Una velada en Samba [T3, P.A.]
#3
OST

El camarero no pareció inmutarse ante la faltada de Iggy, ni ante lo inusitado de su pregunta. Hubiese cabido esperar que, sea cual fuera el tiempo que Iggy llevase allí, el elegante camarero hubiera estado al tanto. Tampoco pareció tener nada que comentar sobre el, como siempre, estrafalario aspecto del joven. Continuó agitando la coctelera con firmeza, con la maña de quien conoce bien el oficio. "Está en el Berryelder, claro," afirmó, asintiendo con la cabeza ante la exigencia del pelimorado y esbozando una sonrisa. No era la primera vez que le decía exactamente eso, pero el joven, claro, no lo recordaba. Mientras Iggy afirmaba apostarse cien berries a que se ligaba a la mujer, el camarero sonrió profesionalmente y asintió con la cabeza. Con parsimonia, terminó de agitar el cóctel que estaba preparando y lo sirvió en un vasito con hielo. Mientras seguía escuchando a Iggy y asintiendo con la cabeza, sirvió una segunda copa de Pinot Noir y la colocó delante del joven, deslizándola con un movimiento controlado sobre la madera pulida. "No soy jugador," aclaró, poniendo ambas manos sobre la barra y bajando el tono, como si estuviera confesando algo íntimo, "pero, si lo fuera, le doblaría la apuesta a que no," afirmó, con una sonrisa cómplice, antes de volver a su labor.

A su alrededor, la vida en el Berryelder seguía como si nada. Aquel minúsculo bar era un mundo demasiado grande, con demasiada entidad, como para agitarse con su despertar. Tras una pared, se oyó cómo algo caía al suelo, pero nadie pareció darle importancia, el sonido quedando ahogado por el mobiliario, la charla y la música. El gyojin de la cicatriz, sujetando su puro con la mano derecha y usándolo para gesticular, hizo algún tipo de chiste de mal gusto a costa de la daga que el hombre del traje verde mostraba a la multitud, levantando ácidas carcajadas entre los pesentes. "¡... si te oyera Batale, desgraciado!," respondió el joven de las patillas, apenas pudiendo contener una carcajada. El aire, frío pese a todo, estaba impregnado del olor de la tierra, del vino, de diversos tipos de licores y de la madera barnizada. El mink cerdo y el tontatta, que parecían ser las auténticas estrellas del juego en aquel lugar, continuaban su partida, provocando vítores y bullicio entre sus muchos espectadores.

Cuando Iggy hizo un gesto hacia las dos guardias apostadas junto a la puerta del establecimiento, le fue imposible saber qué pensaron, o siquiera si lo habían visto. Tras las gafas de cristales ahumados, las dos mujeres parecían más bien dos pálidas estatuas, altas, espigadas, pálidas, vestidas de gris, sin apenas moverse o gesticular. De hecho, Iggy no vio a nadie más dirigirles siquiera una mirada; para los demás presentes, aquellas dos eran casi como una decoración más. O eso, o los demás también sentían ciertos escalofríos ante su presencia. Tuvo que pasar entre varias personas, recibiendo algún codazo disimulado, escuchando mil conversaciones ajenas que se negaban a ser interrumpidas por su paso: "-ro es más de lo mismo," "lo del New Piano ha si...," "... ayer a las ocho," "el tío le pegó una buena," "tú haces una gira por S...," "-ran tiene al jefe muy cabreado," "-tá pensando en jubilarse." Teniendo que apartar a la fuerza a algún que otro tipo, para llegar a situarse junto a la mujer de pelo azul, pero finalmente lo logró.

La mujer de pelo azul, que le sacaba un par de cabezas, tardó en percatarse de su presencia. Instintivamente, o tal vez por costumbre, se tapó la boca con su mano enguantada para responder: "Es el vingt-et-set. Tiran dados y sacan carta. Gana el que más se acerque al veintisiete. Y si se pasan, lo pierden todo," afirmó, dirigiendo una mirada a Iggy. "Retzer ya ha ganado cuatro veces, le ha sacado hasta el barco, y ya te puedes imaginar cómo se va a poner Tell," aseguró con una sonrisa, afirmando elegantemente con la cabeza, antes de devolver su atención al juego. El bullicio los rodeaba, y su voz casi quedaba sepultada por el constante entusiasmo de la masa. Iggy pudo notar en su nuca cómo varias miradas silenciosas a su alrededor se clavaban en él. "¿Qué tal anoche?," inquirió la mujer repentinamente, sin levantar la vista de los dados, que seguían rodando sobre la mesa de aquí para allá. Por encima de los dados, el mink cerdo, que gustaba de medir la temperatura de su público, echó una mirada a Iggy. "¡Adelante, amigo!," jaleó repentinamente el mink, ante las risas del jugador tontatta. La mujer de pelo azul le hizo un ademán hacia la mesa, como para que se animase. Repentinamente, todas las miradas alrededor de la mesa estaban puestas en él. ¿Aceptaría el reto?

Off


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Una velada en Samba [T3, P.A.] - por Stroud Nanashi - 15-11-2025, 01:41 PM
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