17-11-2025, 07:09 PM
Desde sus privilegiados palcos, los seis Tenryuubitos observaban la situación a través de sus prismáticos y catalejos de lujo, mirando directamente hacia el espejo de la parte superior de cada cubículo que estaba colocado estratégicamente para mostrar el interior de estos a los benefactores de el macabro torneo improvisado. Ciertamente, los Sakana eran una familia conocida por su eficiencia y su capacidad de cazar presas en los Blues sin ningún tipo de dificultad... pero parecía que eran peces grandes en estanques pequeños, y ahora... se habían topado con demasiados peces al mismo tiempo. Se habían formado un nombre desde años atrás, desde que su padre Uouo Sakana había conseguido cierta fama con una técnica cegadora usando el cristal de su cráneo... el Uoflash, y sus hijos habían heredado tanto su legado como su movimiento insignia aunque sólo uno de ellos lo había usado en esta noche. Y ninguno iba a tener oportunidad de volver a usarlo.
En un lapso corto de tiempo, pero una a una, las frutas que habían en una de las cajas de provisiones de los Dragones Celestiales se fueron transformando, convirtiéndose en una forma retorcida y malograda de estas, llenas de espirales y hasta cambiando su color. Una sandía, que además de las espirales se estiró volviéndose gris. Un racimo de plátanos que adquirieron un tono marrón además de ganar aquellas formas curvas en su piel. Una manzana azul cuya hoja se cuadruplicó formando una hélice en su tallo, con las espirales igual que las demás. Una pera que se tornó negra y del tallo brotó una pua cónica torcida, también con sus espirales. Una naranja compuesta por dos cuerpos ovalados conexos de color rosa claro, con remolinos característicos en su piel. Y una maracuyá que se tornó azul y su tallo se convirtió en un relámpago, además de adquirir la diferencia característica de todas las anteriores en la piel.
Los Tenyuubitos tuvieron que observar como uno por uno sus campeones iban cayendo, haciendo que sus reacciones y su interpretación de los acontecimientos fuera dispar. El hombre obeso y rubio que no había dejado de comer croissants no cabía en sí de la incredulidad — ¡Imposible, imposible, imposible, imposible, imposibleeee! ¡IMPOSIBLEEE-EH! — vociferaba Saint Voltòir mientras golpeaba con su mano libre de croissant el reposabrazos de su silla, tras dejar caer sus binoculares. A su lado, el también grotescamente pasado de peso y con mal disimulada alopecia en su cabello castaño, Saint Vangelis, sorbía la cabeza de un bogavante — ¡Greeeekekekeke! ¡Menudo inútil-eh! No entiendo su fama si unos cualquiera los derrotan así... — haciendo que su risa se mezclase con su tono de indiferencia, completamente entregado a la comida.
— ¡Ese idiota! ¡Tanto músculo y fama para nada! ¿Cazadores temidos? ¡Y un cuerno! ¡Como el suyo! ¡Os dije que los gyojin son idiotas sin cerebro! — dijo la mujer presente, de la familia Saint Byrne, con su cabello rojo peinado a la moda Tenryuubito, quejándose de la elección de los luchadores y agitando su copa de vino haciendo que esta salpicase un poco — Qué decepción... ¡qué decepción! Esperaba una masacre, un entretenimiento digno de ser contemplado por dioses no... eso — respondió el Lunarian presente, miembro de la familia de los Saint Tsvetnik que seguía mirando con su catalejo de oro atentamente — Vaya pérdida de tiempo... Os dije que teníamos que haber comprado gigantes ¡por eso el mío se hacía grande! ¡Gigantes! Son la clave para los torneos de este estilo-eh — masculló el también obeso y pelirosa de cabello rizado y prominentes patillas, miembro de los Saint O'Heil, mientras chasqueaba los dedos hacia los criados — Lo... lo han... lo han vencido... Ese monstruo no se podía matar, y lo han vencido... — el anciano presente, de los Saint Wisniewski, no daba crédito a lo que habían visto sus ojos. Su campeón era posiblemente capaz de matar a la vez a varios de sus hermanos... ¿como era posible que estuviera ahora muerto?
— ¡Y tu haz algo! ¡Cierra esas paredes y aplástalos! ¡Lo que sea! — vociferó la mujer de los Saint Byrne levantándose de su sillón y dándole una patada al esclavo arrodillado con las manos metidas en la tierra que tenían frente a ellos — Lo que debemos hacer es marcharnos ya-eh — dijo el Saint O'Heil — ¡Como salgan de esas cárceles podrían darnos problemas! — añadió levantándose del sillón con la ayuda de dos esclavos que ahora le limpiaban la boca y las migas de la comida de la barriga — ¡Guardias! — gritó el rubio — ¡¡GUARDIAS!! — repitió sin éxito — Idiota no hemos traído guardias — le respondió su congénere — Mi padre ni si quiera sabe que estoy aquí apostando — matizó tratando de levantarse torpemente del asiento — Recoged todo ¡nos largamos de aquí-eh! — dijo ordenando a sus esclavos que empezasen a movilizarse. El rubio asintió y sus criados comenzaron a hacer lo mismo, y junto con el Saint O'Heil eran tres.
La señorita Saint Byrne se resignó y dejó de dar patadas al esclavo que tenía que ver con las prisiones de tierra y se marchó caminando hacia el barco que había en la parte trasera de ese peñasco, un galeón de oro del Gobierno Mundial que los había traído hasta aquí — ¡No pienso quedarme ni un minuto más! ¡Más os vale recoger todo en cinco minutos u os mataré yo misma! — gritó, tirando su copa de vino y sacando una flintlock de su faja, caminando hacia el barco.
Los esclavos de estas cuatro casas, los Saint Voltòir, los Saint Vangelis, los Saint O'Heil, y los Saint Byrne se dispusieron a recoger todo, empaquetando la comida en las cajas y llevándosela corriendo a los barcos mientras sus cuatro amos se dirigían caminando hacia los barcos discutiendo entre ellos de quién sería el premio. Entonces, el miembro de los Saint Tsvetnik, que había continuado mirando desde la distancia con su catalejo, abrió mucho los ojos — ¡Esa fealdad! No puede ser... — masculló entre dientes, atónito. Entonces un disparo mudo por el oleaje desencadenó una explosión lumínica sobre una de las torres de piedra, haciendo que el lunarian observador se cegase momentaneamente — ¡¡Argh!! — gritó apartando la mirada y cubriéndose el rostro con la mano y levantándose — ¡Vámonos! ¡Saint Wisniewski levántese! — exigió el Lunarian al anciano, ayudándole a levantarse y con una expresión de preocupación en su rostro — Pero... ¡la recaudación! ¡No seas insensato! — recriminó el anciano refiriéndose al cofre, recibiendo la negativa de su aliado celestial — No hay tiempo ¡hay que hacer caso a los presagios! ¡Es demasiada casualidad! ¡Algo malo va a pasar! — contestó el alado de piel oscura — Los muertos no viajan al Grand Line... — masculló entre dientes. Los esclavos a su alrededor empezaron a recoger con prisa y torpemente lo que aun quedaba — ¡Protegednos! ¡Cucarachas insolentes tenéis que protegernos! — gritó el anciano asustado por las palabras del Lunarian — ¡¡Dejad todo eso y llevarnos a salvo hasta el barco!! — ordenó finalmente, y ambos Tenryuubitos acompañados de su séquito de esclavos salieron corriendo - los trabajadores cargando algunas pertenencias más - hacia el navío, dejando atrás dos cajas de comida, un cofre, y los seis sillones de lujo junto con la carpa.
El último de todos ellos, el esclavo arrodillado con las manos metidas en el suelo los observaba con pavor y alternaba su mirada entre los que huían y las cárceles. Sabía que si los liberaba muy pronto, podrían atacarlos a todos y los matarían, pero si los liberaba muy tarde lo dejarían aquí y él sería la presa de esos salvajes. Él mismo había visto a los Sakana... y esos monstruos no eran fáciles de derrotar, así que fuera lo que fuera que saliese de aquellos cubículos, no era un enemigo que quisiera tener. Así que esperó pacientemente un par de minutos y... sacó sus manos del suelo.
En el momento en el que estas abandonaron la superficie, echó a correr como un diablo, torpe y a traspiés hacia el navío en el que todos habían llegado. Y al mismo tiempo, los cubículos comenzaron a agrietarse con un enorme chasquido generalizado.
Tras la muerte de Uoroku, y contando con el sacrificio de Ashveil quien estaba inconsciente por el combate, el equipo de los líderes de sus respectivos grupos charlaban entre ellos ofreciéndose ayuda a intercambiando halagos gratamente. Zhang arrancó una placa del gyojin descubriendo donde guardaba una buena cantidad de dinero mientras Krysser se acercaba a él. Rosse se juntó con Uker y el cuerpo inconsciente de Ashveil y mientras todos estaban despreocupados por su victoria el crujido de la roca sentenció todo el lugar, dando a entender a los ocupantes del cubículo que estas paredes se iban a venir abajo y que su estructura ahora era débil.
Un crujido más y los desprendimientos comenzaron en aquel lugar, asegurando que las paredes de roca desaparecerían tras desmoronarse así, pero amenazando con aplastar a todos en su interior... una especie de regalo de despedida improvisado de los Sakana... o de sus contratistas.
Tras el derrumbe, mirando en derredor se podría apreciar a los otros cinco grupos en sendas plataformas de roca iguales, dispuestos en una fila separadas cada plataforma de la siguiente por veinte metros de distancia. El primero por la derecha era el grupo que había derrotado a Uosan, seguido a su izquierda del grupo que había enfrentado a Uoichi, y a su izquierda el grupo que había enfrentado a Uoni. A la izquierda de este, siendo la cuarta plataforma, estaba el grupo que había peleado contra Uogo, a su izquierda el grupo que había peleado contra Uoyon, y el último de todos y el que más a la izquierda estaba era el grupo que había peleado con Uoroku.
Frente a ellos, algunas rocas apiladas de forma inestable creaban un reguero sutil que conducía hacia la torre donde habían estado los Tenryuubito, aun iluminada por algún farolillo, a una distancia de varios cientos de metros. A su espalda, estaban los barcos encallados y frenados, pero en buen estado.
El qué hacer ahora era algo que sólo dependía de ellos.
En un lapso corto de tiempo, pero una a una, las frutas que habían en una de las cajas de provisiones de los Dragones Celestiales se fueron transformando, convirtiéndose en una forma retorcida y malograda de estas, llenas de espirales y hasta cambiando su color. Una sandía, que además de las espirales se estiró volviéndose gris. Un racimo de plátanos que adquirieron un tono marrón además de ganar aquellas formas curvas en su piel. Una manzana azul cuya hoja se cuadruplicó formando una hélice en su tallo, con las espirales igual que las demás. Una pera que se tornó negra y del tallo brotó una pua cónica torcida, también con sus espirales. Una naranja compuesta por dos cuerpos ovalados conexos de color rosa claro, con remolinos característicos en su piel. Y una maracuyá que se tornó azul y su tallo se convirtió en un relámpago, además de adquirir la diferencia característica de todas las anteriores en la piel.
Los Tenyuubitos tuvieron que observar como uno por uno sus campeones iban cayendo, haciendo que sus reacciones y su interpretación de los acontecimientos fuera dispar. El hombre obeso y rubio que no había dejado de comer croissants no cabía en sí de la incredulidad — ¡Imposible, imposible, imposible, imposible, imposibleeee! ¡IMPOSIBLEEE-EH! — vociferaba Saint Voltòir mientras golpeaba con su mano libre de croissant el reposabrazos de su silla, tras dejar caer sus binoculares. A su lado, el también grotescamente pasado de peso y con mal disimulada alopecia en su cabello castaño, Saint Vangelis, sorbía la cabeza de un bogavante — ¡Greeeekekekeke! ¡Menudo inútil-eh! No entiendo su fama si unos cualquiera los derrotan así... — haciendo que su risa se mezclase con su tono de indiferencia, completamente entregado a la comida.
— ¡Ese idiota! ¡Tanto músculo y fama para nada! ¿Cazadores temidos? ¡Y un cuerno! ¡Como el suyo! ¡Os dije que los gyojin son idiotas sin cerebro! — dijo la mujer presente, de la familia Saint Byrne, con su cabello rojo peinado a la moda Tenryuubito, quejándose de la elección de los luchadores y agitando su copa de vino haciendo que esta salpicase un poco — Qué decepción... ¡qué decepción! Esperaba una masacre, un entretenimiento digno de ser contemplado por dioses no... eso — respondió el Lunarian presente, miembro de la familia de los Saint Tsvetnik que seguía mirando con su catalejo de oro atentamente — Vaya pérdida de tiempo... Os dije que teníamos que haber comprado gigantes ¡por eso el mío se hacía grande! ¡Gigantes! Son la clave para los torneos de este estilo-eh — masculló el también obeso y pelirosa de cabello rizado y prominentes patillas, miembro de los Saint O'Heil, mientras chasqueaba los dedos hacia los criados — Lo... lo han... lo han vencido... Ese monstruo no se podía matar, y lo han vencido... — el anciano presente, de los Saint Wisniewski, no daba crédito a lo que habían visto sus ojos. Su campeón era posiblemente capaz de matar a la vez a varios de sus hermanos... ¿como era posible que estuviera ahora muerto?
— ¡Y tu haz algo! ¡Cierra esas paredes y aplástalos! ¡Lo que sea! — vociferó la mujer de los Saint Byrne levantándose de su sillón y dándole una patada al esclavo arrodillado con las manos metidas en la tierra que tenían frente a ellos — Lo que debemos hacer es marcharnos ya-eh — dijo el Saint O'Heil — ¡Como salgan de esas cárceles podrían darnos problemas! — añadió levantándose del sillón con la ayuda de dos esclavos que ahora le limpiaban la boca y las migas de la comida de la barriga — ¡Guardias! — gritó el rubio — ¡¡GUARDIAS!! — repitió sin éxito — Idiota no hemos traído guardias — le respondió su congénere — Mi padre ni si quiera sabe que estoy aquí apostando — matizó tratando de levantarse torpemente del asiento — Recoged todo ¡nos largamos de aquí-eh! — dijo ordenando a sus esclavos que empezasen a movilizarse. El rubio asintió y sus criados comenzaron a hacer lo mismo, y junto con el Saint O'Heil eran tres.
La señorita Saint Byrne se resignó y dejó de dar patadas al esclavo que tenía que ver con las prisiones de tierra y se marchó caminando hacia el barco que había en la parte trasera de ese peñasco, un galeón de oro del Gobierno Mundial que los había traído hasta aquí — ¡No pienso quedarme ni un minuto más! ¡Más os vale recoger todo en cinco minutos u os mataré yo misma! — gritó, tirando su copa de vino y sacando una flintlock de su faja, caminando hacia el barco.
Los esclavos de estas cuatro casas, los Saint Voltòir, los Saint Vangelis, los Saint O'Heil, y los Saint Byrne se dispusieron a recoger todo, empaquetando la comida en las cajas y llevándosela corriendo a los barcos mientras sus cuatro amos se dirigían caminando hacia los barcos discutiendo entre ellos de quién sería el premio. Entonces, el miembro de los Saint Tsvetnik, que había continuado mirando desde la distancia con su catalejo, abrió mucho los ojos — ¡Esa fealdad! No puede ser... — masculló entre dientes, atónito. Entonces un disparo mudo por el oleaje desencadenó una explosión lumínica sobre una de las torres de piedra, haciendo que el lunarian observador se cegase momentaneamente — ¡¡Argh!! — gritó apartando la mirada y cubriéndose el rostro con la mano y levantándose — ¡Vámonos! ¡Saint Wisniewski levántese! — exigió el Lunarian al anciano, ayudándole a levantarse y con una expresión de preocupación en su rostro — Pero... ¡la recaudación! ¡No seas insensato! — recriminó el anciano refiriéndose al cofre, recibiendo la negativa de su aliado celestial — No hay tiempo ¡hay que hacer caso a los presagios! ¡Es demasiada casualidad! ¡Algo malo va a pasar! — contestó el alado de piel oscura — Los muertos no viajan al Grand Line... — masculló entre dientes. Los esclavos a su alrededor empezaron a recoger con prisa y torpemente lo que aun quedaba — ¡Protegednos! ¡Cucarachas insolentes tenéis que protegernos! — gritó el anciano asustado por las palabras del Lunarian — ¡¡Dejad todo eso y llevarnos a salvo hasta el barco!! — ordenó finalmente, y ambos Tenryuubitos acompañados de su séquito de esclavos salieron corriendo - los trabajadores cargando algunas pertenencias más - hacia el navío, dejando atrás dos cajas de comida, un cofre, y los seis sillones de lujo junto con la carpa.
El último de todos ellos, el esclavo arrodillado con las manos metidas en el suelo los observaba con pavor y alternaba su mirada entre los que huían y las cárceles. Sabía que si los liberaba muy pronto, podrían atacarlos a todos y los matarían, pero si los liberaba muy tarde lo dejarían aquí y él sería la presa de esos salvajes. Él mismo había visto a los Sakana... y esos monstruos no eran fáciles de derrotar, así que fuera lo que fuera que saliese de aquellos cubículos, no era un enemigo que quisiera tener. Así que esperó pacientemente un par de minutos y... sacó sus manos del suelo.
En el momento en el que estas abandonaron la superficie, echó a correr como un diablo, torpe y a traspiés hacia el navío en el que todos habían llegado. Y al mismo tiempo, los cubículos comenzaron a agrietarse con un enorme chasquido generalizado.
Tras la muerte de Uoroku, y contando con el sacrificio de Ashveil quien estaba inconsciente por el combate, el equipo de los líderes de sus respectivos grupos charlaban entre ellos ofreciéndose ayuda a intercambiando halagos gratamente. Zhang arrancó una placa del gyojin descubriendo donde guardaba una buena cantidad de dinero mientras Krysser se acercaba a él. Rosse se juntó con Uker y el cuerpo inconsciente de Ashveil y mientras todos estaban despreocupados por su victoria el crujido de la roca sentenció todo el lugar, dando a entender a los ocupantes del cubículo que estas paredes se iban a venir abajo y que su estructura ahora era débil.
Un crujido más y los desprendimientos comenzaron en aquel lugar, asegurando que las paredes de roca desaparecerían tras desmoronarse así, pero amenazando con aplastar a todos en su interior... una especie de regalo de despedida improvisado de los Sakana... o de sus contratistas.
Tras el derrumbe, mirando en derredor se podría apreciar a los otros cinco grupos en sendas plataformas de roca iguales, dispuestos en una fila separadas cada plataforma de la siguiente por veinte metros de distancia. El primero por la derecha era el grupo que había derrotado a Uosan, seguido a su izquierda del grupo que había enfrentado a Uoichi, y a su izquierda el grupo que había enfrentado a Uoni. A la izquierda de este, siendo la cuarta plataforma, estaba el grupo que había peleado contra Uogo, a su izquierda el grupo que había peleado contra Uoyon, y el último de todos y el que más a la izquierda estaba era el grupo que había peleado con Uoroku.
Frente a ellos, algunas rocas apiladas de forma inestable creaban un reguero sutil que conducía hacia la torre donde habían estado los Tenryuubito, aun iluminada por algún farolillo, a una distancia de varios cientos de metros. A su espalda, estaban los barcos encallados y frenados, pero en buen estado.
El qué hacer ahora era algo que sólo dependía de ellos.
Resumen
Felicitaciones
Saqueo
Próximo turno
Derrumbe
Torre Tenryuubito
