y a través de ella se pueden escuchar los sonidos de la cocina: cuchillos golpeando tablas de cortar, órdenes gritadas en la jerga específica de cocinas profesionales, y el siseo constante de alimentos siendo preparados en sartenes calientes. El código de vestimenta, según pudieron observar los Buccaneer durante su caminata por el puerto y tras pasar por dentro del barco, se puede simplificar en una palabra: berries. En este casino daba igual si asistías completamente desnudo o con un traje de gala como para conocer a la realeza de Drum. En el Casino Pegaso lo único que manda por sobre todo lo demás es el dinero.
Una noche de desenfreno y locura les espera a Sigurd y Ubbe.
Resumen
Hides
Casino Pegaso
OFF

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