18-11-2025, 12:40 PM
El camino hacia el dojo Sudowoodo se volvía más estrecho a medida que los dos piratas avanzaban entre los altos tallos de bambú. El silencio que dominaba el bosque no era natural; era un silencio tenso, espeso, como si la misma vegetación advirtiera que algo dentro del dojo había dejado de ser lo que debía. La luz del mediodía apenas conseguía colarse hasta el suelo, y el aire, a pesar de estar tibio, arrastraba una inquietud difícil de ignorar.
Cuando las puertas del dojo aparecieron finalmente entre los árboles, quedó claro que algo había ocurrido allí. Una de las puertas corredizas estaba torcida, como golpeada con violencia, y la otra mostraba marcas irregulares, casi como arañazos. El interior se veía más oscuro de lo normal, pese a que la luz solar debería iluminar el tatami en esa hora del día. No se escuchaba ninguna voz, ningún golpe marcial, ni un solo rastro de actividad.
Y justo cuando Ryota y Runin dieron los primeros pasos hacia la entrada, un silbido cortante rasgó el aire. Tres shurikens cruzaron el espacio frente a ellos y se clavaron en el suelo con una precisión quirúrgica, alineados como si marcasen una frontera invisible. No era un ataque fallido. Era una advertencia directa: no avancéis.
Una figura surgió entonces desde entre los bambúes del flanco derecho, moviéndose con una rapidez inquietante. Cayó en el porche de madera del dojo con un golpe seco del bō que llevaba en la mano, enderezándose con una postura recta, tensa y perfectamente entrenada.
Era el maestro del dojo… o lo que quedaba de él.
Su rostro estaba surcado por ojeras profundas, el cabello desordenado, la ropa desgarrada y manchada. Sus ojos tenían un brillo febril, desenfocado, como si la cordura hubiese abandonado ese cuerpo hacía tiempo.
-Así que habéis venido a por ellos -dijo con la voz ronca, entrecortada, mirando a los dos forasteros con una mezcla de hostilidad y fanatismo- A por el chico. A por su potencial. A por lo que es mío.
Golpeó el suelo con el bō, marcando un ritmo que no coincidía con ninguna técnica conocida, un gesto que hablaba de tensión, obsesión y un delirio apenas contenido.
-Ese niño es un prodigio. Un diamante puro. ¡Con él ganaré todas las peleas clandestinas que haga falta! ¡Me sacará de la miseria! -La sonrisa que se extendió en su rostro era demasiado amplia, demasiado tensa, más una herida que una expresión humana- Su padre se negó… pero todo el mundo aprende cuándo dejar de resistirse. Algunos… más rápido que otros.
Sus dedos giraron otro shuriken con un temblor irregular, mientras adoptaba una guardia impecable con el bō en la mano contraria.
-No voy a dejar que nadie me quite lo que me pertenece. Ni vosotros. Ni nadie. Si dais un paso más… -sus ojos se encendieron con una locura punzante- os romperé los huesos aquí mismo HAHAHAHAHAH
Acabó con una risa macabra, fruto de la locura que había consumido a ese hombre.
El dojo quedó en un silencio absoluto, solo roto por el leve temblor del bambú alrededor.
El maestro no estaba negociando.
No estaba pidiendo explicación alguna.
Estaba listo para atacar.
Cuando las puertas del dojo aparecieron finalmente entre los árboles, quedó claro que algo había ocurrido allí. Una de las puertas corredizas estaba torcida, como golpeada con violencia, y la otra mostraba marcas irregulares, casi como arañazos. El interior se veía más oscuro de lo normal, pese a que la luz solar debería iluminar el tatami en esa hora del día. No se escuchaba ninguna voz, ningún golpe marcial, ni un solo rastro de actividad.
Y justo cuando Ryota y Runin dieron los primeros pasos hacia la entrada, un silbido cortante rasgó el aire. Tres shurikens cruzaron el espacio frente a ellos y se clavaron en el suelo con una precisión quirúrgica, alineados como si marcasen una frontera invisible. No era un ataque fallido. Era una advertencia directa: no avancéis.
Una figura surgió entonces desde entre los bambúes del flanco derecho, moviéndose con una rapidez inquietante. Cayó en el porche de madera del dojo con un golpe seco del bō que llevaba en la mano, enderezándose con una postura recta, tensa y perfectamente entrenada.
Era el maestro del dojo… o lo que quedaba de él.
Maestro
Su rostro estaba surcado por ojeras profundas, el cabello desordenado, la ropa desgarrada y manchada. Sus ojos tenían un brillo febril, desenfocado, como si la cordura hubiese abandonado ese cuerpo hacía tiempo.
-Así que habéis venido a por ellos -dijo con la voz ronca, entrecortada, mirando a los dos forasteros con una mezcla de hostilidad y fanatismo- A por el chico. A por su potencial. A por lo que es mío.
Golpeó el suelo con el bō, marcando un ritmo que no coincidía con ninguna técnica conocida, un gesto que hablaba de tensión, obsesión y un delirio apenas contenido.
-Ese niño es un prodigio. Un diamante puro. ¡Con él ganaré todas las peleas clandestinas que haga falta! ¡Me sacará de la miseria! -La sonrisa que se extendió en su rostro era demasiado amplia, demasiado tensa, más una herida que una expresión humana- Su padre se negó… pero todo el mundo aprende cuándo dejar de resistirse. Algunos… más rápido que otros.
Sus dedos giraron otro shuriken con un temblor irregular, mientras adoptaba una guardia impecable con el bō en la mano contraria.
-No voy a dejar que nadie me quite lo que me pertenece. Ni vosotros. Ni nadie. Si dais un paso más… -sus ojos se encendieron con una locura punzante- os romperé los huesos aquí mismo HAHAHAHAHAH
Acabó con una risa macabra, fruto de la locura que había consumido a ese hombre.
El dojo quedó en un silencio absoluto, solo roto por el leve temblor del bambú alrededor.
El maestro no estaba negociando.
No estaba pidiendo explicación alguna.
Estaba listo para atacar.
INFORMACIÓN DE LA AVENTURA

![[Imagen: 1BNlHFn.png]](https://i.imgur.com/1BNlHFn.png)