17-11-2025, 07:47 PM
Me quedé un instante en silencio sobre su hombro cuando lo escuché hablar, porque a veces Eros dice cosas que te atraviesan de una forma tan inesperada que necesitas respirar dos veces para no quedarte colgando de ellas, de esas que necesitas sobrepensar para dar una respuesta para nada absurda y que él comprenda. Era extraño… él siempre parece tan pesado por dentro, tan lleno de sombras, y aun así tenía esa forma de mirar a los muertos que era más dulce que la que muchos vivos reciben en vida. Supuse que vivir incluso más cerca de la muerte que yo misma tenía su propia penitencia. Y que lo dijera así, tan tranquilo, tan sin darse importancia, me aflojó un poco el pecho.
— ¿Transparente? —murmuré con una sonrisa que se me escapó sola, ladeando la cabeza mientras mis dedos seguían apoyados en su mejilla. Tuve que reflexionar un poco la respuesta a aquella cuestión, pues era cierto que apenas le conocía y que la interacción más larga que habíamos tenido era justamente aquella—. No exactamente. Es más que hablas como alguien que lleva demasiados inviernos dentro. Y los inviernos siempre dejan marcas, ya sabes, como cuando nieva.
No podía dejar de observarle de cerca, lo admito. La gente grande nunca me había parecido intimidante, pero él… él tenía otra cosa. No era por su tamaño. Tampoco era intimidación lo que sentía. Era por cómo sostenía su mundo interior y cómo lo habitaba desde fuera, como si nadie más pudiera hacerlo y a la vez le diera vergüenza admitirlo. Y cuando se tensó por mi caricia, lo noté hasta en mi propio brazo. Fue un gesto tan pequeño, tan sincero, que casi sentí que debía disculparme por tocarle así, pero no lo hice; solo aflojé un poco mis dedos, separándolos de allí. Me cuestioné a qué se debía tal reacción, si tal vez a que uno no espera ser acariciado por un Tontatta, tal vez a algún síntoma de su herida o porqué. Me acomodé mejor, apoyando mis rodillas en la camilla para mantener el equilibrio mientras él hablaba de cuidar muertos con esa tranquilidad suya que demostraba haber perdido hacía años el tabú sobre ese tema. “Quién te cuidó a ti entonces”, pensé, pero no lo pregunté, porque a veces lo que se calla pesa más que lo que se dice.
Cuando por fin se tumbó, me escabullí hacia el cabecero de la camilla y me quedé allí sentada, con las piernas recogidas y los pies debajo de mi regazo, mirándole mientras se acomodaba con la torpeza de alguien que no está acostumbrado a permitir que nadie lo cuide, según había podido comprobar en esos escasos minutos hablando—. Claro que tienes razón —asentí despacio, inclinándome hacia él—. La libertad está ahí, aunque la ignores, sobre todo en alta mar. Y créeme, sé lo que es olvidarse de que puedes elegir. ¡A mí me eligieron tantas veces que se me olvidó que tenía manos propias, yo, médica! —solté una risita leve, sin humor, pero suave—. Por eso estás aquí, ¿no? Para aprender dónde termina la tumba y empieza el mar.
Cuando habló de su instinto, de las almas, de esa especie de filosofía suya tan rara y tan triste a la vez, me quedé mirándole un ratito más, casi enternecida. Tenía la facilidad de convertir una camilla vieja en un confesionario. La filosofía no era lo mío, aunque como médico podía decirse que tenía mi propia ética y, en base a eso, sabía algo de filosofía, un campo extraño de abordar—. Yo creo que sí —respondí al fin, en voz más baja—, yo creo que nacemos con una semilla ahí dentro, con la semilla del alma. No sabemos cuál es hasta que alguien nos roza lo suficiente para mover la tierra y cuidarla hasta que florezca. Quiero pensar que cuando la gente muere, no muere del todo. No sé qué será el alma, puede que tan solo el recuerdo que habita en nuestra memoria cuando esa persona nos abandona en este plano terrenal. Sea como fuere… —me incliné hacia él y apoyé la palma sobre su frente, justo un toque breve—... tienes una buena alma, Eros. Está rara, sí… torcida por los golpes, como un árbol que creció con demasiado viento o con luz escasa. Pero es buena. Y yo quiero conocerla más —sonreí, esta vez sin esconderlo—. Y no porque seas interesante… que lo eres. Sino porque hay algo en ti que parece estar buscando sitio. Y a veces yo sé encontrar sitios: ventajas de mi escaso tamaño.
Me quedé allí sentada, vigilándole por si se mareaba, perdía la conciencia y tocaba asistirle, pero también disfrutando del silencio.
— ¿Transparente? —murmuré con una sonrisa que se me escapó sola, ladeando la cabeza mientras mis dedos seguían apoyados en su mejilla. Tuve que reflexionar un poco la respuesta a aquella cuestión, pues era cierto que apenas le conocía y que la interacción más larga que habíamos tenido era justamente aquella—. No exactamente. Es más que hablas como alguien que lleva demasiados inviernos dentro. Y los inviernos siempre dejan marcas, ya sabes, como cuando nieva.
No podía dejar de observarle de cerca, lo admito. La gente grande nunca me había parecido intimidante, pero él… él tenía otra cosa. No era por su tamaño. Tampoco era intimidación lo que sentía. Era por cómo sostenía su mundo interior y cómo lo habitaba desde fuera, como si nadie más pudiera hacerlo y a la vez le diera vergüenza admitirlo. Y cuando se tensó por mi caricia, lo noté hasta en mi propio brazo. Fue un gesto tan pequeño, tan sincero, que casi sentí que debía disculparme por tocarle así, pero no lo hice; solo aflojé un poco mis dedos, separándolos de allí. Me cuestioné a qué se debía tal reacción, si tal vez a que uno no espera ser acariciado por un Tontatta, tal vez a algún síntoma de su herida o porqué. Me acomodé mejor, apoyando mis rodillas en la camilla para mantener el equilibrio mientras él hablaba de cuidar muertos con esa tranquilidad suya que demostraba haber perdido hacía años el tabú sobre ese tema. “Quién te cuidó a ti entonces”, pensé, pero no lo pregunté, porque a veces lo que se calla pesa más que lo que se dice.
Cuando por fin se tumbó, me escabullí hacia el cabecero de la camilla y me quedé allí sentada, con las piernas recogidas y los pies debajo de mi regazo, mirándole mientras se acomodaba con la torpeza de alguien que no está acostumbrado a permitir que nadie lo cuide, según había podido comprobar en esos escasos minutos hablando—. Claro que tienes razón —asentí despacio, inclinándome hacia él—. La libertad está ahí, aunque la ignores, sobre todo en alta mar. Y créeme, sé lo que es olvidarse de que puedes elegir. ¡A mí me eligieron tantas veces que se me olvidó que tenía manos propias, yo, médica! —solté una risita leve, sin humor, pero suave—. Por eso estás aquí, ¿no? Para aprender dónde termina la tumba y empieza el mar.
Cuando habló de su instinto, de las almas, de esa especie de filosofía suya tan rara y tan triste a la vez, me quedé mirándole un ratito más, casi enternecida. Tenía la facilidad de convertir una camilla vieja en un confesionario. La filosofía no era lo mío, aunque como médico podía decirse que tenía mi propia ética y, en base a eso, sabía algo de filosofía, un campo extraño de abordar—. Yo creo que sí —respondí al fin, en voz más baja—, yo creo que nacemos con una semilla ahí dentro, con la semilla del alma. No sabemos cuál es hasta que alguien nos roza lo suficiente para mover la tierra y cuidarla hasta que florezca. Quiero pensar que cuando la gente muere, no muere del todo. No sé qué será el alma, puede que tan solo el recuerdo que habita en nuestra memoria cuando esa persona nos abandona en este plano terrenal. Sea como fuere… —me incliné hacia él y apoyé la palma sobre su frente, justo un toque breve—... tienes una buena alma, Eros. Está rara, sí… torcida por los golpes, como un árbol que creció con demasiado viento o con luz escasa. Pero es buena. Y yo quiero conocerla más —sonreí, esta vez sin esconderlo—. Y no porque seas interesante… que lo eres. Sino porque hay algo en ti que parece estar buscando sitio. Y a veces yo sé encontrar sitios: ventajas de mi escaso tamaño.
Me quedé allí sentada, vigilándole por si se mareaba, perdía la conciencia y tocaba asistirle, pero también disfrutando del silencio.
