16-11-2025, 09:27 PM
Isla de Samba — 30 de otoño del Año 16 — 4 A.M
Eran aproximadamente las cuatro de la madrugada en aquella noche otoñal, mientras las gran mayoría del Reino de Samba dormía en el cómo silencio de la noche eterna, el oriundo de la isla de Baterilla permanecía vigilante en la cubierta del barco con su vista perdida en el horizonte oscuro, e infinito. Faltaban un par de horas para la madrugada, la noche se alzaba en el firmamento extendiendo su manto oscuro en cada dirección que el muchacho mirase en el mar más allá de un frente de tormenta que se movía en la distancia decorando el cielo nocturno con algunos destellos lejanos. La solemne oscuridad del firmamento refractado en el mar le imponía respeto, y en cierto punto paz.
Por un ratito el mundo era suyo.
Apoyado contra una de las barandas de madera que él mismo había reparado en la proa del mismo, entre sus dos manos repletas de callos y heridas sostenía una taza de café recien preparado. El vapor que destilaba un olor amargo a medida que se elevaba contra su rostro hacía un contraste perfecto con la fresca brisa que anunciaba que pronto el invierno llegaría. Suave y delicada, la brisa del mar empapaba sus labios con cada movimiento que mecía el barco donde el reposaba más no parecía molestarle en lo absoluto, moviendo la punta de su lengua por encima de sus membranas resecas antes de suspirar.
Hace rato que no veía a sus amigos imaginarios, quizás se habían ofendido ahora que cabía la posibilidad de que tuviese amigos de carne y hueso.
El funesto carpintero respiró profundamente cerrando sus orbes ambarinos por unos momentos a la vez que dejaba que la serenidad de la sosegada noche inundase sus sentidos. Amaba esas horas de la madrugada cuando todos dormían y él podía simplemente fundirse con el silencio; sin tener que hablar, explicar, entender o interpretar nada más que su propia conexión con esa infinita oscuridad que en cierto punto lo reconfortaba tan lejos de las cuatro paredes a las que alguna vez llamó su hogar.
Tras unos segundos de introspección tomó un sorbo más de su café, llevando su mirada a la herida de su mano izquierda que ya parecía ser poco más que un recuerdo, quizás debido a su resistencia natural o quizás debido a esa fruta que había comido semanas atrás. — Oh... —Musitó entre dientes dejando su taza sobre la baranda de madera para pasar la punta de sus dedos sobre la herida que ya parecía estar cerrando, la brisa marina ardía un poco y eso le recordaba que estaba vivo.
Sintió sus largos cabellos meciéndose con una ligera ventisca que se levantó de entre la bruma, y nuevamente se llamó a cerrar los ojos para sentir el aroma del mar contra su rostro, su salinidad, el movimiento de su cabello y el vapor de su café golpeándose la cara mientras la misma amenazaba con caer al mar en cualquier momento si seguía descuidando su taza. Entonces, nuevamente entre manos la tomó para darle otro trago y cuando abrió sus parpados el firmamento seguía tan oscuro como su falta de visión cuando se convertía en el pequeño animalito adepto a excavar.
— Hoy no me visitan las estrellas —Dijo casi decepcionado, suspirando para preguntar si tras la Grand Line el cielo se vería de la misma manera y sería el mismo viento el qeu acariciaría su rostro.
