[EVENTO CAMBIO ZONA] El camino para ser alguien; Parte 2 [GRUPO 1]
#60
El oído agudo de Kibai captó con total claridad el instante exacto en que el corazón del gyojin finalmente se detuvo. Fue un sonido tenue, casi imperceptible, pero para el fino oído del mink resultó tan evidente como si se tratara de un trueno. Durante un segundo, el mundo pareció quedar suspendido en un silencio denso, roto únicamente por la respiración agitada de todos los presentes y el leve borboteo del charco de sangre que seguía extendiéndose bajo el cuerpo del pez-hombre. Kibai bajó la mirada y examinó el tamaño cada vez mayor de la mancha de sangre, oscura y espesa que manaba de los cortes que le había propinado con Raimei, especialmente la estocada final que hbaía atravesado su cuerpo de parte a parte.

No necesitó más para confirmar lo inevitable. El gyojin finalmente había muerto. A Kibai se le escapó un rugido bajo y gutural, cargado de frustración. No era un grito de rabia ni una muestra de duelo, sino una mezcla amarga de insatisfacción y resignación. 

“Tanto esfuerzo para nada”, pensó, chasqueando la lengua con fastidio. Todo apuntaba a que el gyojin tenía información valiosa, ya fuesen nombres o algo a mayores que pudiese justificar el que los hubiesen encerrado en aquel extraño cubo de roca, pero ahora su boca sería eternamente muda. Por muy fuerte que hubiese sido el combate, la sensación de haber perdido una oportunidad crucial le escocía casi tanto como la brecha de su frente.

Con un movimiento fluido, elegante pese al cansancio acumulado y las extremidades adoloridas, Kibai se incorporó. Sintió el tirón de los músculos tensos y la punzada sorda en la frente, pero procuró ignorarlo en la medida de lo posible. Sus dedos,  se cerraron alrededor del mango de Raimei, aún incrustada en el cuerpo sin vida de su enemigo. Apretando su agarre, el mink dio un tirón con firmeza: el sonido seco del metal deslizándose entre carne, escamas y hueso lo acompañó, seguido de una pequeña salpicadura. La espada emergió cubierta de sangre a lo largo de todo el filo, como un recordatorio del peligro que habían sorteado.

Sin perder tiempo, Kibai limpió la hoja con movimientos metódicos. Una vez satisfecho con el brillo metálico del filo, guardó a Raimei en su vaina con un leve clic que reverberó en el aire húmedo. Notando un leve aguijonazo, el mink se llevó una mano a su frente. La brecha que había recibido no parecía demasiado profunda, aunque la sangre seca había comenzado a endurecerse y le picaba un poco. Con la uña retiró los restos coagulados, arrugando el hocico con un gesto de ligera molestia. “He tenido peores”, se dijo, aunque sabía que, de haberse distraído un segundo más, las consecuencias podrían haber sido mucho peores.

Alzando la cabeza, Kibai observó su entorno con atención. El olor a sal, sangre y sudor impregnaba el aire tras la batalla, mezclándose con la tensión que aún vibraba entre los integrantes del grupo. Entre todos los presentes, el que parecía en peores condiciones era, sin duda, el birkaniano. Su respiración era irregular, y su postura daba fe del impacto inicial que había sufrido al ser sorprendido por el gyojin.

El humano, por el contrario, estaba ileso. Había participado, sí, pero su táctica de disparar a distnaica había sido más prudente, o quizás simplemente había tenido mejor suerte de que el gyojin no hubiese decidido elegirlo como su presa. Permanecía alerta, aún con la adrenalina corriendo por sus venas, pero sin un rasguño que lo comprometiera. Más cerca, aún corriendo hacia ellos, la extraña mink humanoide, cuya presencia seguía siendo un enigma para Kibai, ya que parecía una mink mono, se comportaba como una mink mono y era tan irritante como una mink mono, pero no olía como una mink mono, al menos no del todo. La joven avanzaba a brincos despreocupados hacia ellos. Su expresión era difícil de leer, pero sujetaba el gran martillo que llevaba despreocupadamente con su cola, mientras mascullaba improperios contra su enemifo ya caído.

Tampoco la muchacha oni había salido indemne, aunque sus heridas parecían más superficiales que otra cosa. Tenía algunos rasguños producto de la caída que el ataque de su adversario le había provocado, y a buen seguro le saldría un moratón importante, pensó Kibai, pero nada que pareciera poner en riesgo su movilidad o su participación en futuras batallas.

El pequeño topo, por su parte, quien había realizado una labor tan importante en la derrota de su adversario, también monstraba unos cuantos rasguños, recordatorios de su osadía al enfrentarse a un oponente tan grande. Pese a ello, seguía pareciendo tener energía de sobra, como si quisiera demostrar que aún era capaz de seguir luchando.

En cuanto a Kibai, reconocía que tampoco había salido del todo ileso, aunque la mayor parte de sus heridas se limitaban a la brecha que el cabezazo que el gyojin le había propinado al ser impulsado por el dial de viento del birkaniano. Para él, acostumbrado al rigor del combate, aquello no era más que parte del día a día. Un precio mínimo por sobrevivir a una pelea como aquella.

En general, concluyó, el grupo había salido sorprendentemente bien librado. El combate había sido duro, sí, y el enemigo no era alguien que pudiera subestimarse. La fuerza y la agilidad del gyojin había sido brutal, desproporcionada incluso, y si no hubiesen reaccionado con coordinación, aunque fuese improvisada entre absolutos desconocidos, probablemente alguno no estaría en pie. No obstante, todos seguían allí. Respirando. De pie. Y eso, en el fondo, era motivo suficiente para sentirse satisfecho.

Aun así, el vacío que dejaba la falta de información le pesaba más que el cansancio físico. Habían ganado, pero ¿a qué costo? Eso estaría por verse.

Mientras caminaba hacia el centro de aquel cubo a recoger su capa, Kibai observó extrañado como el pequeño topo se ponía a cavar y guardó en su mente, con cierta gracia cómica, la imagen del pequeño animal pornunciando una solemne elegía funeraria mientras colocaba el cadaver en la improvisada fosa. Desde luego, el Gran Line parecía un sitio muy prometedor.

Tras desempolvar la blanca tela de su capa, Kibai extrajo el pequeño caracol Den Den Mushi del bolsillo interno y trató de establecer de nuevo comunicación con sus compañeros, recibiendo solamente silencio del otro lado. Asumiendo que le tocaba apañárselas con lo que tenía, se colocó la capa de nuevo sobre los hombros, en un solo movimiento que había ensayado decenas de veces hasta perfeccionarlo, antes de examinar de nuevo el cubo de roca donde se encontraban y a todos los que se encontraban en él. 

"Creo que ninguno me conocéis, así que me presentaré. Mi nombre es Kibai, miembro de la División 84 de la Marina, en ruta hacia el Grand Line. Está claro que todos los barcos en los que íbamos han sufrido grandes daños o se han hundido. Si queremos salir de aquí, nuestra mejor opción, ya que nuestra única fuente de información está muerta, es colaborar en la medida de lo posible los unos con los otros. Si lo hacemos así, es muy probable que todos nos reunamos con los nuestros más pronto que tarde."

 Sin embargo, en su fuero interno, ni el propio mink se creía de todo estas palabras. Si, de momento se habían salvado, ¿pero qué más dificultades los esperaban hasta lograr salir de aquella maldita situación?


resumen


gastos
[Imagen: gvCFAP2.png]
Cambios en estadísticas
Vitalidad: 466 + 0 = 466
Energia: 385 + 8 = 393
Espiritu: 126 + 0 = 126


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RE: [EVENTO CAMBIO ZONA] El camino para ser alguien; Parte 2 [GRUPO 1] - por Kibai - 15-11-2025, 03:52 AM

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