18-11-2025, 08:29 PM
No pude hacer nada más que quedarme ahí, atontado, como un completo estúpido ante la demostración de poder de esas dos chicas. Mi cuerpo simplemente se congeló. Aquello no era humano, Roosevelt podía convertirse en luz, sí, pero lo que ellas hicieron, lava y hielo, juntos, chocando, moldeando la destrucción, era otra liga. Era naturaleza desatada con forma humana. Y aunque en esta ocasión estaban de mi lado, luchando contra la bestia rosada, mi cuerpo dejó de responderme; mis piernas ya no avanzaban, mis manos temblaban sin permiso, y lo único que podía hacer era mirar, incapaz de comprender cómo dos personas podían cargar tal fuerza sin quebrarse ellas mismas.
No sé cuánto tiempo estuve ahí, paralizado dentro de mi propia cabeza, sudando frío por un miedo que me mordía por dentro. En mi mente caí directo al infierno de siempre: ese pensamiento asqueroso, repetitivo, que me dice que soy débil que siempre lo he sido. Incluso me quemé con los restos de uno de sus ataques, sentí la piel chisporrotear y aun así mi cuerpo se negó a moverse del lugar. Una locura total, como si mis piernas hubieran decidido traicionarme justo cuando más necesitaba de ellas.
Solo salí de mi trance cuando una roca del techo se desprendió y me golpeó la cabeza, abriéndome una herida pequeña pero lo bastante punzante como para devolverme al mundo real. Me llevé la mano a la zona, sentí la sangre tibia correr, y levanté la mirada justo para ver cómo todo comenzaba a venirse abajo. Las paredes, que antes parecían extenderse hacia una altura imposible, ahora se despedazaban como si hubieran sido de barro. Trozos de piedra caían por todas partes y ya varios estaban huyendo hacia la salida, corriendo para salvar la vida antes de quedar enterrados.
Miré a todos lados, aturdido, y parecía que los demás estaban igual de perdidos que yo, atrapados entre el miedo, el caos y el derrumbe, pero aun así, no podía hacer nada por nadie, no ahora. Una punzada amarga me atravesó el pecho al reconocerlo, soy un cobarde y ese pensamiento, en lugar de detenerme, me empujó a moverme. Apenas vi el barco a lo lejos, corrí tanto como mis piernas me lo permitieron, esquivando como podía los pedazos de roca que caían al mar. Salté de un lado al otro, resbalé, casi me caigo, pero seguí avanzando, con el corazón golpeándome las costillas y los pulmones ardiendo, necesitaba volver al barco, necesitaba ponerme a salvo.
Porque estaba rodeado de monstruos criaturas que podrían acabar conmigo con una sola movida de sus dedos. Sí, hoy esas mujeres estaban de mi lado, pero mañana, mañana quién sabe, no soy como ellos, no tengo sus dones, ni su fuerza, ni su sangre de acero, soy un cobarde, lo admito y por eso corrí sin mirar atrás, corrí hasta llegar al barco, casi tropezando al subir la rampa, con las manos temblándome y la respiración hecha un nudo en la garganta. Apenas puse un pie en la cubierta, ni siquiera me detuve a mirar alrededor, me lancé directo hacia los pasillos, abrí la primera puerta que encontré y entré de golpe, cerrando detrás de mí como si algo pudiera seguirme.
Me apoyé contra la pared, deslizando la espalda hasta sentarme en el suelo, y ahí, ahí lo sentí todo. Todo el miedo que un hombre puede sentir cuando entiende que no es invencible, ni fuerte, ni especial. Un miedo que cala en los huesos, que pone el pecho pesado y la vista borrosa. Me quedé ahí, inmóvil, dejando que el temblor bajara por mis brazos y que la habitación silenciosa, pequeña y segura me tragara por un momento, como si pudiera protegerme del mundo de monstruos al que había estado a punto de pertenecer.
No sé cuánto tiempo estuve ahí, paralizado dentro de mi propia cabeza, sudando frío por un miedo que me mordía por dentro. En mi mente caí directo al infierno de siempre: ese pensamiento asqueroso, repetitivo, que me dice que soy débil que siempre lo he sido. Incluso me quemé con los restos de uno de sus ataques, sentí la piel chisporrotear y aun así mi cuerpo se negó a moverse del lugar. Una locura total, como si mis piernas hubieran decidido traicionarme justo cuando más necesitaba de ellas.
Solo salí de mi trance cuando una roca del techo se desprendió y me golpeó la cabeza, abriéndome una herida pequeña pero lo bastante punzante como para devolverme al mundo real. Me llevé la mano a la zona, sentí la sangre tibia correr, y levanté la mirada justo para ver cómo todo comenzaba a venirse abajo. Las paredes, que antes parecían extenderse hacia una altura imposible, ahora se despedazaban como si hubieran sido de barro. Trozos de piedra caían por todas partes y ya varios estaban huyendo hacia la salida, corriendo para salvar la vida antes de quedar enterrados.
Miré a todos lados, aturdido, y parecía que los demás estaban igual de perdidos que yo, atrapados entre el miedo, el caos y el derrumbe, pero aun así, no podía hacer nada por nadie, no ahora. Una punzada amarga me atravesó el pecho al reconocerlo, soy un cobarde y ese pensamiento, en lugar de detenerme, me empujó a moverme. Apenas vi el barco a lo lejos, corrí tanto como mis piernas me lo permitieron, esquivando como podía los pedazos de roca que caían al mar. Salté de un lado al otro, resbalé, casi me caigo, pero seguí avanzando, con el corazón golpeándome las costillas y los pulmones ardiendo, necesitaba volver al barco, necesitaba ponerme a salvo.
Porque estaba rodeado de monstruos criaturas que podrían acabar conmigo con una sola movida de sus dedos. Sí, hoy esas mujeres estaban de mi lado, pero mañana, mañana quién sabe, no soy como ellos, no tengo sus dones, ni su fuerza, ni su sangre de acero, soy un cobarde, lo admito y por eso corrí sin mirar atrás, corrí hasta llegar al barco, casi tropezando al subir la rampa, con las manos temblándome y la respiración hecha un nudo en la garganta. Apenas puse un pie en la cubierta, ni siquiera me detuve a mirar alrededor, me lancé directo hacia los pasillos, abrí la primera puerta que encontré y entré de golpe, cerrando detrás de mí como si algo pudiera seguirme.
Me apoyé contra la pared, deslizando la espalda hasta sentarme en el suelo, y ahí, ahí lo sentí todo. Todo el miedo que un hombre puede sentir cuando entiende que no es invencible, ni fuerte, ni especial. Un miedo que cala en los huesos, que pone el pecho pesado y la vista borrosa. Me quedé ahí, inmóvil, dejando que el temblor bajara por mis brazos y que la habitación silenciosa, pequeña y segura me tragara por un momento, como si pudiera protegerme del mundo de monstruos al que había estado a punto de pertenecer.
Off
