15-11-2025, 09:13 AM
La Isla del Karate era muy, muy aburrida.
Enji llevaba unos meses allí por motivos para nada relacionados al placer. Después de enlistarse en la marina, debió de iniciar un proceso de desintoxicación para alejarse de los vicios que tres años de malas compañías habían arraigado en su cuerpo. El alcohol, las mujeres y el cigarrillo eran sus tres marías. Ahora que se había bajado de la cruz y rellenado los huecos en sus palmas con barro y ponzoña, tenía que matar a María. Una a una. ¿Y qué mejor lugar para escapar de las tentaciones que una isla cuya identidad iba de la mano con la disciplina, la austeridad y el trabajo duro? Karate había sido una bendición.
Cosa que para nada atenuaba el hecho de que se aburría como una ostra. Ese era el punto, claro, y no debía quejarse, pero se aburría. Mucho.
¿Ya dije que se aburría?
Después de llevar a cabo la serie de flexiones de brazos número cuatrocientos veinticinco del día —número que se inventó tras haber olvidado cuántas llevaba en verdad—, Enji se incorporó para tomarse una merecida pausa. La sudada camiseta desapareció en un parpadeo y su pantalón iba en el mismo camino cuando una voz a su espalda lo paró en seco, con las manos sosteniendo la prenda a la altura de sus rodillas.
Cruzó los pies y, como si estuviera efectuando un paso de baile, giró 180°. Se irguió, y dejó caer sus pantalones.
—Sólo fueron cinco días, jirafa con delineador —afirmó con esa mirada escéptica de párpados pesados—. Por tus pintas imagino que no tienes papás.
Dejó de mirar al sujeto para fijarse en la charca que su relato señalaba. Estaba cargada de carpas, cosa que se podía apreciar a simple vista pues el agua cristalina delataba las sinuosas trayectorias de su nado. Volvió a mirar a Iggy. Luego, miró la petaca. Mierda.
—Hijo de… perra. ¿Es ron?
A Enji le gustaba el ron. Pese a lo quemado que tenía el sentido del gusto, culpa de fumar como una chimenea, el ron y su intenso sabor lograban tirar abajo ese insípido muro y regalarle un momento de placer. ¿Ese sería el motivo de su antigua adicción? Buscar en el calor del aguardiente algo que pudiera atravesar los nervios muertos de su lengua y hacerlo sentir vivo unos instantes eternos.
La maldita águila volvió a sacar una carpa. Enji apartó la mano de su hombro y dio unos pasos hacia la charca. Pasos de pingüino, puesto que sus pantalones bajos seguían esposándole los tobillos.
—¿Cómo conseguiste un maldito águila de mascota? En fin… todas las carpas que saque, me las quedo, y si tu mascota me caga la ropa tendrás que comprarme ropa nueva. —Se paró al borde de la charca y rascó el cuello con la mano izquierda—. ¿Tienes un arpón o algo?
Enji llevaba unos meses allí por motivos para nada relacionados al placer. Después de enlistarse en la marina, debió de iniciar un proceso de desintoxicación para alejarse de los vicios que tres años de malas compañías habían arraigado en su cuerpo. El alcohol, las mujeres y el cigarrillo eran sus tres marías. Ahora que se había bajado de la cruz y rellenado los huecos en sus palmas con barro y ponzoña, tenía que matar a María. Una a una. ¿Y qué mejor lugar para escapar de las tentaciones que una isla cuya identidad iba de la mano con la disciplina, la austeridad y el trabajo duro? Karate había sido una bendición.
Cosa que para nada atenuaba el hecho de que se aburría como una ostra. Ese era el punto, claro, y no debía quejarse, pero se aburría. Mucho.
¿Ya dije que se aburría?
Después de llevar a cabo la serie de flexiones de brazos número cuatrocientos veinticinco del día —número que se inventó tras haber olvidado cuántas llevaba en verdad—, Enji se incorporó para tomarse una merecida pausa. La sudada camiseta desapareció en un parpadeo y su pantalón iba en el mismo camino cuando una voz a su espalda lo paró en seco, con las manos sosteniendo la prenda a la altura de sus rodillas.
Cruzó los pies y, como si estuviera efectuando un paso de baile, giró 180°. Se irguió, y dejó caer sus pantalones.
—Sólo fueron cinco días, jirafa con delineador —afirmó con esa mirada escéptica de párpados pesados—. Por tus pintas imagino que no tienes papás.
Dejó de mirar al sujeto para fijarse en la charca que su relato señalaba. Estaba cargada de carpas, cosa que se podía apreciar a simple vista pues el agua cristalina delataba las sinuosas trayectorias de su nado. Volvió a mirar a Iggy. Luego, miró la petaca. Mierda.
—Hijo de… perra. ¿Es ron?
A Enji le gustaba el ron. Pese a lo quemado que tenía el sentido del gusto, culpa de fumar como una chimenea, el ron y su intenso sabor lograban tirar abajo ese insípido muro y regalarle un momento de placer. ¿Ese sería el motivo de su antigua adicción? Buscar en el calor del aguardiente algo que pudiera atravesar los nervios muertos de su lengua y hacerlo sentir vivo unos instantes eternos.
La maldita águila volvió a sacar una carpa. Enji apartó la mano de su hombro y dio unos pasos hacia la charca. Pasos de pingüino, puesto que sus pantalones bajos seguían esposándole los tobillos.
—¿Cómo conseguiste un maldito águila de mascota? En fin… todas las carpas que saque, me las quedo, y si tu mascota me caga la ropa tendrás que comprarme ropa nueva. —Se paró al borde de la charca y rascó el cuello con la mano izquierda—. ¿Tienes un arpón o algo?
karmas
