Una velada en Samba [T3, P.A.]
#1
[Selva Anozama, Reino de Samba,
92 de otoño,
año 16]


OST

Cuando Iggy Rock despertó, apenas pudo reconocer el lugar que lo rodeaba. Su pelo, hecho un desastre; su aliento, fétido. Un hilillo de baba colgaba aún de su boca. De forma absolutamente increíble, se había quedado sobado sobre un taburete, sin necesidad de apoyar la espalda sobre nada. Su cabeza, sin embargo, colgaba hacia atrás, coqueteando con la dislocación o la lesión cervical. Supo que aquello le pasaría factura. En su bolsillo seguía pesando el Corazón, como Pran había llamado a aquel octaedro rosa, aquella gema que había costado una veintena de vidas en el New Piano días atrás. No supo qué hacía allí, ni qué hora era, ¡ni siquiera tenía claro qué día! El lugar carecía de ventanas, y el ambiente hubiera resultado enormemente opresivo de no ser por la rítmica música que salía de un Den Den Mushi sobre un estante. El suelo era muy oscuro, y casi costaba distinguir si se trataba de piedra o de una madera enormemente pulida y desgastada; las paredes, en cambio, mezclaban madera ricamente tallada con patrones geométricos dorados y negros, en mosaicos que en otra época se hubiesen llamado art deco. El lugar era pequeño, pero pulcro, con un algo clásico, y el resto de la clientela parecía enormemente distinguida; el bar estaba a medio llenar, y todos llevaban prendas de lo más elegantes. A los lados de lo que debía de ser la puerta, dos mujeres altísimas, cada una con un sable al cinturón, hacían guardia. Evidentemente, en aquel lugar alguien como Iggy llamaba la atención aún más que de costumbre.

Nadie parecía echar demasiada cuenta a Iggy, a excepción del camarero, de bigote finísimo, ataviado con un elegante chaleco negro y ligas en las mangas de la camisa, que se acercó al pelimorado. "Buenos días, ¿el señor querrá algo de beber?," inquirió mientras agitaba una coctelera. En una de las mesas, un mink cerdo, vestido con refinada sobriedad y un traje negro de seda, lanzó un par de dados sobre una mesa. Cuando los dados dejaron de rodar, el corrillo a su alrededor estalló en un pequeño jolgorio en el fulgor de la partida. Inmediatamente, y con una sonrisa, un tipo de unos tres metros, que casi se daba con el techo del local, le llenó la copa de champán espumoso. Una elegante mujer de piel morena y pelo azulado emergió del grupo y se aproximó a la barra, a tan solo un par de metros de Iggy, si bien no le dirigió la mirada en ningún momento. Pidió una copa de Pinot Noir y, dando un sorbito, escribió algo con letra impecable sobre un pedazo de papel, que se guardó en el bolso inmediatamente, antes de girarse y volver por donde había venido, copa de vino en mano. Tres tipos, que hasta entonces habían estado bebiendo y fumando con tranquilidad en torno a una mesita alta, salieron por una pequeña puerta lateral, introduciéndose en lo que debían de ser los privados del local. Al otro lado del bar, un joven de prominentes patillas con un traje verde oscuro mostraba con teatralidad una daga enjoyada a un grupito entusiasta. Junto a él, un gyojin lanzón picudo con una cicatriz en el pómulo permanecía de brazos cruzados, dando constantes caladas a un enorme puro y haciendo comentarios sarcásticos sobre la cuestionable calidad del arma. En el Berryelder, que así se llamaba aquel sofisticado local, el ambiente era, además de indiscutiblemente elegante, distendido y relajado.

"¡Veintisiete y dos cuartos!," exclamó repentinamente el mink cerdo, chasqueando sus dedos, justo cuando una tontatta con sombrero de copa, de pie sobre la mesa, iba a lanzar otro par de dados ante la expectante multitud. Los presentes estallaron en risa y vítores, sin dejar de observar con atención cómo los dados rodaban sobre la madera. Las dos mujeres apostadas en la puerta continuaban su vigilancia en silencio, imperturbables, contemplando a la variopinta clientela con discreción desde sus gafas de cristales ahumados. Quién sabe en qué estarían pensando. Alrededor de Iggy, el extraño y oscuro bar, en el que todo se hacía a la luz de pequeñas lámparas de aceite que colgaban del techo y las paredes, y que a duras penas eran suficiente para iluminar las caras de los presentes, parecía continuar con su rutina, en la que el pelimorado se había visto envuelto de alguna forma.

Off


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Una velada en Samba [T3, P.A.] - por Stroud Nanashi - 15-11-2025, 01:41 PM
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