18-11-2025, 11:20 PM
Todavía estaba de cuclillas, observando cómo Jin guardaba los berrys del cadáver del gyojin con esa seriedad propia de quien sabe que cada moneda puede significar un futuro más largo, cuando algo me golpeó la cabeza. Algo pequeño… bueno, pequeño para mí. Para cualquier otra persona, aquel pedazo de roca habría sido una sentencia de muerte inmediata. Me quedé quieto un segundo, parpadeando, sintiendo el tuc seco sobre mi cráneo, y alcé la mirada apenas, con esa sensación instintiva de que algo no estaba bien. Las paredes del pozo… respiraban. Se agrietaban. Se quejaban. Un sonido débil primero y, luego un estruendo tan brutal que se me metió en los huesos.
No lo pensé. Mi cuerpo se lanzó hacia Jin antes de que mi mente pudiera razonar nada. Extendí mi brazo sobre él como una muralla, cubriéndole el cuerpo, mientras con mi otra mano me cubría la nuca. Sentí cómo un pedazo enorme de roca se estrellaba contra mi espalda; la piedra se partió, mi piel ardió un segundo y mis dientes crujieron por la fuerza del impacto… pero no importaba. Lo único que quería era que Jin estuviera a salvo. Todo lo demás era ruido. Mis ojos se cerraron por reflejo mientras las piedras caían a nuestro alrededor con una furia aplastadora
Cuando al fin abrí los ojos, respiré hondo, listo para decirle que ya había pasado… pero mi corazón se congeló. Jin no estaba bajo mi brazo. No estaba en ningún lado. —¿J-Jin?— Mi voz salió quebrada. Mire a mi derecha. A mi izquierda. Sentí cómo mi garganta se cerraba. —¡Jin! ¡Dime que no…!— El miedo me tomó con una fuerza que pocas veces me golpeó en la vida. Creí… creí que lo había aplastado yo mismo. Que mis manos, intentando protegerlo, lo habían convertido en papilla. Me quedé paralizado, sintiendo un hueco frío abrirse en mi pecho.
Segundos después, entre la nube de polvo, un pequeño destello moviéndose llamó mi atención. Al principio pensé que eran restos brillando por el impacto… hasta que esa figura tomó forma. Era Jin. Vivo. Corriendo con sus piernas diminutas hacia la salida recién abierta. Sentí que el alma regresaba a mi cuerpo de golpe, como si alguien la hubiera empujado de vuelta a mi pecho. Tragué aire con fuerza, mis rodillas temblaron, y cuando levanté la vista… ahí, más allá de la luz del exterior, vi el mar. Azul y real. Y sobre la costa, entre barcos comerciales que no deberían estar ahí, distinguí siluetas. No podía creerlo. Hyak. MM. Odeth. Todos ellos. Todos. Mis compañeros. Mis amigos. Mis tripulantes. Mi familia. VIVOS. Los que lloré. Los que pensé muertos mientras golpeaba las paredes hasta arrancarme la piel. Verlos ahí, moviéndose, respirando… me destrozó el pecho en una oleada de alivio tan fuerte que casi me dobló.
No recuerdo haber decidido correr. Mis piernas simplemente se lanzaron hacia adelante, movidas por una mezcla de alegría salvaje y un llanto que ya no podía contener. Era como si la sangre me hirviera, como si mi corazón intentara salir de mi cuerpo para alcanzarlos primero. Corrí con los brazos en alto, gritando sin vergüenza, riendo y sollozando al mismo tiempo. Cada cascote gigante que caía del cielo lo partía con la frente o el hombro, como si el mundo no pudiera detenerme. Me ardían los ojos, se me hacía un nudo en la garganta, pero nada importaba. Nada. Solo llegar. Solo tocar lo que pensé perdido para siempre.
Cuando los barcos estuvieron lo suficientemente cerca, no pude frenar. Mi cuerpo siguió moviéndose por pura necesidad, por impulso emocional. Salté hacia ellos como quien se arroja de clavado a una piscina. El impacto levantó una enorme nube de polvo y un estruendo que retumbó por toda la costa; sentí cómo la madera vibraba bajo mí, pero ni siquiera eso logró sacarme del trance. Me incorporé de inmediato, respirando entrecortado, con las lágrimas cayéndome en ríos, sin poder ocultar nada. Y entonces los vi de cerca. Todo lo que pensé que jamás volvería a ver.
Mis manos se movieron solas. Los abracé. Los junté contra mi pecho con una delicadeza desesperada, como si temiera que se desvanecieran si no los tenía cerca. Eran tan pequeños entre mis brazos que parecían figuras de juguete; figuras preciosas, frágiles, irremplazables. Mi cuerpo entero temblaba. Mis sollozos retumbaban desde el estómago hasta la garganta, sin control. Les apreté contra mí, dejando que mis lágrimas cayeran sobre ellos como lluvia, mientras la voz se me quebraba del todo.
Logré gritar, aunque apenas era un sonido entrecortado.
No me importaba quién me escuchara, ni cómo se veía la escena. En ese instante, solo existía ese abrazo desesperado y el alivio más puro que había sentido en toda mi vida. Mis compañeros. Mi gente. Mi familia. Vivos. Y en mis brazos otra vez.
No lo pensé. Mi cuerpo se lanzó hacia Jin antes de que mi mente pudiera razonar nada. Extendí mi brazo sobre él como una muralla, cubriéndole el cuerpo, mientras con mi otra mano me cubría la nuca. Sentí cómo un pedazo enorme de roca se estrellaba contra mi espalda; la piedra se partió, mi piel ardió un segundo y mis dientes crujieron por la fuerza del impacto… pero no importaba. Lo único que quería era que Jin estuviera a salvo. Todo lo demás era ruido. Mis ojos se cerraron por reflejo mientras las piedras caían a nuestro alrededor con una furia aplastadora
Cuando al fin abrí los ojos, respiré hondo, listo para decirle que ya había pasado… pero mi corazón se congeló. Jin no estaba bajo mi brazo. No estaba en ningún lado. —¿J-Jin?— Mi voz salió quebrada. Mire a mi derecha. A mi izquierda. Sentí cómo mi garganta se cerraba. —¡Jin! ¡Dime que no…!— El miedo me tomó con una fuerza que pocas veces me golpeó en la vida. Creí… creí que lo había aplastado yo mismo. Que mis manos, intentando protegerlo, lo habían convertido en papilla. Me quedé paralizado, sintiendo un hueco frío abrirse en mi pecho.
Segundos después, entre la nube de polvo, un pequeño destello moviéndose llamó mi atención. Al principio pensé que eran restos brillando por el impacto… hasta que esa figura tomó forma. Era Jin. Vivo. Corriendo con sus piernas diminutas hacia la salida recién abierta. Sentí que el alma regresaba a mi cuerpo de golpe, como si alguien la hubiera empujado de vuelta a mi pecho. Tragué aire con fuerza, mis rodillas temblaron, y cuando levanté la vista… ahí, más allá de la luz del exterior, vi el mar. Azul y real. Y sobre la costa, entre barcos comerciales que no deberían estar ahí, distinguí siluetas. No podía creerlo. Hyak. MM. Odeth. Todos ellos. Todos. Mis compañeros. Mis amigos. Mis tripulantes. Mi familia. VIVOS. Los que lloré. Los que pensé muertos mientras golpeaba las paredes hasta arrancarme la piel. Verlos ahí, moviéndose, respirando… me destrozó el pecho en una oleada de alivio tan fuerte que casi me dobló.
No recuerdo haber decidido correr. Mis piernas simplemente se lanzaron hacia adelante, movidas por una mezcla de alegría salvaje y un llanto que ya no podía contener. Era como si la sangre me hirviera, como si mi corazón intentara salir de mi cuerpo para alcanzarlos primero. Corrí con los brazos en alto, gritando sin vergüenza, riendo y sollozando al mismo tiempo. Cada cascote gigante que caía del cielo lo partía con la frente o el hombro, como si el mundo no pudiera detenerme. Me ardían los ojos, se me hacía un nudo en la garganta, pero nada importaba. Nada. Solo llegar. Solo tocar lo que pensé perdido para siempre.
—¡¡¡CHICOOOOSSS!!!—
Cuando los barcos estuvieron lo suficientemente cerca, no pude frenar. Mi cuerpo siguió moviéndose por pura necesidad, por impulso emocional. Salté hacia ellos como quien se arroja de clavado a una piscina. El impacto levantó una enorme nube de polvo y un estruendo que retumbó por toda la costa; sentí cómo la madera vibraba bajo mí, pero ni siquiera eso logró sacarme del trance. Me incorporé de inmediato, respirando entrecortado, con las lágrimas cayéndome en ríos, sin poder ocultar nada. Y entonces los vi de cerca. Todo lo que pensé que jamás volvería a ver.
Mis manos se movieron solas. Los abracé. Los junté contra mi pecho con una delicadeza desesperada, como si temiera que se desvanecieran si no los tenía cerca. Eran tan pequeños entre mis brazos que parecían figuras de juguete; figuras preciosas, frágiles, irremplazables. Mi cuerpo entero temblaba. Mis sollozos retumbaban desde el estómago hasta la garganta, sin control. Les apreté contra mí, dejando que mis lágrimas cayeran sobre ellos como lluvia, mientras la voz se me quebraba del todo.
—¡WUAAAAHH...P..p..p..ensé… pensé que estaban muertos!—
Logré gritar, aunque apenas era un sonido entrecortado.
No me importaba quién me escuchara, ni cómo se veía la escena. En ese instante, solo existía ese abrazo desesperado y el alivio más puro que había sentido en toda mi vida. Mis compañeros. Mi gente. Mi familia. Vivos. Y en mis brazos otra vez.
OFF
