Una velada en Samba [T3, P.A.]
#5
La mujer alzó una ceja cuando Iggy afirmó no conocer a Retzer y Tell, en un movimiento de perplejidad sutil, pero que se fue acentuando a medida que el muchacho continuaba con su explicación, afirmando que alguien debía de estar haciendo trampas en aquel juego. Se limitó a asentir con la cabeza, dando un traguito a su copa de Pinot Noir, mientras continuaba atenta al juego que transcurría en la mesa frente a ellos. Todo el mundo sabía que en el Berryelder no se hacía trampas, bajo ningún concepto. La mujer parecía haber dado por esencialmente terminada la conversación, pero Iggy volvió a la carga, esta vez con uno de los intentos de ligue más abismales que el Berryelder había avistado en sus años de existencia, y eso no era decir cualquier cosa. Si quedó impresionada por aquello, no resultó perceptible. Permaneció absolutamente impávida ante la exhibición poética de Iggy, aunque su expresión se torció significativamente ante la broma de sujetarle la copa. La tomó y, con su delicadeza habitual, la colocó rápidamente sobre la primera repisa que vio a su alrededor, mientras nuestro protagonista se dirigía a la mesa de juego. Nada, sin embargo, hubiera preparado a los presentes para la intervención que Iggy se disponía a hacer.

Iggy se acercó al borde de la mesa y lanzó los pesados dados de marfil, que empezaron a rodar sobre el tapete. Pese a que cada vez había más gente en el diminuto espacio, el bullicio alrededor de la mesa empezó a disiparse a medida que Iggy empezaba a captar su atención, proyectando su voz hacia el público que allí se había formado. El tontatta, haciendo gala de una enorme profesionalidad, continuó, sacando (no sin esfuerzo) un naipe de la baraja y colocándolo boca arriba delante de Iggy, para que todos pudiesen verlo. Los espectadores, que en su mayoría habían quedado en silencio sepulcral, comenzaron a intercambiar miradas perplejas ante las preguntas que lanzó el sonriente y confiado Iggy. ¿Pran, New Piano, Corazón? El mink cerdo, si lo oyó, no lo mostró, y, con enorme seriedad, se limitó a jugar su turno. Tomó los plúmbeos dados y los lanzó, sin perder detalle de cómo rodaban por la superficie. Mientras, Iggy continuaba hablando, ofreciendo una copa a quien supiese algo de lo que había tenido lugar días atrás en la terraza del New Piano, tal vez con el fin de aliviar tensiones. El público continuaba mudo. Los dados se detuvieron: uno y tres. El cerdo pidió carta: un quince. Se podía cortar la tensión con un cuchillo. Si se quedaba ahí, perdería la ronda, pero pedir otra carta era aún más arriesgado. La penalización por pasarse era mayor que por quedarse corto. Tragó saliva, y golpeó con sus nudillos sobre el borde de la mesa, confirmando que tomaría otra carta. El tontatta, con la sobriedad que requería el momento, sacó una carta más de la baraja. La puso boca arriba sobre la mesa. Providencial. "¡Veinticuatro!," exclamó repentinamente el crupier. El cerdo sonrió, el público estalló en vítores: otra victoria más para la estrella de la velada.

Sin embargo, todo el mundo enmudeció nuevamente cuando el mink colocó sus ojos sobre Iggy. Todas las miradas estaban puestas sobre ambos. "Un millón de berries," indicó, extendiendo la palma de su mano hacia el pelimorado, "o el Corazón, claro."

Pese a las sospechas de Iggy, y si bien los presentes eran el tipo de persona que hubiera estado normalmente encantada de esconderse alguna carta o usar algún dado de más, todos eran conscientes de que no era el lugar. Cada victoria sobre la mesa de juegos debía ganarse a pulso, a puro talento y suerte, sin trampa ni cartón. Y cada juego, a su vez, era una mano en la que uno se jugaba algo importante. Al fin y al cabo, aquel era el punto de reunión de la crème de la crème de los piratas, revolucionarios y otra chusma que pasaba por Samba. El elegante bar, cuya existencia solo era conocida por algunos miembros de los bajos fondos, era el speakeasy donde los corsarios más ricos y los mafiosos más elegantes iban a socializar entre iguales, a hacer negocios o a formar alianzas pacíficamente. En el Berryelder se tejían las relaciones que sostenían el bajo mundo de Samba, y de algún sitio más. Iggy pudo notar cómo el público de la partida se tensaba, esperando a que pagase su deuda. ¿Jugaría otra mano?

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Una velada en Samba [T3, P.A.] - por Stroud Nanashi - 15-11-2025, 01:41 PM
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